ALBERTO MOSQUERA MOQUILLAZA, del cuartel primero de Lima, escribe y comenta sobre cultura y vida...
viernes, 7 de febrero de 2020
BOTAS CAJACHAS
viernes, 15 de enero de 2016
HACERSE HOMBRE
miércoles, 30 de diciembre de 2015
MACHADO
domingo, 30 de agosto de 2015
ENTRE AGUARDIENTES Y VINOS DE COLORES
I
martes, 7 de julio de 2015
LA SEÑORITA DORA
viernes, 17 de abril de 2015
MARIÁTEGUI NO HA MUERTO
sábado, 13 de diciembre de 2014
PARECE QUE FUE AYER
miércoles, 19 de noviembre de 2014
MI VIEJA RALEIGH
viernes, 1 de agosto de 2014
LO QUE NO LE CONTÉ A MI PADRE
jueves, 19 de junio de 2014
RETRATO DE FAMILIA
lunes, 16 de junio de 2014
MI DEBUT COMO PADRE
lunes, 19 de julio de 2010
Allí estábamos, como en los viejos tiempos, formaditos y formalitos, con la frente altanera y firme el corazón —como dice la Marcha Guadalupana— pero con una gran diferencia: las frentes ya no mostraban el desborde de las frondosas cabelleras, a lo Elvis Presley, de hace cuarenta y pico de años, ahora lucían amplias y lustrosas bajo el sol de mediodía, que abusivamente plateaba aun más los mechones blancos de quienes, al igual como lo hacíamos en el lejano abril de 1959, nos habíamos formado de a uno en el mismo patio del primer año, tomando distancia con el brazo derecho, luciendo ya no el uniforme caqui de antaño sino los ternos de ocasión, aunque castigados éstos en no pocos casos por las adiposidades con las que implacablemente nos suelen regalar el tiempo, la comida, el trago y la buena vida, porque eso sí nadie negará que en este Perú se sufre pero también se goza. Quizás por eso, pese a todo, ese sábado de reencuentro de noviembre de 2003 todavía podíamos exhibir los espolones de nuestra adolescencia inolvidable, que trascurrió entre las formalidades de un Colegio que se preciaba de ser el primer plantel estatal de la República, las mataperradas de dentro y fuera de las aulas, los primeros amores, reales o platónicos, y el culto a las estrellas del cine, rubias o morenas, que colmaron nuestro naciente pero rutilante imaginario erótico.
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Para nosotros no existió la caja boba de la televisión, que hoy tanto preocupa a padres, sociólogos, psicólogos y políticos. El cine fue nuestro vicio y cada barrio tenía sus salas emblemáticas. El cuartel primero de la vieja Lima podía jactarse de contar con el Alfa, el Astral, el Iris, el Columbia y el Colonial, hijos todos del viejo cine La Mutua, de la época del cine mudo, entre los jirones Tayacaja y Huancavelica; mientras que en los Barrios Altos, cines como el Unión y el Francisco Pizarro, en la Plaza Italia, o el Conde de Lemos en la señera plazuela Buenos Aires eran tan renombrados por las películas que exhibían como por los artistas de fama internacional —Pedro Infante, Libertad Lamarque, Alfonso Ortiz Tirado o Hugo del Carril— que encandilaron a las plateas repletas por sus seguidores, modestos habitantes de casonas, solares y callejones, que entusiasmados hasta el delirio los obligaban cariñosamente incluso a cantar en la calle, a voz en cuello, para el beneplácito de aquellos que por falta de cupo o de dinero no habían ingresado al teatro, pero que con una paciencia bíblica esperaban hasta el final del espectáculo para por lo menos ver de cerca a sus ídolos y constatar que eran de carne y hueso como todos los mortales.
