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miércoles, 1 de abril de 2020

EGOÍSMO NEOLIBERAL

 
Las cifras no engañan: hay miles de peruanos a los que la crisis letal del coronavirus les interesa un carajo. Llamados, exhortaciones, advertencias, amenazas, todo, absolutamente todo, les resbala. El alpinchismo sigue en su vacilón, a pesar que la peste comienza a apretar justamente en aquellos lugares donde campea la malsana irresponsabilidad.
 
¿A golpes se resolverá el problema? ¿A balazos, como quieren los más extremistas?
 
Puede ser. El problema de fondo, sin embargo, subsistirá y hasta podría acrecentarse como reacción a la violencia. ¿La razón? Hay causas sociales, culturales e ideológicas, que merecen una respuesta múltiple, de corto y largo plazo. Nadie habla, por ejemplo, de la fractura social que existe como consecuencia de la crisis familiar que arrastramos desde los años 80 y 90.
 
En esos años la crisis arrojó a los peruanos, hombres y mujeres, a recursearse en diferentes partes del mundo. Los hogares se quebraron, los hijos quedaron a cargo de los abuelos y tías, y de la calle también. En estas condiciones, la orientación familiar y ética brilló por su ausencia, los valores no existieron. Lo que es más grave, con el paso de los años esa ausencia volvió a repetirse,cuando esos hijos, a su vez, se convirtieron en padres.
Los pandilleros, las barras bravas, los delincuentes juveniles, los desadaptados que tugurizan los centros de readaptación, son el producto, el lumpen creado y recreado de esos tiempos.
 
El otro tema que no se pone sobre la mesa son las imágenes que subyacen en la irresponsabilidad de quienes, perteneciendo o no a esos conglomerados arriba señalados, violentan la emergencia, la ningunean: nos referimos a la indolencia, la falta de solidaridad, el individualismo, el egoísmo, el nihilismo, como expresiones ideológicas de un estado de cosas reinantes en el Perú de nuestros días.
 
Señalemos en princicpio, que en los años 70 y hasta buena parte de los 80, a pesar de que no vivíamos en un paraíso, las juventudes y los pueblos mantenían casi intactos sus lazos solidarios, sus expresiones gregarias, sus sentimientos colectivos. El terremoto de 1970 que destruyó ciudades costeñas y serranas, y que provocó la avalancha que sepultó Yungay, catapultó esas fortalezas unitarias a niveles insospechados.
 
Las huelgas y movimientos sociales de esas décadas, que políticamente mandó a los militares de regreso a sus cuarteles, mostró también al mundo la impronta de esa solidaridad militante. El grito de !El pueblo unido jamás será vencido! imperante en esas jornadas históricas, reveló esas raíces multitudinarias del movimiento, esas aspiraciones de conjunto. 
 
Los pueblos, las gentes, los diversos sectores sociales que se movilizaron en apoyo a los damnificados por el sismo del 70, o se alzaron a la lucha antidictatorial, eran diferentes, como los dedos de una mano, pero a la hora de las desgracias naturales o políticas, actuaron al unísono, como una sola mano, generosa, altruista, o también como un solo puño para golpear a los opresores.
 
¿Por qué ahora no existe ese sentimiento de unidad, y más bien cada quien juega su propio partido? La respuesta hay que encontrarla en la embestida ideológica, artera e ilimitada, que hemos sufrido en las últimas décadas. Para el capitalismo neoliberal, para sus patrocinadores, esas relaciones solidarias constituían un serio obstáculo para el entronizamiento y expansión de ese ultraliberalismo, y había que liquidarlas, para sustituirlas por el individualismo extremo y ramplón. 
 
Vargas Llosa, uno de los principales ideólogos del neoliberalismo, ha escrito más de una vez que "la ambición en el individuo es la fuerza que dinamiza la economía del mercado", disponiendo él de la suficiente capacidad e iniciativa para emanciparse de lo que el Nobel califica despectivamente de "placenta gregaria", es decir de sus raíces grupales, comunitarias.
 
