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viernes, 7 de febrero de 2020

BOTAS CAJACHAS


 
Fue mi padre el que por primera vez se puso esas botas. Claro, él las mandó hacer para un buen día mandarse de hacha hasta la Costa, cruzando, desde su natal Cajamarca, la imponente Cordillera para anclar en San Pedro de Lloc, en el 5to de Caballería. Corrían los años 30 del siglo pasado. Al acabar su servicio militar y volver a su terruño, algo le decía que los pagos cajachos ya le resultaban chicotes, que su nota era la aventura; además las botas estaban hechas no para ser guardadas sino para acerarse por los caminos de la vida, porque finalmente arrieros somos...Y fue Lima la ciudad escogida. Y hacia ella se dirigió mi padre cargando en su mochila todo un mundo de ilusiones...

Cuando mi viejo sentó cabeza, las botas pasaron a mis manos. Anduve por la Costa, la Sierra y la Amazonía, crucé las fronteras una y otra vez, y hasta Europa y China me llevó la vida. Wuhan, la hoy temida ciudad china, la conocí en esos años de aventura, como recorrí Pekín, Shanghai, y otras ciudades más, cuyos nombres ya escaparon de mi mente. Contar de mis trajines por esos pagos extraños y muchos de ellos exóticos, me sirvió siempre de carta de presentación. Reconozco que muy buenos tragos me he ganado contando mis anécdotas.

Hasta que llegó el día, en que al igual que mi padre tuve también que entregar las botas a mi heredero, ávido de convertirse en arriero de la vida. Prestaditas nomás, me dijo. Primero, como calentando motores, se dedicó a conocer el Perú; pero cuando se dio cuenta que el mundo era mucho más ancho y profundo, pues se dedicó a cruzar las fronteras, una y otra vez. Y allá va para Nueva York, o para Italia, o quizá Paris, y si de Viena se trata, pues ahí está. Pero admitiendo siempre que le había dejado la valla alta: China.

Pero bien sabemos que todo es relativo. Hace algunas semanas me dijo como jugando: voy para la Antártida...Ver para creer le respondí. Esta madrugada, algunos minutos después de la medianoche, me mandó un mensaje: "Te mando un abrazo por tu cumpleaños desde este punto remoto del mundo. Que pases un bonito día"..

Caballero nomás. Las botas de 7 leguas se las había prestado, estimo que ha llegado la hora de cedérselas definitivamente. ¡Están en buenos pies!

viernes, 15 de enero de 2016

HACERSE HOMBRE


Nunca fui bueno para el fútbol, menos para el fulbito, como se dice hoy, había nacido con dos pies izquierdos. Pero si me gustaba participar en los juegos, para sudar la camiseta, entretenerme, y, para pasar del fubilto al fulbaso...Jugué por soles más o soles menos, por las chelas o por simplemente "botar las toxinas".Nunca había jugado para "hacerme hombre", así como se lee, hasta que llegó ese día.

Sucedió en Nuñoa, distrito de Melgar, en Puno, a más de 4000 msnm. Con el viejo Suami - Juan Rodriguez- habíamos llegado al lugar para iniciar una investigación antropológica sobre criadores de auquénidos. En pleno reconocimiento del terreno nos dimos con una canchota de fútbol. No tenía medida alguna, solamente arcos. En ella jugaban varios jóvenes del lugar, quechuantes casi todos, pero que corrían como diablos, estaban en su terreno.

En lo mejor del espectáculo, uno de esos jóvenes cogió la pelota y nos lanzó el reto en un llamativo quechuañol: ¡jueguen caballeros! Jugar a esa altura, con menos de 24 horas en el sitio, era una locura. Lo sabíamos por las capacitación recibida y estábamos listos para rechazar la invitación, cuando otro de los jóvenes nos lanzó el desafío mayor: ¡Jueguen, háganse hombres!, nos dijo mientras lucía una sonrisa maliciosa.

Nos habían lanzado el guante. Nos estaban midiendo, sabíamos que si rechazábamos la invitación éramos investigadores muertos, no estábamos a su altura, por tanto no íbamos a ganar la confianza necesaria para nuestras entrevistas. Jugar, desde el interés del proyecto de investigación, era de vida o muerte. Nos miramos con el viejo Suami - el si movía la redonda- y  decidimos ir al sacrificio.

No corrimos, simplemente caminamos, algo apuraditos, pero la hicimos. En otros términos, nos hicimos hombres...la investigación en Nuñoa fue un éxito.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

MACHADO

 
Febrero no es un mes bueno, por las lluvias, para aventurarse por la sierra peruana, menos por sus punas. Recién tomé nota de ello cuando en 1967, por primera vez, atravesé la cordillera sur del país, rumbo hacia La Paz, en ruta hacia Buenos Aíres, la europeizada ciudad que nos quitaba el sueño.
 
Como ustedes podrán imaginar el trajín fue por tierra. Los chivilines no daban para más y existiendo una empresa de transportes como lo fue Morales-Moralitos que llegaba a la capital altiplánica, ésta fue la ruta seleccionada. Sabíamos que desde aquí, en tren, atravesando todo el altiplano boliviano y argentino podríamos llegar en pocos días a la tierra del inmortal Gardel. 
 
Desde el saque fue un viaje inolvidable. Y aquí vienen lo de las lluvias. Arequipa fue la primera estación del Morales-Moralitos, para luego, al atardecer enrumbar hacia Puno. Todo iba bien hasta que se desató una lluvia torrencial que hizo puré la carretera afirmada. Estábamos atravesando las punas arequipeñas cuando comenzamos a sufrir una serie de plantones por el enfangamiento del vehículo. La salida estuvo, en todos los casos, en la fuerza del colectivo. ¡Hombres abajo! era el grito de guerra del chofer y como por arte de magia todos los varones ya estábamos cargando el ómnibus para sacarlo del fango. 
 
Nunca como en ese momento me parecía más lúcido Machado: caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El ómnibus seguía en ruta porque en esa noche helada y superlluviosa el camino lo afirmábamos los pasajeros.
 
Hasta que todo pareció volver a la normalidad: aunque dando tumbos el Morales-Moralitos agarró nuevamente pista más o menos afirmada. Faltaba, sin embargo, la cereza. Estábamos agarrando sueño cuando un fuerte como desagradable olor que no parecía de cristiano invadió el carro. No me hice paltas. En mi deambular reporteril por los basurales de Lima mi olfato se había acostumbrado a todo tipo de hedores. Pero mis compañeros de ruta y el propio chofer no pensaban lo mismo. Súbitamente el ómnibus se detuvo y pude ver al chofer provisto de una linterna de mano repasando los asientos. Primera, segunda, tercera...en la quinta fila se armó el despelote. 
 
Todo el mundo escuchó un ultimatum en medio de interjecciones de todo calibre: ¡O te pones los zapatos o te bajas de inmediato!
 
Nadie se bajó. El Morales-Moralitos reemprendió su marcha hacia Puno...

domingo, 30 de agosto de 2015

ENTRE AGUARDIENTES Y VINOS DE COLORES

Para Oscar Díaz Chávez, en la memoria.

Esta historia te hubiera gustado gordo bueno. Pero no llegaste al punto de contacto. Te cayó la noche cuando menos lo esperábamos, justo cuando la muerte, como escribió Neruda, salió a "recoger su tributo"...

I

Hubiera jurado que fue en Shangai, pero Carlitos Olazo, dice que no, que fue en Hangzhou, la ciudad del lago Oeste en la China. Eran los años ochenta, cuando los chinos todavía tenían en ascuas al mundo, pero no por las idas y venidas de su bolsa, como sucede ahora, sino por sus ideas.