Tiempos, además, en que el distrito del Rímac se enorgullecía de contar con el elegantón cine Perricholi, a pocas cuadras del Paseo de Aguas construido en el siglo XVIII por el célebre Virrey Amat, sexagenario pero ardiente amante de ese pimpollo huanuqueño que se llamó Micaela Villegas, a la que seguramente harto de tanto requiebro le espetaba de cuando en cuando el calificativo de ¡perra-chola! expresión que según don Ricardo Palma se convertía en ¡perri-choli! en la boca desdentada del iracundo catalán. En tanto que el distrito de Breña quedará siempre en nuestra memoria porque en él se ubicaban cines como el Monumental, el Ritz, o el Capitol —preferidos por la muchachada guadalupana en las tardes de los grandes escapes de clases— el primero de los cuales, además, solía calentar las siempre húmedas noches limeñas con sus encendidas y relumbrantes revistas de generosas bataclanas, para escándalo de la mojigatería limeña, que con padres nuestros y avemarías en ristre trataban siempre de calmar la avidez de adolescentes y jóvenes, no dispuestos éstos a perderse un solo acto de la Bim Bam Bum y sus provocativas Tongoleles criollas, aunque luego desde los temidos púlpitos se nos condenase a achicharrarnos en el infierno.
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En los cines de barrio aprendimos a soñar con las despampanantes beldades que nos trajo el celuloide de esos años. Quedaron atrás los justicieros del viejo Oeste: El Llanero Solitario, Roy Rogers y Gene Autry, entre otros; se volvieron aburridas las eternas escaramuzas entre los soldados buenos y blancos del 5to de Caballería y sus vistosos uniformes azules con los siempre malvados y pintarrajeados apaches, incluidos los raptos y liberaciones heroicas de candorosas y bellas jovencitas, tramas todas que caracterizaron al cine norteamericano. También pasaron a la historia las películas de rancheros mejicanos del tipo de Luis y Antonio Aguilar o Miguel Aceves Mejía, que entre huapangos, corridos, balazos, botellazos y bigotazos chamuscados, deleitaron la primorosa niñez de aquellos años. Las hormonas pedían a gritos otras cosas y como caídas del cielo aterrizaron en aquellas modestas salas de barrio las más espectaculares estrellas femeninas del séptimo arte, donde los labios insinuantes o los ojos de ensueño eran algo así como las cerezas de sus provocativos cuerpos, donde las hermosas piernas, los pechos turgentes o exuberantes y los traseros de colección parecían competir entre sí para atraerse las lánguidas miradas de sus admiradores.
No interesaba el tema de la película, lo que importaba era el nombre de la protagonista y lo que hacía en el film: la besaban o no, si la besaban, cómo la besaban; se desvestía o no, y si se desvestía donde lo hacía y en que circunstancias; hacía el amor o no, y si lo hacía, cómo lo hacía. Y todo al detalle, escena por escena, porque en la esquina del barrio o en el colegio la tira de amigos ansiosos no querían perderse ninguna toma, particularmente las de mayor voltaje, que alimentaban la lacerante libido y los comentarios picantes. Si la memoria no nos traiciona, el desfile de estrellas incluía a Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrígida, Sofía Loren o Brigitte Bardot; pero la poco a poco desinhibida América Latina también puso sus sabrosonas carnes al fuego, no estando a la zaga de las apetitosas rubias norteamericanas o europeas, descollando en ese terreno la mejicana Ana Bertha Lepe y la argentina Isabel Sarli, quienes con el valor agregado de su tez morena y el hablar de Cervantes, se convertirían también en acompañantes obligadas de nuestros tempranos pero crecientes devaneos eróticos.
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Marilyn Monroe llevaba en su cuerpo un millón de hermosas razones para desquiciar a cualquier mortal. Nuestro gran pintor, Víctor Humareda, pudo dar fe de ello: en toda rubia al pomo que poblaba los prostíbulos limeños creía encontrar al símbolo sexual de los años 50. Poco importaba la nada santa hoja de vida de la blanquiñosa, todo se le perdonaba siempre y cuando no dejara de enseñar sus atributos naturales. Y de la misma manera todos andábamos cruzados con Brigitte Bardot, que con su figura de colegiala atrevida e indecente ingresó a la historia del cine universal para mostrar al mundo los quilates de su desenfado provocador. Su larga cabellera rubia, sus labios carnosos en una boca entreabierta, lista siempre al igual que sus pechos regalones para la dulce entrega, constituyeron en su cuerpo felino sus mejores armas para arrastrarnos a los sueños más desenfrenados, mientras más y más nos extraviábamos en los laberintos eróticos de sus películas, en las que Roger Vadim, su marido, era el gran arquitecto.
