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sábado, 3 de septiembre de 2011


ADIÓS A NATALIA,
MI AMADA INMORTAL


César Lévano

He sido huérfano de padre y madre desde niño. Pero ahora soy más huérfano que nunca. Ayer me dejó Natalia, mi esposa de toda la vida, la delicada y hermosa flor que no sé cómo supo acompañarme y ayudarme siempre, en las buenas, en las malas y en las pésimas.

Ni siquiera cuando, con cuatro hijos a cuestas, estaba en la lista negra redactada en Palacio y no me daban trabajo, nunca jamás le escuché una queja, un reproche, una cólera. Era el retrato vivo de la mujer fuerte y dulce de nuestro pueblo.

Yo no puedo olvidar los años en que, siendo mi enamorada, me esperó hasta que saliera de la prisión en los tiempos del dictador Odría.

Por eso recuerdo ahora con más fuerza el día en que Juan Gonzalo Rose, recién llegado del destierro, me dijo:

“Voy a escribir un poema, pero no sobre ti, sino sobre la mujer que te esperó tantos años cuando estabas detrás de las rejas”.

Ignoro si Rose llegó a escribir tal poema; pero la idea lo muestra como era: poeta hasta las raíces del amor.

Al conjuro de esa remembranza aprovecho para transcribir aquí en homenaje a Natalia un soneto que ella me inspiró, que inscribí en la memoria, cuando estaba encerrado en una jaula de cemento y hierro, en el Panóptico, a pocos metros del Paseo de la República, por donde circulaban los tranvías.



Dice así:

El ruido pasajero de un tranvía
me hurta la almohada oscura de aquel silencio denso,
y en la celda, de los sayones ya vacía,
se llena de ciudad el aire intenso.

Viaja tal vez allí la amada mía
con ojos tristes que mejor ni pienso,
rodeada por la aureola de su melancolía.
Mal retiene su llanto el nervio tenso.

¡Oh, delicados tiempos que fuimos de las manos
paseando por las calles y los parques urbanos
y un tranvía llevaba tu risa y mi alegría!

Hemos sido felices como en cuentos y sueños,
Hemos sido tan claros, que éramos dos pequeños
Dando vueltas y vueltas en el mismo tranvía.

Penitenciaría de Lima, febrero del 53.



Al poco tiempo de salir yo de la prisión, nos casamos. Era casi una irresponsabilidad edulcorada por el amor. Yo era un pobre aprendiz de periodista. Un cuarto de callejón en la calle Salitral del Rímac fue nuestro albergue nupcial durante meses, con un colchón tendido en el suelo, un primus y muchos libros regados encima de diarios.

Después, ella me ayudó a levantar el hogar en que hemos vivido con nuestros hijos, y en el que hemos compartido manjares, alegrías, dolores, amigos. Durante lustros, mi casa era una fiesta. Que lo digan Manuel Acosta, Carlos Hayre, Alicia Maguiña y otros muchos: Algunos de ellos compartirán el cielo con Natalia, si es que el cielo existe. Debería existir para acoger a seres como ella. Allí Pablo Casas, su tío, la acogería con una melodía que cantara la dulzura, la altivez, la divina fineza.

Natalia: seguiremos dando vueltas y vueltas en el mismo tranvía.



La Primera, 3 -09-11


martes, 13 de octubre de 2009


CUANDO EL ZAMBO
ERA CAVERO

El zambo Cavero descansa en paz, quizá también agotado por unas espectaculares pompas fúnebres que él mismo ni se las imaginó, consciente como siempre estuvo de sus humildes orígenes, en el callejón La bandera blanca, en la avenida Abancay de Lima, reducto de negros pobres pero alegres, como lo recordaba Darío Mejía, apoyándose en los decires de Augusto Azcuez, uno de los grandes de la música criolla. Inicios duros, de peleas diarias con la vida, pero aleccionadoras como para saber diferenciar lo bueno, de lo malo y lo feo, que le permitió empinarse hasta llegar al Instituto Pedagógico Nacional, donde otrora se formaban los mejores maestros del Perú, como también lo recordó Wilfredo Huisa, egresado de esas aulas hace mil años.
En esos tiempos matinales, valederos también para la música, Arturo Cavero no era todavía el Zambo Cavero como ha pasado a la historia; era simplemente Cavero, al igual que Villalobos, hombres fuertes en el arte del cajoneo, como se puede escuchar en los videos que estamos poniendo a su disposición. "Con los cajones de Cavero y Villanueva", dice claramente don José Durand, el presentador, que sabía tanto de música criolla, en especial de la marinera, como de Garcilaso de la Vega, y quien robándole tiempo al tiempo animaba los espacios criollos que la televisión peruana ¡que tiempos aquellos! otorgaba a la difusión de nuestra música.
Cavero estaba empezando, los grandes maestros eran otros: Azcuez, Hayre, Avilés, Huambachano... el era todavía un acompañante, bueno, muy bueno, para tocar cajón, como para bailar marinera - véase el programa de homenaje a Azcuez, al final, donde deja el cajón para lanzarse al ruedo- pero le faltaba todavía esa madurez, que solo podía darlo la bohemia criolla, esa universidad musical tan venida a menos en los últimos tiempos por los cambios económicos y sociales que se han procesado en el país en las últimas décadas, como por la falta de apoyo a la música popular.