Habíamos llegado a China en puntitas de pie, sin hacer ruido, como ocurría entonces, pero la pasábamos de maravillas. La hospitalidad de los anfitriones era de primera. Desde que bajamos del avión en Pekín, una fría mañana otoñal, hasta que salimos de la misma ciudad, casi congelándonos,   2 meses después, fuimos tratados a cuerpo de rey, como si se hubiera desatado una competencia sorda, entre ciudad y ciudad, para ver quienes nos trataba mejor.

Navegamos por el Yanstsé, correteamos por la Gran Muralla, conocimos la plaza Tiananmem, la Ciudad Prohibida, el Mausoleo de Mao Zedong, Museos de la revolución aquí y allá, la ruta de la seda...entre otros grandes atractivos del inmenso país, donde el siglo XX se agarraba todavía a patadas con el XIX. Nos faltaba tiempo y ojos, pero también estómago para saborear los riquísimos potajes de la comida china -donde cada región es un mundo aparte- bien asentaditos con vinos de colores,  no precisamente de uva. Apetito voraz, tercermundista, que se abría y preparaba con el famosísimo maotai o moutai, elaborado de sorgo y trigo, pero por cuyo nivel de alcohol bien podría ser empleado como antiséptico, como lo confirma la leyenda, que dice que en la guerra de liberación china fue usado para curar las heridas de los soldados de la revolución.

El maotai o moutai es ahora un trago de postín, no hay dignatario extranjero que pise China que no reciba como regalo sus buenas botellas del célebre aguardiente, tal y como hacen los cubanos con sus rones de 50 años. Como nosotros no éramos dignatarios no nos regalaron ni una botella, pero optaron por una salida más práctica a la cual no nos opusimos: lo teníamos que beber en el sitio, stalinistamente:  sin dudas ni murmuraciones, 

No hubo un solo almuerzo o una comida donde impajaritablemente no se abriera o cerrara el ágape con unas buenas dosis del aguardiente. Lo bebíamos "seco y volteado, estilo Callao". Los mismos chinos lo exigían, como si estuviéramos en el famoso puerto peruano. Sucedía que algunos marineros chalacos habían dejado en tan alejados confines una buena escuela espirituosa. Y claro,  no nos hacíamos de rogar...

II

Tanto fue el cántaro al agua que sin querer queriendo el agua se rebalsó. Lo he dicho, ocurrió en Hangzhou: mismo Perú,  después de un almuerzo decidimos hacernos a la mar.. Nos salió el barrio, la calle: burlamos  protocolos, pusimos el piloto automático y no paramos hasta encontrar un córner. No había rockola, tampoco aserrín ni borrachos faltosos, pero encontramos el famoso maotai o moutai, algunos entremeses que jugaron el papel de piqueos y claro, muchas ganas de nostalgiar, entre cantos, bromas, anécdotas y jajajajas al por mayor.

Cuando llegó la hora de cerrar, el local cerró, no estábamos en el Perú,  y nos quedamos en el aíre. ¿Y ahora? dijimos. La noche era joven y la sed seguía viva. Un sueco, con muchas ganas de hablar y beber, que además conocía el Perú se sumó a la movida; como el resto, estaba listo para continuar, hasta "las últimas consecuencias". ¿Pero donde?  Unas flechas, muy camufladamente colocadas, nos sacó de perdedores, indicaban una palabra que para nosotros, en el estado festivo en el que nos encontrábamos, resultó muy alentadora, mágica diríamos: dancing. Y a nuestro juego nos llamaron.

China empezaba a abrirse al mundo, muy cautelosamente por cierto,  y había que crear ambientes especiales para ello: hoteles, restaurantes, rutas turísticas, centros de recreación...No podían faltar los cabarets, aunque sin cabareteras por las estrictas reglas de conducta que todavía no se abandonaban. Hasta el baile entre los asistentes se atracaba, pero nada de calatistas, lentejuelas, ni putas encubiertas. Las susodichas flechas nos llevaron a un cabaret.

III

Quiero confesarles que cuando llegué a China no era un niño de pecho en esos menesteres. El haber oficiado de periodista en la segunda parte de los años 60 me había permitido saborear  una Lima nocturna que sabía presentar una siempre rutilante cartelera de bailarinas chilenas, argentinas y peruanas. Cada una de ellas ponía lo suyo en el contorneo de caderas y pechos que calentaban el ambiente hasta la llegada del plato fuerte de la noche: el striptease. La música la ponían maestros de diferente nacionalidad que llegaron al Perú atraídos por esas espectáculos sensacionales y los buenos bolos que podían ganarse.

Esa parafernalia no existía en el cabaret chino. Todo indicaba improvisación comenzando por el local que parecía un almacén. El modelo, especulo, lo habían tomado de alguna película mejicana de los años 40, donde abundaban los rufianes de anchos bigotes y las bellezas del tipo de María Félix, tan alabada poor nuestras abuelas,  pero claro, nada de esto había, solo mesas, sillas y un estrado donde un quinteto o sexteto de músicos con uniformes a lo Mao Zedong interpretaba mambos, pasodobles y corridos mejicanos ante un público raleado que no mostraba mayor interés que seguir empilándose o con el ardiente moutai o maotai y los vinos de colores. El bar no daba para más.

La noche pintaba gris, como el color de los uniformes de los músicos y ya renunciábamos a seguir embotándonos con los también uniformados tragos, cuando ¡zaz! se hizo la luz: un nutrido grupo de turistas italianos, mayoritariamente mujeres de diferentes edades, aterrizaron en el local llenándolo de vida, de bullicio y colorido. Los músicos, parecieron tomar viada y volvieron a repetir sus tonadas, con una pequeña diferencia, esta vez había con quien bailar...

El barrio y la calle volvieron a aflorar. Cierto era que los músicos nada tenían que hacer frente a los maestros que alegraban las noches limeñas, pero cierto era también que en la China de esos años ya se extendía la máxima de Deng Xiaoping: no importaba el color del gato, lo importante era que cazara ratones. Aplicado a la movida en las que nos hallábamos, eso significaba que no podíamos pedirle peras al olmo: si Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo, hubiera escuchado a los músicos chinos la interpretación de Cerezo Rosa o Mambo No 5, de seguro que los enjuiciaba y ganaba el pleito. Pero no estábamos en Cuba, Méjico o Lima. Estábamos en Hangzhou. Queríamos música pues ahí estaba la música y a bailar se dijo.

Realmente la rompimos. Los tragos nos habían acelerado y hasta el sueco no se hizo el sueco a la hora de tomar el toro por las astas. Beber, cantar y bailar en la China del camarada Mao Zedong, era una experiencia que no volería a repetirse y le sacamos el jugo.

Pero al igual que en el córner donde empezamos el periplo chupístico, la hora era la hora. Todo acabó a las 11 de la noche. La tradicional raspa mejicana anunció el fin del bailongo. Y a otra cosa mariposa. Pero la noche no envejecía, al contrario, seguía siendo joven. Salimos del local dispuestos a continuar la ronda y así lo hicimos, pero ésta es otra historia.

martes, 7 de julio de 2015

LA SEÑORITA DORA


A Guillermo Villegas, mi condiscípulo en la Escuela Fiscal La Milla,
 del barrio de Monserrate, a un año de su deceso.