Para el laureado escritor no hay nada más dañino para el avance de los pueblos que la colectividad, la tribu, el gregario. El hombre no puede, dice, desaparecer "tragado por la masa". No hay nada "como la competencia para lograr la superación y el progreso", puntualizando que "la falta de competencia desmoviliza y ahoga su creatividad".(La llamada de la tribu).
 
Vargas Llosa, aquí, no hace sino divulgar el pensamiento de uno de sus maestros: Friedrich von Hayek (1899-1992), eminencia gris del neoliberalismo, quien en 1950 exhortaba a reconocer al individuo "como juez supremo de sus fines", al que hay que dejar "seguir sus propios valores y preferencias" (Camino de servidumbre).
 
El individuo lo es todo, "la tribu" o no es nada, o es simplemente un medio para que el individuo canalice sus potencialidades. El mismo von Hayek lo afirma. "La posición individualista no deja de reconocer fines sociales"; pero fines  "que no serán los fines últimos de los individuos sino medios que las diferentes personas pueden usar con diversos propósitos".
 
La propia democracia, sostiene este autor, "es esencialmente un medio, un expediente utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual".
 
Estos conceptos han martillado sobre la conciencia de nuestros pueblos, de nuestras gentes, aquí y allá, crudamente, o con diferentes envolturas, sepultando o neutralizando todas las aspiraciones, sentimientos, valores que pongan por delante al gregario, al colectivo, a la "tribu".
 
Los desmadres egoístas que hoy agobian al país, que puede llevarnos, si no son controlados, a una hecatombe sanitaria, no son entonces producto del azar. Tienen raíces profundas. La coerción podrá tener un éxito relativo, puntual, útil para las circunstancias que vivimos, pero no resolverá los desafíos de largo alcance, que tienen que ver con la necesidad de construir una sociedad diferente.

LA OTRA PESTE


Este señor, cuyo nombre no interesa, pero que hoy ocupa una curul en el congreso, nos está mostrando las miserias del alma que el coronavirus está sacando a la luz del día.
 
Aparentemente es un payaso, o un figuretti; los más indulgentes pensarán que es un hombre que teme tanto a la peste que es capaz hasta de cubrirse los zapatos.
 
Realmente es un embustero. 
 
Si realmente temiese el contagio no debió juramentar en la forma que los 130 congresistas lo hicieron: burlando las normas sanitarias de emergencia, entre abrazos, apretones de mano y besuqueos. Tampoco debió asistir a la sesión de ayer, denunciando los riesgos que ella entrañaba.
 
Si a los ciudadanos de a pie, se les prohibe formar gupos, sea cual sea el lugar donde se encuentren, no hay razón alguna para que esos nuevos otorongos reclamen una vez más privilegios, gollerías, tratos exclusivos y exluyentes, ahora potencialmente letales.
 
Lo real es que a este señor le interesa un rábano la emergencia, pero se camufla, se oculta. Actúa ni más ni menos como esos filisteos que hoy se llenan la boca de pueblo, de pobreza, de vulnerabilidad, cuando son los responsables de que el país no cuente con un sistema de salud decente, civilizado, ni con una educación acorde a los tiempos que vivimos.
 
El dengue puso de vuelta y media ese sistema. Los médicos, los profesionales de la salud de la selva y sierra donde ese mal se posicionó en estos últimos meses, los mismos pacientes, sus familiares y sus pueblos, reclamaron una atención preferencial. No se les atendió, y el dengue avanzó y sigue avanzando.
 
El coronavirus terminó de destapar esas falencias, acumuladas año tras año, especialmente en estas últimas 3 décadas, período, como hubiera dicho Vallejo en el que "Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal".
 
Es que nuestros neoliberales críollos, fieles al dogma, y a despecho de lo que reza la Declaración Universal de los Derechos Humanos, condenaron a los servicios de salud pública a una sequía presupuestal permanente, mientras avanzaban a pasos agigantados en la privatización del sector, en su feroz mercantilización.
 