Pero dijimos que América Latina también tenía lo suyo. En la tierra de los charros brilló con luz propia Ana Bertha Lepe, paisana de Juan Rulfo y José Clemente Orozco, como que nació en Jalisco, de donde saltó a la fama llevada en hombros por sus compatriotas que la quisieron hacer Miss Universo. Pero si bien en una decisión muy controvertida no alcanzó ese preciado cetro, sí se ganó el reinado de la más deseada de las estrellas mejicanas de su tiempo, desplazando a Silvia Pinal, Sonia Furió y Evangelina Elizondo entre otras bellas entre bellas del cine mejicano. Sin embargo, la que se llevó las palmas de oro de nuestras fantasías fue una argentina, Isabel Sarli, la siempre bien amada «Coca» quien no tuvo ningún reparo en mostrarse una y otra vez tal y como dios la trajo al mundo, sabiendo como sabía lo que realmente valía, no como actriz por supuesto sino como portadora de una belleza genuina, salvaje, propia de las pampas argentinas.
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La Sarli puso el cuerpo y Armando Bo, su mentor y guía, el intelecto. Poco importó que ella no supiera hablar o actuar, cantar o bailar. La gente no iba al cine para eso, por lo menos ello no fue el atractivo en la casi treintena de películas que filmó desde que apareció en el film «Un trueno entre las hojas». Sus seguidores simple y llanamente queríamos recrear la vista viéndola en las aguas de las cataratas de Iguazú o en la ducha, deseada y perseguida por camaleros o leñadores, al pie de los árboles o sobre la hierba fresca, contorneándose al ritmo de «Siboney» o sencillamente repasando sensualmente cada pulgada de su sensacional anatomía. Nada tenía que envidiarle a Marilyn ni a la Bardot; es más: podríamos asegurar que en esta parte del mundo se las llevó de encuentro porque el erotismo de sus películas llevaban el color, el olor, el sabor y la rudeza de nuestros ambientes y de nuestras gentes. Y como cada película provocaba un escándalo «por atentar contra la moral y las buenas costumbres», la «Coca» llevó siempre las de ganar porque cargó sobre su cuerpo y sus películas el delicioso estigma de lo prohibido, que multiplicó la curiosidad o las ansias de verla.
Y en la primera fila de la cazuela estábamos nosotros, regodeándonos con la «Coca» o la Brigitte, con la piel erizada, la garganta seca y las palpitaciones a cien por hora, redondeando en la calle las enseñanzas del glorioso Guadalupe, que con más de ciento cincuenta años de existencia mantiene las energías necesarias como para seguir cantando: Abrid ancho paso/ las palmas batid/ que va Guadalupe/ marchando a la lid, tal y como la entonamos en aquel sábado del último noviembre.
* * *
Mosquera Moquillaza, Alberto: «Espolones de la adolescencia», en Ciberayllu [en línea], 19 de julio http://www.andes.missouri.edu/andes/Comentario/AMM_Espolones.html> (Consulta: 19 de julio del 2010).
sábado, 22 de mayo de 2010
Lo dijo Carlos Iván Degregori, profesor sanmarquino y ex miembro de la Comisión de la Verdad hace algunos años: en San Marcos se practica la política del retrete; yo agregaría y de la chaveta artera. Los docentes de la Facultad de Ciencias Económicas, los estudiantes y los trabajadores administrativos lo han comprobado en las últimas 48 horas. La amenaza – a través de una carta notarial- del decano saliente a Humberto Campodónico de denunciarlo penalmente si acaso fuese elegido y aceptase el cargo de decano, la gigantografía y centenares de volantes llenos de mugre contra destacados docentes de la Facultad, hoy en la oposición como miembros o adherentes de la lista Academia y Desarrollo que preside Campodónico, más la campaña del miedo entre los estudiantes – los intimidan con el Código Penal- si acaso apoyasen en referendum estudiantil la candidatura de Humberto, no hacen sino demostrar la justeza de la afirmación de Degregori.
sábado, 14 de febrero de 2009
El pasado 11 de febrero, en la Asociación Guadalupana, se presentó el libro El país de Ucuncha, cuya autoría corresponde a José Torres Díaz. A la cita concurrieron los hijos de ese distrito, como también de poblados cercanos, todos pertenecientes a la provincia de Bolívar, en la Libertad, y que le impregnaron a la reunión una halo nostálgico, de fiesta y recuerdos, de reencuentro y añoranza del terruño. El libro fue presentado por el suscrito, leyendo un texto, que a continuación publicamos.