A Rubén Villegas no lo veía hace un mundo de años, pero no había perdido de vista su fisonomía. Por eso es que cuando apenas lo vi en la puerta de una vieja quinta del jirón Ica le pasé el vivo. Sorprendido me miró, se acercó, me dio la mano, pero no me reconoció a pesar de que su disco duro, estoy seguro, trabajaba a mil por hora. ¡Soy fulano de tal! le dije en voz alta, pero nada. ¡Estudiamos en La Milla junto con tu hermano Guillermo!, agregué. Sus ojos se agrandaron, pero seguía en el limbo. ¡Fuimos alumnos de la señorita Dora! rematé. ¡Bimbo! En un tris por tras el hombre se ubicó. Tenía que ser así, todo el que ha pasado por la Escuela donde hice mi primaria tiene que recordarla con aprecio. Ella fue la que guió nuestros primeros pasos primariosos. Éramos como 50 galguitos que con nuestros 6 o 7 años empezábamos a vivir y la señorita Dora ahí, llevándonos de la mano...

La recuerdo ahora, esté donde esté, en víspera del Día del maestro.

Los Villegas, Archimbaud- el hermano mayor de Lalo- Quesada, Herencia, Dominguez, Yonamine, Argote, Pedrito...son apenas un puñado de apellidos que asoman a mi memoria en esta remembranza. Todos proles, del viejo barrio de Monserrate. Habíamos llegado a aprender prácticamente las primeras letras y la señorita Dora se encargaría de ello, a las buenas, pero también ajustando: una amenazante reglota era su eficaz auxiliar en este último caso. Eso de que a cocachos aprendí mi labor de colegial... cantado por Nicomedes, no era verso. Estamos hablando de la mitad de los años 50 y aunque la profesora no le cargaba el dado por ese lado, de cuando en cuando nos recordaba la existencia de su auxiliar.

Podríamos llenar muchas carillas con los recuerdos de esos primeros años en La Milla, pero quisiera hacer hincapié en uno. Gracias a la señorita Dora pisamos la Biblioteca Nacional y nos hicimos lectores de su Sala de Niños.Por primera vez el planeta de los libros y revistas se abría espectacularmente ante nuestros ojos. Con Archimbaud y Quesada vivimos esa experiencia. Nos hacíamos la taba para unos ratos a pie y otras andando llegar hasta el viejo local de la Biblioteca en la avenida Abancay y cumplir con las tareas escolares, mientras nos familiarizábamos con un reino de autores y obras que desde esos años iban a acompañarnos en nuestra ascensión educativa.
¡Cómo no recordar a la señorita Dora, y en su memoria homenajear a los maestros peruanos que mañana celebrarán su día! Un abrazo a todos ellos

viernes, 17 de abril de 2015

MARIÁTEGUI NO HA MUERTO

1.-

Hace algunos años cuando con mi hermana Fanny pisamos La Habana, en el aeropuerto José Martí, recién llegaditos, tuvimos una agradable sorpresa. Un cubano, que fungió de anfitrión, al enterarse que éramos peruanos lanzó una exclamación: ¡Son ustedes de la tierra de Chabuca Granda y de José Carlos Mariátegui, el primer marxista de América Latina! para luego, sin miramientos por la hora  -habíamos sobrepasado largamente la medianoche- echarse una disertación sobre ambos personajes, en especial sobre el Amauta.

A mi se me hizo un nudo en la garganta. Por esos días, en el Perú, quienes en otros tiempos habían elevado a los altares a Mariátegui, ahora le decían adiós. Supuestamente habían encontrado otros marcos conceptuales, metodológicos y políticos para entender y cambiar, afirmaban, la realidad económica y social peruana. En el mejor de los casos los escritos del Amauta podían servir como referente para absolver interrogantes éticas, estéticas o culturales pero para nada más. Sin epitafio alguno habían vuelto a enterrar al maestro. Y a otra cosa mariposa.

Por eso es que fechas otroras celebradas multitudinariamente, como las de la fundación del partido del proletariado o las de su muerte - 16 de abril - pasan hoy casi inadvertidas o en el mejor de los casos tienen un impacto ritual y punto. Han dejado de ser ocasiones especiales de educación, organización y lucha, de trabajo para la  adhesión consciente de las masas a un programa revolucionario, a un objetivo estratégico: el  del poder para el proletariado y pueblo, a una utopía, la del socialismo.

Hay dispersión sin duda, confusión, derrotismo, como también pérdida de perspectivas. No se logra superar a plenitud la quiebra del socialismo real, como tampoco las reconversiones de los otrora faros de la revolución mundial. No olvidemos, además, que  en tiempos de flujo del movimiento de masas no es difícil asumir posiciones de vanguardia, hablar de revolución, de socialismo, de partido del proletariado, y en torno a esas palabras mayores trenzarse en grandes  discusiones y excomuniones. Lo hemos vivido hasta los 80 del siglo pasado. Lo problemático, para algunos, es mantener esas banderas en alto en tiempos de reflujo, de ofensiva total, ideológica y política, de los adversarios de clase, de los enemigos de la revolución y del socialismo, que en estos años han hecho del capitalismo neoliberal una alternativa expoliadora de los pueblos, pero también un caballo de troya ideológico para echar raíces en la conciencia de las masas a las que se pretende desarmar con el concurso de quienes hasta ayer eran fogosos pregoneros de la revolución, pero que han terminado de paquebotes de tercera del gran capital y de las transnacionales. 

Por eso es que han enterrado una vez más a José Carlos Mariátegui, por eso también es que Alberto Flores Galindo - lo dijimos hace algunos días- encumbrado por esos sectores,  es hoy un amigo incómodo para los mismos: hay que recordarlo como un historiador valioso, pero no como un intelectual promotor de la revolución y el socialismo.

2.-

La respuesta a esos fenómenos está en el propio Mariátegui, en la relectura abierta y crítica de sus trabajos, de su trayectoria, de sus luchas francas contra los revisionistas del marxismo y el dogmatismo. Así lo entiende Carlos Olazo Sillau, quien desde su su libro Ideas, clase y masas, el partido de Mariátegui, (UNT, Trujillo, noviembre de 2014, 181pp) convoca a retomar al maestro, a ponerlo nuevamente de pie, sobre las bases inconmovibles del marxismo que profesó y al que aclimató desde y para el estudio de las particularidades de la formación social peruana con miras a su transformación.

No se trata pues, en esta hora, de volver a enterrar a Mariátegui. Se trata de volver a él creativamente, heroícamente, agonísticamente, para hacer de su legado una herramienta para  el entendimiento cabal de los tiempos que vivimos. El cubano con el que nos cruzamos en el aeropuerto Martí de La Habana hablaba del Amauta como el primer marxista de América Latina. Asi hay que entender al maestro, como un marxista convicto y confeso; porque como señala Olazo, Mariátegui asumió "consciente y plenamente la doctrina de Marx y Engels, con todas sus consecuencias: no sólo como teoría para interpretar el mundo, sino como herramienta para transformarlo" (p. 151).

En esa perspectiva, nos dice Olazo, construir el partido del proletariado era una tarea vital por considerarlo "el instrumento fundamental" para dar vida a la revolución y el socialismo. No podía tratarse, por ello,  de un partido más en el mundo de la partidocracia criolla. Tenía que ser un partido de clase, de ideas, de masas. El proletariado y los pueblos  que aspiran a construir un Perú nuevo dentro de un mundo nuevo, deben contar con su propia organización política, revolucionaria, autónoma., que asuma limpiamente sus reivindicaciones del presente como las del futuro. Así ha sido desde los tiempos de Marx y Engels, así lo propuso el Amauta, poniendo las bases del mismo y direccionándolo para fundirlo con las masas obreras y campesinas,  con los maestros , estudiantes e intelectuales de vanguardia. El partido no podía ser un ente burocrático, aislado de las masas, como tampoco podía ser un organización esclerotizada y estéril de ideas, de propuestas y alternativas ante todas las circunstancias  de la confrontación social. Se trataba de construir un partido de vanguardia, no de retaguardia.