Seguramente que se formulaban, a lo bestia, la misma pregunta que en su tiempo se hizo un político de Texas "¿De dónde salió la idea de que todo el mundo merece educación gratuita, asistencia sanitaria gratuita, lo que sea gratuito? De Moscú. De Rusia. Salió del mismísimo infierno" (Paúl Krugman, La imperativa asistencia sanitaria).
 
La respuesta a su interrogante la tenemos en la precariedad de nuestro ordenamiento de salud pública, en su destroncamiento, que le está reventando en la cara de esa tecnocracia y sus gobiernos. El dengue y el coronavirus han petardeado las ilusiones del neoliberalismo, su ideario dogmáticamente antiestatista y antipopular.
 
Esa tecnocracia en el poder, sus políticos, ideólogos, y empresarios, hoy están jugando al muertito. Se camuflan, aunque siguen con el pie en alto, no hablan más de lo necesario, no quieren mirar hacia atrás, hacia esos 30 años de control omnímodo de los resortes del poder, y son los primeros en alinearse en la emergencia, sin dejar de sacar su troncha, ni de abdicar en su práctica crematística.
 
¡Embusteros! 
 
Dijeron pensar en el Perú cuando les llenaban las arcas al fujimontesinismo, o le calentaban la mano a otros partidos de la derecha, o cuando una lumpenburguesía le rompía la mano a una tecnocracia corrupta. Ahora, cuando el Perú y los millones de millones de peruanos requieren auxilio para sobrevivir meten la mano la mano al bolsillo, pero a cuentagotas; o, como en el caso de los grandes mineros exonerándose de las leyes de emergencia, llegando a implementar una suerte de mitimaes siglo XXI, trasladando trabajadores desde Moquegua hacia Cajamarca, conforme lo denunció el presidente regional.
 
Finalmente, estamos seguros que esta peste será superada. Desde varios sectores se afirma que después de ella el Perú no será el mismo. Compartimos ese criterio, pero bajo una condición: que retomemos el espíritu crítico, la reflexión en voz alta, la lucha de ideas, el señalamiento de propuestas de corto y largo alcance. 
 
El Perú se merece otro futuro. 
 
Y si pensamos de esta manera creo que es tiempo de enjuiciar críticamente estos 30 últimos años, el manejo ideológico y político imperantes, y sobre todo de atrevernos a pensar en la necesidad imperiosa de construir otro orden económico y social. 
 
El neoliberalismo capitalista hace agua en todo el planeta, el coronavirus ha terminado por llevarlo prácticamente a la bancarrota. Miren ustedes lo que está pasando en yanquilandia., o en Francia, o en Italia, o en Inglaterra, o en cualquiera de nuestros países vecinos.
 
Derrotar al coronavirus está en nuestros manos; y vencer ideológica y políticamente a la otra peste, encaramada en el poder desde hace 30 años, también depende de nosotros. Como Vallejo diremos: "hay, hermanos, muchísimo que hacer".

viernes, 20 de marzo de 2020

DE LUTO


El coronavirus ha empezado a enlutar a las familias peruanas. Oficialmente hay un fallecido, pero los diarios están dando cuenta de uno más. Lo cierto es sin embargo que la peste ya empezó a cobrar víctimas, y seguramente que la lista se irá incrementando en los próximos días. Cuán larga será esa lista depende de nosotros, de nuestra responsabilidad, de nuestros sentimientos solidarios con los demás, y de la disciplina en el acatamiento de la estrategia de sobrevivencia trazada por el gobierno. Es cierto que estamos nadando contra la corriente. El individualismo, el egoísmo, tan promovidos en las últimas décadas, están muy bien posicionados en algunos sectores, y su sola existencia juega a favor del coronavirus. Hay que pelear por ello, desde la crisis que vivimos, por sobrepasarlos y por volver a restaurar esos sentimientos colectivos, solidarios, fraternos, que han caracterizado a nuestros pueblos, a nuestras gentes. Desde nuestros aislamientos hay que abrazarnos con todos, con nuestras familias, con nuestros vecinos, con los hombres y mujeres de nuestras comunidades. Y la mejor manera de hacerlo es cumplir a cabalidad con las indicaciones de emergencia. Esta guerra no podemos perderla. Que no se repitan en el Perú los trágicos escenarios de Italia, donde los camiones militares tienen que cargar con los centenares de muertos, de un pueblo a otros pueblos, porque los crematorios y los cementerios ya colapsaron.