Alberto Mosquera Moquillaza
Cuando salí de mi tierra
de nadie me despedí;
sólo las flores del campo
lloraron cuando salí
Anónimo
El capítulo de las migraciones del campo hacia la ciudad en el Perú contemporáneo, es uno de los fenómenos más apasionantes de la historia social peruana. Los especialistas sostienen que es posible determinar constantes en ese proceso de desarraigo: de todo el Perú hacia Lima, de la sierra norte hacia la costa norte, de la sierra sur hacia la costa sur, de la sierra central hacia la costa central, de los pueblos chicos hacia los pueblos grandes; así como también establecer generaciones de migrantes que dejaron sus pagos a lo largo del siglo XX, en especial en su segunda mitad, empujados por una inacabable crisis agraria, pero más adelante por la violencia política que amenazó con engullirse el país entero, pero también por las ilusiones de conquistar un mundo mejor, un futuro promisorio, de acuerdo a sus expectativas y sus sueños.
Es cierto que no todos pudieron hacer realidad sus anhelos, pero de posicionarse en la vieja Ciudad de los Reyes, sí que lo lograron. La nueva Lima, la del siglo XXI, la de los apellidos plebeyos: quechuas y aymaras, pero también la de los apellidos españoles, pero aclimatados en medio de los quinuales y maizales andinos, no se explica sin esa multitudinaria invasión silenciosa, que trastocó el orden urbano, absorbiendo primero la ciudad colonial del puente y la alameda, para luego volver a fundarla bajo el imperio de costumbres, modos de vida, música, poesía, y colores, de quienes, en un periodo corto de tiempo dejaron su estatus de conquistados, para asumir el de conquistadores.
José Torres Díaz, y su hermano Armando formaron parte de esas legiones de provincianos, que en circunstancias muy concretas de sus existencias, tomaron la decisión de dejar sus pagos en las serranías peruanas para aventurarse, en medio de los ahora olvidados arrieros, en cruzar a pie la Cordillera de los Andes – como todavía ahora se hace – llegar a la punta de la carretera, tomar aire, echar mano nuevamente al fiambre, dar un último vistazo hacia el camino que se está dejando y al cual sabe dios si se volverá a recorrer, y en el primer carro enrumbar hacia lo desconocido: geográfica, histórica y culturalmente hablando.
Se había iniciado el doloroso proceso del desarraigo. Dejar atrás las raíces familiares, los amigos, la tierra protectora que los vio nacer, sus múltiples fragancias y frutos, la vieja casa de adobe o tapial, los abuelos vivos o muertos, los animales, las costumbres asumidas desde la infancia, la escuela, el viento ululante y frío de las jalcas, el sol y el cielo serrano siempre radiantes, el hablar de las aguas cristalinas de los ríos, lagunas y puquiales, el cantar de los ruiseñores y picaflores, es decir, dejar atrás ese mundo diferente, ese país de Ucuncha – en el caso de los Torres Díaz- para aventurarse en tierras extrañas, tradicionalmente inhóspitas – como lo fue la Costa para los serranos- no es fácil.
Existe una quiebra sentimental, un antes y un después que no se puede mensurar, que dejaba, y sigue todavía dejando, huellas hondas en el alma de los migrantes, sobre todo si se trataba de sobrevivir en una ciudad tan altiva, orgullosa, y excluyente como era la vieja Lima. Porque la disyuntiva, abierta o encubierta, para los provincianos estaba planteada desde el momento en que pisaban la ciudad colonial. O se aculturaban, vale decir dejaban de lado su alma andina, para asumir el alma de los criollos; o parapetándose en su irrenunciable mundo andino se aclimataban en tierras extrañas, asumiendo la máscara de lo costeño y criollo, sin renunciar a sus orígenes, creando sus zonas liberadas como fueron los Coliseos, clubes provincianos, o, en el caso de las mujeres, tomando amorosamente por asalto el verdor de los parques y plazas de Lima, la húmeda, la de cielo eternamente gris.