En  esa marco, no creemos equivocarnos  si afirmamos que Mariátegui no está muerto porque su obra, como hombre de pensamiento y acción, está vigente, por eso es que hay quienes aspiran a sepultarlo definitivamente. Retomar su legado para con él volver a reflexionar sobre el Perú y sus problemas es además una invitación a superar el pesimismo y a ensanchar el optimismo del ideal. Decía Mariátegui que "la actitud del hombre que se propone corregir la realidad es, ciertamente, más optimista que pesimista. Es pesimista en su protesta y en su condena del presente; pero es optimista en cuanto a su esperanza en el futuro". (El Alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Ed. Amauta, Lima, 1981, p. 34)

En esa línea, el libro de Carlos Olazo Sillau, contribuye a agitar las aguas del optimismo.


sábado, 13 de diciembre de 2014

PARECE QUE FUE AYER

Elbita Vásquez Vargas
Parece que fue ayer...

A Cajamarca le debo mis orígenes, no nací en esa histórica ciudad, pero ahí nació mi padre, como le debo también gran parte de mi existencia: Bambamarca fue la cuna de Elbita Vásquez Vargas y Hualgayoc el lugar donde hace exactamente 43 años nos juramos amor eterno. Estamos en ruta.

Sí, fue un 10 de diciembre. Habíamos planeado hacerlo en Bambarca el 08, pero un viaje intempestivo del alcalde del lugar trastocó el plan original. Para suerte nuestra, en Hualgayoc encontramos al burgomaestre en su casa quien no tuvo reparo alguno en trasladarse a su oficina para darle trámite al expediente.

¿Expediente? Sí, pero que fuimos armando nosotros mismos ante la falta de empleados. Mientras mi suegro, don Marcial, tecleaba en una máquina, yo lo hacía en la otra. Las actas tenían que estar listas antes del casorio, sí o sí. ¿Testigos? Pues ahí estaban los familiares que se dignaron acompañarnos hacia el gélido Hualgayoc.

43 años han pasado en un abrir y cerrar de ojos. 2 meses fueron suficientes para convencernos que habíamos nacido para pelear juntos en esa aventura llamada vida; 43 años después tenemos que decir que no nos equivocamos...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

MI VIEJA RALEIGH

 
Alguna vez, cuando marchaba de la niñez a la adolescencia tuve una bicicleta. 

Me la gané a pulso, en la escuela donde estudiaba. Al final de los estudios primarios no solamente me otorgaron una beca para seguir la secundaria en el glorioso Guadalupe, además, me premiaron con una bicicleta Raleigh por ocupar el primer puesto de mi promoción. 

Mi escuelita monserratina se llamaba República de Venezuela y la Embajada de ese país hermano había tomado en 1958, año de mi egreso, la feliz iniciativa de entregar ese premio al alumno más destacado.

Mi barrio, muy modesto, se conmocionó cuando al cierre de la clausura del año escolar, me vio salir con la bicicleta. Era una verdadera multitud la que tenía tras mi espaldas mientras muy orondo, bicicleta en mano, marchaba  hacia mi casa, no sabía manejarla...

El aprendizaje fue a marcha forzada, teniendo siempre a la patota al lado, la mayoría de los cuyos integrantes, al igual que yo, estaban en nada, nunca habían soñado con poseer una bici. Fue entonces un aprendizaje colectivo, entre porrazos y porrazos.

Uno de los más estusiastas con el aprendizaje fue el "gringo", un vecinito de mi edad que por línea de carrera genética ya comenzaba a despuntarse físicamente y, que se convirtió prácticamente en mi sombra cuando diestro ya en el manejo exigía dedicar más y más horas al pedaleo, lo cual era un imposible.

Lo cierto es sin embargo que hicimos con el "gringo" muy buenas migas hasta que se nos pasó la fiebre del pedaleo y cada cual tomó su rumbo propio en la secundaria, incluyendo, en mi caso, una mudanza obligada a otro barrio.

Del "gringo" no supe más en lo inmediato. ¿Terminó la secundaria? No lo sé. Lo cierto es que del propio Monserrate había desaparecido. Y cuando su figura ya tendía a convertirse en polvo del olvido, un buen día apareció su foto en las páginas deportivas de los diarios capitalinos. Se había convertido en una joven promesa del ciclismo limeño...

Con el tiempo ya no fue simplemente una promesa. No había campeonato ni medalla a nivel nacional e internacional que no cayese en sus manos. Estábamos frente a todo un campeón del ciclismo, que como ocurre en todos los deportes tuvo su buen cuarto de hora.

Frente al "gringo" yo era un chancay de a veinte. Pero de lo que siempre internamente me enorgullecí fue de que el ABC de su deporte lo aprendió en mi vieja Raleigh, a la que recuerdo siempre con gratitud, pero de cual no puedo mostrar ni siquiera una fotografía porque una noche aciaga los amigos de lo ajeno cargaron con ella...

Ladrones irrespetuosos sin duda. No sabían lo que esa bici significaba para mi, ignoraban también que esos fierros y esas 2 ruedas habían alumbrado a un campeón internacional del ciclismo. 

Como decía mi abuelo, así es el mundo puto...



 




viernes, 1 de agosto de 2014

LO QUE NO LE CONTÉ A MI PADRE

No, no se lo pude contar a mi padre.

Ocurrió en julio, siempre frío y neblinoso, mucho más en el hospital donde estaba internado mi padre y gélido si se trataba de domingo, día en que como en una procesión silenciosa los familiares entrábamos y salíamos por una sola puerta, la de emergencia, estrangulando cada cual sus propios sentimientos.

Ingresaba raudo cuando divisé al joven Alejandro. Había sido mi alumno años atrás, pero ahora lo veía con cierta regularidad, éramos miembros del Consejo de Facultad donde no siempre coincidíamos en las salidas  a los problemas en discusión; es más, podríamos decir que no pocas veces las reuniones terminaban a capazos.

Al cruzarnos en el pasadizo casi en penumbras nos saludamos respetuosamente y seguí caminando, el tiempo apremiaba.

No llegaba a la puerta del ascensor cuando escuché el llamado: ¡profesor! ¡profesor! Era, Alejandro, se había detenido, girado y caminaba hacia mi. Cuando estuve a un par de metros, al borde de la angustia, lo veía en su rostro, me dijo "mi padre ha muerto, me lo acaban de decir, su cuerpo está en el mortuorio"...

Era la primera persona que recibía la noticia. Su madre, sus hermanos, sus familiares, ignoraban el fatal desenlace.

Alejandro vivía momentos en los cuales se requiere siempre una voz cálida, amical, un hombro en el que apoyarse.

Entendí rápidamente que no podía fallarle, tenía mis propias urgencias, pero en esos momentos había una prioridad de prioridades. No era amigo de Alejandro, había sido su profesor, pero la vida me había enseñado que la docencia nunca deja de ejercerse, aunque los años se amontonen, uno tras otro.

Ese domingo no vi a mi padre. En torno a uno o dos humeantes cafés le expliqué al dolido Alejandro el verdadero significado de la vida, sus contrastes, las alegrías que nos traen y las penas que también nos acarrea.  Cuando nos despedimos, dos horas después, sellamos con un abrazo el coloquio, el dolor de la pérdida del ser querido nos había acercado.