martes, 17 de marzo de 2020

EN GUERRA


Un viejo estratega decía que en la guerra, como en la política, luego de sancionada una directiva, una orden, o una táctica de combate, el éxito dependía de la organización y de los cuadros, de los líderes, dispuestos a cumplirlas sin dudas ni murmuraciones.

Aunque muchos no se han dado cuenta, estamos en guerra contra un virus cuya letalidad no admite discusiones. China, España, Italia, como referencia, lloran hoy a sus muertos por decenas, por centenas, por miles. Sus flaquezas iniciales en afrontar la emergencia ha tenido ese costo.
En el Perú, nos guste o no las coordenadas de emergencia están dadas. Lo que falta es cumplirlas, sin vacilaciones. Aquí entran a tallar las organizaciones de base. No todo se realiza por arriba, por el ejecutivo o con las Fuerzas Armadas y Policiales. La clave del éxito está en movilizar a los municipios, a las organizaciones gremiales, comunales, vecinales, estudiantiles, culturales, femeninas, a los comités de ollas comunes...

El neoiliberalismo, con su impronta individualista y egoísta, ha liquidado a no pocas de esas organizaciones, pero existe todavía, para bien de los peruanos, un magma asociativo, comunal, colectivo, solidario, que nos lleva a unirnos en situaciones de emergencia como las que se viven en estos momentos.

La clave está en los líderes, en los cuadros, en los dirigentes que a todo nivel, cuadra por cuadra, barrio por barrio, condominio por condominio, conglomerado por conglomerado, ponga en práctica esa vocación gregaria y solidaria, para llevar a la práctica, coordinadamente,la estrategia de guerra contra el coronavirus.

Tengamos en claro que solos no la hacemos. El individualismo ramplón, tan pregonado en los últimos tiempos, es sinónimo de derrota.

lunes, 16 de marzo de 2020

LA PESTE


En los años 90, con el neoliberalismo impuesto a sangre y fuego en el Perú por el fujimontesinismo, fueron los jesuitas - si mal no recuerdo- los que en una declaración pública alertaron sobre la peste ideológica que se nos venía encima: el egoismo, el individualismo arrogante, el lucro desenfrenado, la corrupción...No se equivocaron. 

El coronavirus ha sacado a luz las falencias de nuestro sistema de salud, -venido a menos justamente por su pobreza presupuestal y la corrupción- que en algunos lugares ya colapsó con el dengue, y que nos llevaría a una hecatombe si el primer mal se expande en medio de la espantosa crisis de salubridad que soportamos. ¡Hasta cuando vamos a vivir en esta cochinada¡ ha exclamado indignado el doctor Elmer Huerta. 

Pero ese mismo coronavirus ha puesto al sol la miseria moral de algunos sectores sociales, en especial de los más pudientes, que en una verdadera orgía consumista revelaron no solamente su ansiedad, su miedo, sino también su desprecio por los otros, por los vecinos, por sus connacionales, por los más necesitados. Para ellos todo, para lo demás nada. Ese fue el mensaje grosero que nos han dejado.

Hay que tenerlo presente: el capitalismo neoliberal no solamente es una opción económica, es también una alternativa ideológica y política. Lo uno interactúa con lo otro, se necesitan mutuamente. La gran lección que nos dejan estos días aciagos de dengue y coronavirus es que tenemos que poner en remojo esa opción. Esa es nuestra gran tarea, el futuro nos pertenecerá si es que camino al bicentenario nos sacudimos de esa peste ideológica que nos está reduciendo a niveles de animalidad.