José María Arguedas, quien en más de una oportunidad dio cuenta de la hostilidad limeña a los provincianos, dijo en una memorable oportunidad que él no era un aculturado, porque era un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, hablaba “en cristiano y en indio, en español y en quechua”.
Desde esta perspectiva, el libro “Mi país de Ucuncha”, es una prueba palpable de que los hermanos Torres Díaz nunca olvidaron sus orígenes, su cultura, sus serranías. Vencieron en Lima, la conquistaron, se amoldaron a las vivencias y costumbres urbanas, pero nunca dejaron de lado la tierra que los vio nacer, a la que espiritualmente estuvieron ligados a través de las cartas, telegramas, comunicaciones radiales, o simplemente a través de los recuerdos y las embestidas de la nostalgia. Pero a la que también regresaron, una y otra vez, para volver a recorrerla con la misma alegría de sus años juveniles: cantando, bailando, saboreando ora la papa, ora el cuy, ora el mote de trigo, los chicharrones y la chicha de jora, sin dejar casi religiosamente de acercarse al Marañón, siempre turbulento, llevando vida y colorido, pero también arrastrando la muerte… La serpiente de oro la llamó Ciro Alegría.
Personalmente puedo dar fe que José Torres, a quien conocí hace mil años en el diario La Prensa de Lima, hizo casi una religión del amor a su tierra. ¿Cuántas madrugadas me habló de Ucuncha mientras caminábamos desde el jirón de la Unión, donde quedaba el diario, hasta la casona del jirón Rufino Torrico donde vivía? Sinceramente lo he olvidado. Pero por él supe de la existencia de ese pueblo liberteño, al que sólo podía llegar a pie, luego de un largo periplo que lo llevaba hasta Celendín, en Cajamarca, para de ahí enrumbar hacia la añorada tierra. Por él también conocí que antes de partir tenía que avisar por radio de su llegada, para después, desde las alturas, divisando ya Ucuncha, hacer señales de humo, avisando, emocionado, que ya estaba ahí, reencontrándose con los vientos y las fragancias de la tierra amada, que faltaba poco para volver abrazar a los seres queridos, preguntar por éste o por el otro, mientras que los cuyes y la chicha aparecían y desaparecían, en medio de besos y abrazos calurosos, en tanto que una cortina musical regional llamaba a la alegría.
José Torres reside hoy en Estados Unidos de Norteamérica. En San Marcos se hizo de un título y de un mirar científico y universal de la vida., que reforzaron su espíritu inquebrantablemente provinciano. Entendió así que podía ser un hombre de mundo, moderno, universal, sin dejar de querer a Ucuncha, su patria chica, que lo vio nacer y le dio el primer sentido de identidad a su vida.
Por esto es que pienso que con este libro sobre Ucuncha, los hermanos Torres Díaz, además de demostrar el cariño a su terruño, van a contribuir a un mejor conocimiento del Perú realmente existente, del Perú profundo como lo llamaba Jorge Basadre, el historiador de la República. Esto, porque a través del relato, de las anécdotas, del registro de las actividades agrícolas y ganaderas, prevalecientes en Ucuncha, o de la instantánea fotográfica, tan útil para estos menesteres, nos revelan lo que para muchos peruanos son áreas ignotas, por su lejanía, por el desconocimiento de su existencia, o porque a pesar de ser conscientes de que son algo más que un punto geográfico, no los consideramos parte de nuestro ser colectivo; manifestando, en este último caso, la fractura del país, la falta de identificación con nuestras tierras, gentes, historias, culturas y lenguas. No sentimos el país como totalidad, en su diversidad, en su heterogeneidad, porque prima hasta ahora una visión interesadamente excluyente.