Me hubiera gustado contarle esta historia a mi padre. No pude hacerlo ni ese domingo ni los día subsiguientes, su gravedad se había acentuado, estaba viviendo sus últimas horas a nuestro lado.  La recuerdo ahora, porque un día como hoy, 31 de julio, se cumplen 8 años de su desaparición física.

Sé que le agradará, esté donde esté.

jueves, 19 de junio de 2014

RETRATO DE FAMILIA

Pensando en mi padre hurgué el pasado domingo en el desordenado álbum familiar que poseo y me di con la foto que estoy publicando. De izquierda a derecha mi padre, Sebastián Mosquera Pérez, es el muchachón que ocupa el tercer lugar entre los parados, está al lado de sus hermanos, su madre, doña Margarita Pérez, cuñadas y sobrinos. Es un verdadero retrato de familia, tomada hacia fines de los años 30 en la ciudad de Cajamarca, de la que todos son oriundos, y que el fotógrafo ha inmortalizado: de los presentes en la toma solamente uno de los mayores - mi tío Vicente, al lado derecho de mi padre y con casi 90 años encima- sigue recorriendo las calles cajamarquinas, al igual que los chiquillos, mis primos; los demás familiares desde hace un buen tiempo navegan en el mar de la tranquilidad eterna aunque sus imágenes  nos permitan recordarlos tal como ellos quizás anhelaron al posar ante el fotógrafo anónimo.

Para los especialistas, fotografías como la que presento, posibles de ubicar en diferentes ciudades andinas a lo largo de la primera parte del siglo XX, les permite analizar usos y costumbres, diferencias sociales, modas y creencias, etcétera. En mi caso, como  al conjunto de la familia, nos precisa las raíces paternas - las maternas nos llevan hasta Huancavelica por un lado y Tarapacá, en el actual Chile, por otro lado- base fundamental de todo proceso de identidad con  nuestros ancestros, pero asimismo con la tierra que ocupamos, con sus gentes, sus historias, sus culturas, sus cantos y danzas, sus muertos. La peruanidad se sustenta en ello, no en nuestro gusto por el cebiche o por la mazamorra morada, como algunos pretenden...

lunes, 16 de junio de 2014

MI DEBUT COMO PADRE

Cuando nació mi primogénita, hoy una bullidora abogada, andábamos por las punas de Junín con mi hermano Ramón Aranda  de los Ríos, que en paz descanse y goce del amén de los dioses del Olimpo. Contra lo que pueda suponerse no andábamos de pachanga, nos estábamos ganando los frejoles como profesores de un animado grupo de alumnas de la Escuela de Trabajo Social de San Marcos, y me había tocado anclar en Racracalla, la comarca más alejada del distrito de Comas, Cochas y Mariscal Castilla, cuando un  chasqui  de nuevo tipo me dio la buena nueva: ¡Elbita ya dio a luz!

Era mi debut como padre. No hacía ni 72 horas que habíamos dejado Lima con la seguridad de que el nacimiento se produciría en los primeros días de setiembre, dándome el tiempo suficiente - pensé- para asentarme en mis labores en la puna para luego bajar a la capital y esperar el nacimiento.

La cigüeña, sin embargo, no gozaba de tanta paciencia. Ni bien el ómnibus estaba trepando por la carretera central el alumbramiento comenzó a anunciarse. Los nervios, la separación no prevista, la incertidumbre propia de una primeriza obligaron a Elbita a tocar las puertas del Hospital San Bartolomé antes de lo programado. Mi madre y mi hermana Ana me reemplazaron en la fría madrugada limeña cuando el parto era inminente, para luego ser sustituidas por una verdadera cadena de solidaridad implementada por mis amigos sanmarquinos.

En esos años solidaridad era una palabra de gran calibre. Julio Castro y María Julia Tapia, ambos médicos, jugaron su papel dentro del Hospital; Andrés Huguet y Rosita Tapia cubrieron el espacio externo; mientras que en Huancayo, punto de entrada hacia las punas de Junín, los recordados Lucho Ruiz y David Motta fueron los enlaces que me permitieron - chasquis de por medio- saber que desde el 15 de agosto era padre de una criatura que llegó al mundo pesando tres kilos y medio. 

¿Qué hacer en esas circunstancias? Era imperioso mi desplazamiento hacia Lima, pero ¿que llevarle al recién nacido cuyo sexo ignoraba? Racracalla es una comunidad de pastores y agricultores, por lo tanto la textilería no era una actividad ajena a su labores habituales. En el poco tiempo de que disponía adquirí una hermosa manta multicolor,  que con sus típicas fragancias andinas, sirvió para cubrir el cuerpecito de la recién nacida, a la que conocí luego de un viaje espectacular que lo inicié a pie, lo continué en un camión que se desplazaba de las selvas de Satipo hacia Huancayo y lo concluí en un viejo ómnbus de la empresa Hidalgo que contra todos los pronósticos llegó a Lima en el tiempo programado.

En Lima, en mi pequeño depa de Monserrate, me enteré recién que era padre de una mujercita a la que gracias a una sabia salida consensual, pusimos por nombre Clara Celinda, los nombres de sus abuelas...

El nacimiento de mi segundo hijo, Kobi, corresponde a otra historia, su mismo nombre merece un capítulo especial...


lunes, 19 de julio de 2010

ESPOLONES
DE LA ADOLESCENCIA
Alberto Mosquera, Alberto Quiroz
y Wilfredo Huisa
Promocióm G-1963
«El hombre que más admiro es Newton
porque descubrió que los cuerpos se atraen mutuamente»
Brigitte Bardot
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Allí estábamos, como en los viejos tiempos, formaditos y formalitos, con la frente altanera y firme el corazón —como dice la Marcha Guadalupana— pero con una gran diferencia: las frentes ya no mostraban el desborde de las frondosas cabelleras, a lo Elvis Presley, de hace cuarenta y pico de años, ahora lucían amplias y lustrosas bajo el sol de mediodía, que abusivamente plateaba aun más los mechones blancos de quienes, al igual como lo hacíamos en el lejano abril de 1959, nos habíamos formado de a uno en el mismo patio del primer año, tomando distancia con el brazo derecho, luciendo ya no el uniforme caqui de antaño sino los ternos de ocasión, aunque castigados éstos en no pocos casos por las adiposidades con las que implacablemente nos suelen regalar el tiempo, la comida, el trago y la buena vida, porque eso sí nadie negará que en este Perú se sufre pero también se goza. Quizás por eso, pese a todo, ese sábado de reencuentro de noviembre de 2003 todavía podíamos exhibir los espolones de nuestra adolescencia inolvidable, que trascurrió entre las formalidades de un Colegio que se preciaba de ser el primer plantel estatal de la República, las mataperradas de dentro y fuera de las aulas, los primeros amores, reales o platónicos, y el culto a las estrellas del cine, rubias o morenas, que colmaron nuestro naciente pero rutilante imaginario erótico.