En este sentido, “Mi país de Ucuncha”, desde la visión del ucunchano común y corriente fortalecerá la memoria histórica del pueblo, la que seguramente corre de boca en boca, de generación en generación, pero que ahora, por primera vez, se registrará en negro sobre blanco, fotografías incluidas. Al mismo tiempo, desde una perspectiva de totalidad, el libro permitirá enlazarnos con nuestros conciudadanos a través del reconocimiento de su existencia, de sus actividades productivas, de sus usos y costumbres, de su sabiduría ancestral, de sus fiestas multicolores.
Finalmente preguntamos: ¿Nuestros gobernantes conocían Ucuncha? Por la despreocupación con la que el pueblo ha sido tratado a lo largo del tiempo, parecería que no. Pero los más memoriosos recuerdan que a Bolívar, la capital de la provincia, llegó alguna vez el Arquitecto Fernando Belaúnde Terry, dos veces Presidente de la República, regalando una casaca, que posteriormente le permitiría a un ucunchano visitar Palacio de Gobierno. Belaúnde, no había olvidado el hecho, el ucunchano fue su invitado de honor. También arribó, en otra oportunidad el hoy congresista trujillano Luis Alva Castro. Los memoriales de reclamos nunca faltaron, pero las respuestas no se dieron en la medida de las expectativas de los ucunchanos. La modernidad, sin embargo, está llegando, a cuentagotas, pero está llegando. La ansiada carretera ya está cerca, el teléfono e Internet ya son una realidad, pero las señales de humo todavía constituyen la manifestación del ingenio de un pueblo ávido de comunicación.
Antes que esa modernidad, como ocurre en otros puntos del país, se lleve de encuentro vivencias personales y experiencias colectivas que le han dado y le dan sustento a la vida de Ucuncha, nada más oportuno que este libro de los hermanos Torres Díaz, tan cariñosamente trabajado, y que para el suscrito es un honor presentar.
Lima, enero de 2009
jueves, 17 de julio de 2008
Alberto Mosquera, Wilfredo Huisa y Alberto Quirozviernes, 11 de julio de 2008
Estimado:
En un país como el nuestro donde la identidad nacional es tan precaria, en las urbes como Lima las raíces con el barrio son más profundas y trascendentes. Estemos donde estemos, la esquina, la calle, la tira de amigos, el sabor y el olor de las comidas, bebidas y golosinas, nos une e identifica. Hay una expresión de estos últimos años: ¡Habla barrio! que creo expresa la idea de pertenencia a ese conglomerado que reune en si historia, tradiciones, bohemia, anécdotas, etcétera.
Monserrate tiene todo eso, es un champú de vivencias inolvidables, por eso cada vez que puedo vuelvo al barrio, aunque ya no me reconozcan, para recorrerlo paso a paso y recrear ese pasado añorado. Es una buena terapia para recargar baterías y seguir dándole a la pelota.
Para Alberto Mosquera
Nací y viví en Monserrate desde el año 1960, en la Av. Sancho de Rivera
1026 dentro de la Estacion del ferrocarril. Recuerdo al padre Arango,
al padre Vizcarra, las inolvidables Caravanas Philips donde los que
sabemos hemos gozado de mucha música criolla, ya que eramos un barrio
bohemio. Este pechito estudió en el Colegio Particular Nuestra señora
de Monserrate que estaba en jirón Huancavelica, cuadra, 8 frente al
billar la Mutua.
En lo referente a los profesores te diré que no se si fue en mi
primaria , mi secundaria o en mi época universitaria quien fue mejor,
pero si quienes fueron más desenvueltos y amigos y eso solo lo puedo
recordar de mi Alma Mater mi gran Colegio Nuestra Señora de Guadalupe
al que hasta hoy doy gracias por haberme permitido tener hasta el dia
de hoy a grandes amigos que no dejo de frecuentar. Asi como lo dices
recuerdo como nos hacia disertar nuestro maestro Germán Lizarzaburu,
quien me enseño como hablar y ponerle fuerza a los textos, para mi
todo un señor.
Muchas gracias a él y a todos los grandes profesores de quienes tuve la suerte
de recibir sus grandes conocimientos..
WALTER GASTELO FERNANDEZ
jueves, 26 de junio de 2008
LA YERBA DE LOS CAMINOS...
Estábamos juntos otra vez, como si fuera ayer, hace un carajo de años, cuando nos reuniamos en una banca del Patio de Letras de San Marcos, en la Ciudad Universitaria, para hacernos a la mar, hacia donde nos llevaran los buenos vientos de la amistad. No hubo huarique de las inmediaciones que no conociera de nuestras inacabables conversaciones o discusiones. El Chorito, en la Unidad Vecinal Nº 3, cerquísima a la casa de Rosita y María Julia, era uno de ellos: Buena música, buenos tragos, excelentes choritos a la chalaca. El recordado Huamán, en el barrio obrero, era otra de nuestras pascanas, de día o de noche, porque el ayacuchano huérfano pajarillo que había echado raíces en ese point andino de los 60 quería compañía, y ahí estábamos, andinizando los pechitos criollos y haciendo modos por acostumbrar nuestras cinturas y piernas rumberas a los recios contorneos y zapateos del huayno y la muliza, porque nadie negará que eso de gozar en la casa de don José, que era un buen hombre, un hombre de buena fe es una cosa, y otra es entrar a bocinear y bailar que estábamos muy tristes en la vida oiga, malaya mi destino ayrampito, y como quisiéramos tomar la chichita de tus flores para beber así el néctar del olvido.
SI ME QUIERES ESCRIBIR...
El centro de Lima supo también de nuestras incursiones y arrebatos juveniles. Había pasado el esplendoroso tiempo de la Generación de los 50, pero en El Palermo, podíamos darnos todavía cara a cara con un Reynoso o un Vargas Vicuña, sumados a las discusiones del momento: el fracaso del belaundismo, las guerrillas del MIR y del ELN, la insurgencia del reformismo militar, la nueva alternativa de izquierda, que si son moscovitas, chinos, verracos o troskos; porque oiga usted había que hacer la revolución desechando las ilusiones del reformismo, ya que ese rollo de unirnos con el ala izquierda de los militares para enfrentar a la derecha era una gran pendejada de la burguesía, porque de lo que se trataba ahora era de aceitar los ejes de la carreta como lo hubiera dicho don Atahualpa Yupanqui. Y si no estábamos en El Palermo, nos encontraban en La Llegada, donde había un señor radiolón que nos alentaba a vivir, o también ahí cerquita, en Azángaro, en el Muymuy, donde podíamos matar el día pletóricos de entusiasmo y con nuevas tareas en la agenda.
QUE CULPA TIENE EL TOMATE...Nunca faltó un aterrizaje por La Parada, en busca de las esquinas musicales serranas, porque señores las voces de Flor Pucarina, del Picaflor de los Andes o del Jilguero de Huascarán, en Lima, siempre se escuchaban mejor en medio del quechuañol de los cargadores y vendedores del Mercado Mayorista, de los olores y sabores de un caldo de cabeza de carnero, y de los infaltables choclos, quesos, papa y huacatay. Nos computábamos en la sierra, la rockola, por obra propia o de otros parroquianos era la encargada de trasladarnos hasta el último rincón de los Andes. Como nos gustaba aquello de ay negra, ay samba, quien será tu dueño, mañana, cuando yo me vaya a Lima, pero también apostábamos por el cuatro somos en tu puerta, y los cuatro te queremos, sal pues y escoge a uno, que el resto nos iremos.
SAN JOSÉ REPUBLICANO...
Pero no podemos olvidarnos del cholo Capuñay y su picantería, un bohío monsefuano en medio de la negrería victoriana. Nunca faltaron los potos y los cojuditos de chicha, tampoco el cebiche y la jalea de cachema. Y la radiola nos iba soltando a los cantantes, uno a uno, sobre todo aquellos que podían curarnos los males del corazón: Javier Solís, Roberto Ledesma, Lucho Barrios y dos más, al polo muchachos. Y salían los pasillos en filita, con Julio Jaramillo, las Hermanas Mendoza Sangurima y el dúo Campos Rojas, porque nada en esta vida podrá separarnos te juro mi amor, ni la misma muerte podrá arrancarte de mi corazón, porque te amo tanto que a veces pregunto si es verdad amor, yo mismo me espanto de este amor sublime que hay entre los dos...
Como no íbamos a celebrar el reencuentro ese día de mediados de junio en esta malquerida Lima del 2008.