2


Para nosotros no existió la caja boba de la televisión, que hoy tanto preocupa a padres, sociólogos, psicólogos y políticos. El cine fue nuestro vicio y cada barrio tenía sus salas emblemáticas. El cuartel primero de la vieja Lima podía jactarse de contar con el Alfa, el Astral, el Iris, el Columbia y el Colonial, hijos todos del viejo cine La Mutua, de la época del cine mudo, entre los jirones Tayacaja y Huancavelica; mientras que en los Barrios Altos, cines como el Unión y el Francisco Pizarro, en la Plaza Italia, o el Conde de Lemos en la señera plazuela Buenos Aires eran tan renombrados por las películas que exhibían como por los artistas de fama internacional —Pedro Infante, Libertad Lamarque, Alfonso Ortiz Tirado o Hugo del Carril— que encandilaron a las plateas repletas por sus seguidores, modestos habitantes de casonas, solares y callejones, que entusiasmados hasta el delirio los obligaban cariñosamente incluso a cantar en la calle, a voz en cuello, para el beneplácito de aquellos que por falta de cupo o de dinero no habían ingresado al teatro, pero que con una paciencia bíblica esperaban hasta el final del espectáculo para por lo menos ver de cerca a sus ídolos y constatar que eran de carne y hueso como todos los mortales.

Tiempos, además, en que el distrito del Rímac se enorgullecía de contar con el elegantón cine Perricholi, a pocas cuadras del Paseo de Aguas construido en el siglo XVIII por el célebre Virrey Amat, sexagenario pero ardiente amante de ese pimpollo huanuqueño que se llamó Micaela Villegas, a la que seguramente harto de tanto requiebro le espetaba de cuando en cuando el calificativo de ¡perra-chola! expresión que según don Ricardo Palma se convertía en ¡perri-choli! en la boca desdentada del iracundo catalán. En tanto que el distrito de Breña quedará siempre en nuestra memoria porque en él se ubicaban cines como el Monumental, el Ritz, o el Capitol —preferidos por la muchachada guadalupana en las tardes de los grandes escapes de clases— el primero de los cuales, además, solía calentar las siempre húmedas noches limeñas con sus encendidas y relumbrantes revistas de generosas bataclanas, para escándalo de la mojigatería limeña, que con padres nuestros y avemarías en ristre trataban siempre de calmar la avidez de adolescentes y jóvenes, no dispuestos éstos a perderse un solo acto de la Bim Bam Bum y sus provocativas Tongoleles criollas, aunque luego desde los temidos púlpitos se nos condenase a achicharrarnos en el infierno.

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En los cines de barrio aprendimos a soñar con las despampanantes beldades que nos trajo el celuloide de esos años. Quedaron atrás los justicieros del viejo Oeste: El Llanero Solitario, Roy Rogers y Gene Autry, entre otros; se volvieron aburridas las eternas escaramuzas entre los soldados buenos y blancos del 5to de Caballería y sus vistosos uniformes azules con los siempre malvados y pintarrajeados apaches, incluidos los raptos y liberaciones heroicas de candorosas y bellas jovencitas, tramas todas que caracterizaron al cine norteamericano. También pasaron a la historia las películas de rancheros mejicanos del tipo de Luis y Antonio Aguilar o Miguel Aceves Mejía, que entre huapangos, corridos, balazos, botellazos y bigotazos chamuscados, deleitaron la primorosa niñez de aquellos años. Las hormonas pedían a gritos otras cosas y como caídas del cielo aterrizaron en aquellas modestas salas de barrio las más espectaculares estrellas femeninas del séptimo arte, donde los labios insinuantes o los ojos de ensueño eran algo así como las cerezas de sus provocativos cuerpos, donde las hermosas piernas, los pechos turgentes o exuberantes y los traseros de colección parecían competir entre sí para atraerse las lánguidas miradas de sus admiradores.

No interesaba el tema de la película, lo que importaba era el nombre de la protagonista y lo que hacía en el film: la besaban o no, si la besaban, cómo la besaban; se desvestía o no, y si se desvestía donde lo hacía y en que circunstancias; hacía el amor o no, y si lo hacía, cómo lo hacía. Y todo al detalle, escena por escena, porque en la esquina del barrio o en el colegio la tira de amigos ansiosos no querían perderse ninguna toma, particularmente las de mayor voltaje, que alimentaban la lacerante libido y los comentarios picantes. Si la memoria no nos traiciona, el desfile de estrellas incluía a Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrígida, Sofía Loren o Brigitte Bardot; pero la poco a poco desinhibida América Latina también puso sus sabrosonas carnes al fuego, no estando a la zaga de las apetitosas rubias norteamericanas o europeas, descollando en ese terreno la mejicana Ana Bertha Lepe y la argentina Isabel Sarli, quienes con el valor agregado de su tez morena y el hablar de Cervantes, se convertirían también en acompañantes obligadas de nuestros tempranos pero crecientes devaneos eróticos.

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Marilyn Monroe llevaba en su cuerpo un millón de hermosas razones para desquiciar a cualquier mortal. Nuestro gran pintor, Víctor Humareda, pudo dar fe de ello: en toda rubia al pomo que poblaba los prostíbulos limeños creía encontrar al símbolo sexual de los años 50. Poco importaba la nada santa hoja de vida de la blanquiñosa, todo se le perdonaba siempre y cuando no dejara de enseñar sus atributos naturales. Y de la misma manera todos andábamos cruzados con Brigitte Bardot, que con su figura de colegiala atrevida e indecente ingresó a la historia del cine universal para mostrar al mundo los quilates de su desenfado provocador. Su larga cabellera rubia, sus labios carnosos en una boca entreabierta, lista siempre al igual que sus pechos regalones para la dulce entrega, constituyeron en su cuerpo felino sus mejores armas para arrastrarnos a los sueños más desenfrenados, mientras más y más nos extraviábamos en los laberintos eróticos de sus películas, en las que Roger Vadim, su marido, era el gran arquitecto.

Pero dijimos que América Latina también tenía lo suyo. En la tierra de los charros brilló con luz propia Ana Bertha Lepe, paisana de Juan Rulfo y José Clemente Orozco, como que nació en Jalisco, de donde saltó a la fama llevada en hombros por sus compatriotas que la quisieron hacer Miss Universo. Pero si bien en una decisión muy controvertida no alcanzó ese preciado cetro, sí se ganó el reinado de la más deseada de las estrellas mejicanas de su tiempo, desplazando a Silvia Pinal, Sonia Furió y Evangelina Elizondo entre otras bellas entre bellas del cine mejicano. Sin embargo, la que se llevó las palmas de oro de nuestras fantasías fue una argentina, Isabel Sarli, la siempre bien amada «Coca» quien no tuvo ningún reparo en mostrarse una y otra vez tal y como dios la trajo al mundo, sabiendo como sabía lo que realmente valía, no como actriz por supuesto sino como portadora de una belleza genuina, salvaje, propia de las pampas argentinas.

5


La Sarli puso el cuerpo y Armando Bo, su mentor y guía, el intelecto. Poco importó que ella no supiera hablar o actuar, cantar o bailar. La gente no iba al cine para eso, por lo menos ello no fue el atractivo en la casi treintena de películas que filmó desde que apareció en el film «Un trueno entre las hojas». Sus seguidores simple y llanamente queríamos recrear la vista viéndola en las aguas de las cataratas de Iguazú o en la ducha, deseada y perseguida por camaleros o leñadores, al pie de los árboles o sobre la hierba fresca, contorneándose al ritmo de «Siboney» o sencillamente repasando sensualmente cada pulgada de su sensacional anatomía. Nada tenía que envidiarle a Marilyn ni a la Bardot; es más: podríamos asegurar que en esta parte del mundo se las llevó de encuentro porque el erotismo de sus películas llevaban el color, el olor, el sabor y la rudeza de nuestros ambientes y de nuestras gentes. Y como cada película provocaba un escándalo «por atentar contra la moral y las buenas costumbres», la «Coca» llevó siempre las de ganar porque cargó sobre su cuerpo y sus películas el delicioso estigma de lo prohibido, que multiplicó la curiosidad o las ansias de verla.

Y en la primera fila de la cazuela estábamos nosotros, regodeándonos con la «Coca» o la Brigitte, con la piel erizada, la garganta seca y las palpitaciones a cien por hora, redondeando en la calle las enseñanzas del glorioso Guadalupe, que con más de ciento cincuenta años de existencia mantiene las energías necesarias como para seguir cantando: Abrid ancho paso/ las palmas batid/ que va Guadalupe/ marchando a la lid, tal y como la entonamos en aquel sábado del último noviembre.

* * *

Mosquera Moquillaza, Alberto: «Espolones de la adolescencia», en Ciberayllu [en línea], 19 de julio http://www.andes.missouri.edu/andes/Comentario/AMM_Espolones.html> (Consulta: 19 de julio del 2010).

sábado, 22 de mayo de 2010

SALIÓ LA CHAVETA



Lo dijo Carlos Iván Degregori, profesor sanmarquino y ex miembro de la Comisión de la Verdad hace algunos años: en San Marcos se practica la política del retrete; yo agregaría y de la chaveta artera. Los docentes de la Facultad de Ciencias Económicas, los estudiantes y los trabajadores administrativos lo han comprobado en las últimas 48 horas. La amenaza – a través de una carta notarial- del decano saliente a Humberto Campodónico de denunciarlo penalmente si acaso fuese elegido y aceptase el cargo de decano, la gigantografía y centenares de volantes llenos de mugre contra destacados docentes de la Facultad, hoy en la oposición como miembros o adherentes de la lista Academia y Desarrollo que preside Campodónico, más la campaña del miedo entre los estudiantes – los intimidan con el Código Penal- si acaso apoyasen en referendum estudiantil la candidatura de Humberto, no hacen sino demostrar la justeza de la afirmación de Degregori.
Algo más: la grosera manipulación de la propuesta de debate con los colegas del Movimiento Democrático de Docentes (MDD), planteada por el profesor Campodónico el martes 11, aceptada formalmente por nuestros adversarios, pero anunciada unilateralmente por los mismos para el lunes 24 de mayo – ¡a menos de 24 horas de las elecciones, cuando el artículo 118º del Reglamento Electoral lo prohibe - es también una viveza criolla que linda con la lumpenería, impropia del mundo académico e intelectual.
¿Por qué esa reacción de los colegas del MDD? No hay que ser adivinos para entenderlos, Academia y Desarrollo les quebró su rutina electoral: desde el poder “convencer” a los electores, tal como lo hicieron en las elecciones de Profesores Auxiliares. Academia y Desarrollo les demostró que la política es ciencia, pero que también puede ser arte y pedagogía. El Plan de Emergencia presentado ante docentes y estudiantes, en el Salón de Grados y en las propias aulas, reveló que dicha opción electoral se había salido del libreto: los aplausos estudiantiles, el calor docente expresado en el abrazo o en el saludo fraternal, mostraban que la candidatura de Campodónico y su lista iban hacia arriba.
Reza un dicho: el mono aunque se vista de seda, mono queda. Al borde de un ataque de nervios el MDD optó por la lumpenería: A una idea se opuso el chavetazo, a una propuesta, el verduguillo, al plan de emergencia, la mugre del retrete. No han descargado todavía toda la basura, de aquí al lunes, conforme su soledad se acreciente, lo irán haciendo. Que no nos llame a sorpresa.
Las elecciones son el martes 25 de mayo, pero creo no equivocarme si hago la siguiente afirmación: Academia y Desarrollo ya ganó. Los gérmenes del cambio, de la renovación bullen hoy en la cabeza de los estudiantes y docentes. La pasividad y el conservadurismo están siendo sustituidos por el entusiasmo y la vocación por transformar la Facultad, y eso es lo que se buscaba.

sábado, 14 de febrero de 2009

EL PAÍS DE
UCUNCHA
Alberto Mosquera, José y Armando Torres Díaz
Foto de Elbita Vásquez Vargas


Laguna, en Bolívar

El pasado 11 de febrero, en la Asociación Guadalupana, se presentó el libro El país de Ucuncha, cuya autoría corresponde a José Torres Díaz. A la cita concurrieron los hijos de ese distrito, como también de poblados cercanos, todos pertenecientes a la provincia de Bolívar, en la Libertad, y que le impregnaron a la reunión una halo nostálgico, de fiesta y recuerdos, de reencuentro y añoranza del terruño. El libro fue presentado por el suscrito, leyendo un texto, que a continuación publicamos.

Alberto Mosquera Moquillaza


Cuando salí de mi tierra
de nadie me despedí;
sólo las flores del campo
lloraron cuando salí

Anónimo
Señoras y señores:


El capítulo de las migraciones del campo hacia la ciudad en el Perú contemporáneo, es uno de los fenómenos más apasionantes de la historia social peruana. Los especialistas sostienen que es posible determinar constantes en ese proceso de desarraigo: de todo el Perú hacia Lima, de la sierra norte hacia la costa norte, de la sierra sur hacia la costa sur, de la sierra central hacia la costa central, de los pueblos chicos hacia los pueblos grandes; así como también establecer generaciones de migrantes que dejaron sus pagos a lo largo del siglo XX, en especial en su segunda mitad, empujados por una inacabable crisis agraria, pero más adelante por la violencia política que amenazó con engullirse el país entero, pero también por las ilusiones de conquistar un mundo mejor, un futuro promisorio, de acuerdo a sus expectativas y sus sueños.

Es cierto que no todos pudieron hacer realidad sus anhelos, pero de posicionarse en la vieja Ciudad de los Reyes, sí que lo lograron. La nueva Lima, la del siglo XXI, la de los apellidos plebeyos: quechuas y aymaras, pero también la de los apellidos españoles, pero aclimatados en medio de los quinuales y maizales andinos, no se explica sin esa multitudinaria invasión silenciosa, que trastocó el orden urbano, absorbiendo primero la ciudad colonial del puente y la alameda, para luego volver a fundarla bajo el imperio de costumbres, modos de vida, música, poesía, y colores, de quienes, en un periodo corto de tiempo dejaron su estatus de conquistados, para asumir el de conquistadores.

José Torres Díaz, y su hermano Armando formaron parte de esas legiones de provincianos, que en circunstancias muy concretas de sus existencias, tomaron la decisión de dejar sus pagos en las serranías peruanas para aventurarse, en medio de los ahora olvidados arrieros, en cruzar a pie la Cordillera de los Andes – como todavía ahora se hace – llegar a la punta de la carretera, tomar aire, echar mano nuevamente al fiambre, dar un último vistazo hacia el camino que se está dejando y al cual sabe dios si se volverá a recorrer, y en el primer carro enrumbar hacia lo desconocido: geográfica, histórica y culturalmente hablando.

Se había iniciado el doloroso proceso del desarraigo. Dejar atrás las raíces familiares, los amigos, la tierra protectora que los vio nacer, sus múltiples fragancias y frutos, la vieja casa de adobe o tapial, los abuelos vivos o muertos, los animales, las costumbres asumidas desde la infancia, la escuela, el viento ululante y frío de las jalcas, el sol y el cielo serrano siempre radiantes, el hablar de las aguas cristalinas de los ríos, lagunas y puquiales, el cantar de los ruiseñores y picaflores, es decir, dejar atrás ese mundo diferente, ese país de Ucuncha – en el caso de los Torres Díaz- para aventurarse en tierras extrañas, tradicionalmente inhóspitas – como lo fue la Costa para los serranos- no es fácil.

Existe una quiebra sentimental, un antes y un después que no se puede mensurar, que dejaba, y sigue todavía dejando, huellas hondas en el alma de los migrantes, sobre todo si se trataba de sobrevivir en una ciudad tan altiva, orgullosa, y excluyente como era la vieja Lima. Porque la disyuntiva, abierta o encubierta, para los provincianos estaba planteada desde el momento en que pisaban la ciudad colonial. O se aculturaban, vale decir dejaban de lado su alma andina, para asumir el alma de los criollos; o parapetándose en su irrenunciable mundo andino se aclimataban en tierras extrañas, asumiendo la máscara de lo costeño y criollo, sin renunciar a sus orígenes, creando sus zonas liberadas como fueron los Coliseos, clubes provincianos, o, en el caso de las mujeres, tomando amorosamente por asalto el verdor de los parques y plazas de Lima, la húmeda, la de cielo eternamente gris.

José María Arguedas, quien en más de una oportunidad dio cuenta de la hostilidad limeña a los provincianos, dijo en una memorable oportunidad que él no era un aculturado, porque era un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, hablaba “en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

Desde esta perspectiva, el libro “Mi país de Ucuncha”, es una prueba palpable de que los hermanos Torres Díaz nunca olvidaron sus orígenes, su cultura, sus serranías. Vencieron en Lima, la conquistaron, se amoldaron a las vivencias y costumbres urbanas, pero nunca dejaron de lado la tierra que los vio nacer, a la que espiritualmente estuvieron ligados a través de las cartas, telegramas, comunicaciones radiales, o simplemente a través de los recuerdos y las embestidas de la nostalgia. Pero a la que también regresaron, una y otra vez, para volver a recorrerla con la misma alegría de sus años juveniles: cantando, bailando, saboreando ora la papa, ora el cuy, ora el mote de trigo, los chicharrones y la chicha de jora, sin dejar casi religiosamente de acercarse al Marañón, siempre turbulento, llevando vida y colorido, pero también arrastrando la muerte… La serpiente de oro la llamó Ciro Alegría.

Personalmente puedo dar fe que José Torres, a quien conocí hace mil años en el diario La Prensa de Lima, hizo casi una religión del amor a su tierra. ¿Cuántas madrugadas me habló de Ucuncha mientras caminábamos desde el jirón de la Unión, donde quedaba el diario, hasta la casona del jirón Rufino Torrico donde vivía? Sinceramente lo he olvidado. Pero por él supe de la existencia de ese pueblo liberteño, al que sólo podía llegar a pie, luego de un largo periplo que lo llevaba hasta Celendín, en Cajamarca, para de ahí enrumbar hacia la añorada tierra. Por él también conocí que antes de partir tenía que avisar por radio de su llegada, para después, desde las alturas, divisando ya Ucuncha, hacer señales de humo, avisando, emocionado, que ya estaba ahí, reencontrándose con los vientos y las fragancias de la tierra amada, que faltaba poco para volver abrazar a los seres queridos, preguntar por éste o por el otro, mientras que los cuyes y la chicha aparecían y desaparecían, en medio de besos y abrazos calurosos, en tanto que una cortina musical regional llamaba a la alegría.

José Torres reside hoy en Estados Unidos de Norteamérica. En San Marcos se hizo de un título y de un mirar científico y universal de la vida., que reforzaron su espíritu inquebrantablemente provinciano. Entendió así que podía ser un hombre de mundo, moderno, universal, sin dejar de querer a Ucuncha, su patria chica, que lo vio nacer y le dio el primer sentido de identidad a su vida.

Por esto es que pienso que con este libro sobre Ucuncha, los hermanos Torres Díaz, además de demostrar el cariño a su terruño, van a contribuir a un mejor conocimiento del Perú realmente existente, del Perú profundo como lo llamaba Jorge Basadre, el historiador de la República. Esto, porque a través del relato, de las anécdotas, del registro de las actividades agrícolas y ganaderas, prevalecientes en Ucuncha, o de la instantánea fotográfica, tan útil para estos menesteres, nos revelan lo que para muchos peruanos son áreas ignotas, por su lejanía, por el desconocimiento de su existencia, o porque a pesar de ser conscientes de que son algo más que un punto geográfico, no los consideramos parte de nuestro ser colectivo; manifestando, en este último caso, la fractura del país, la falta de identificación con nuestras tierras, gentes, historias, culturas y lenguas. No sentimos el país como totalidad, en su diversidad, en su heterogeneidad, porque prima hasta ahora una visión interesadamente excluyente.

En este sentido, “Mi país de Ucuncha”, desde la visión del ucunchano común y corriente fortalecerá la memoria histórica del pueblo, la que seguramente corre de boca en boca, de generación en generación, pero que ahora, por primera vez, se registrará en negro sobre blanco, fotografías incluidas. Al mismo tiempo, desde una perspectiva de totalidad, el libro permitirá enlazarnos con nuestros conciudadanos a través del reconocimiento de su existencia, de sus actividades productivas, de sus usos y costumbres, de su sabiduría ancestral, de sus fiestas multicolores.

Finalmente preguntamos: ¿Nuestros gobernantes conocían Ucuncha? Por la despreocupación con la que el pueblo ha sido tratado a lo largo del tiempo, parecería que no. Pero los más memoriosos recuerdan que a Bolívar, la capital de la provincia, llegó alguna vez el Arquitecto Fernando Belaúnde Terry, dos veces Presidente de la República, regalando una casaca, que posteriormente le permitiría a un ucunchano visitar Palacio de Gobierno. Belaúnde, no había olvidado el hecho, el ucunchano fue su invitado de honor. También arribó, en otra oportunidad el hoy congresista trujillano Luis Alva Castro. Los memoriales de reclamos nunca faltaron, pero las respuestas no se dieron en la medida de las expectativas de los ucunchanos. La modernidad, sin embargo, está llegando, a cuentagotas, pero está llegando. La ansiada carretera ya está cerca, el teléfono e Internet ya son una realidad, pero las señales de humo todavía constituyen la manifestación del ingenio de un pueblo ávido de comunicación.

Antes que esa modernidad, como ocurre en otros puntos del país, se lleve de encuentro vivencias personales y experiencias colectivas que le han dado y le dan sustento a la vida de Ucuncha, nada más oportuno que este libro de los hermanos Torres Díaz, tan cariñosamente trabajado, y que para el suscrito es un honor presentar.
Muchas gracias

Lima, enero de 2009

jueves, 17 de julio de 2008

EL DESFILE

Alberto Mosquera, Wilfredo Huisa y Alberto Quiroz

En Guadalupe, el mes de julio era uno de los más esperados. Era el mes del desfile escolar por Fiestas Patrias y de los ensayos previos para alzarnos con el gallardete. No desfilábamos por desfilar, desfilábamos para ganar y había que prepararse para ello, la historia y el presente del Colegio así lo imponían, no por algo éramos el Primer Colegio Nacional, había literalmente que arrasar con todos los participantes, y ensayábamos duramente para ello.

Balarezo, Cónderman, Ruiz y Drácula, conjuntamente con otros auxiliares del plantel se esmeraban en la instrucción. Pero los laureles, si no somos ingratos, hay que reconocérselos a los instructores militares. Confieso que no soy de aquellos que consideran que cuando se habla de disciplina se piensa inmediatamente en la instrucción premilitar, pero si de prepararse para un desfile se trata, pues ahí me saco el sombrero ante aquellos oficiales que conocí en el viejo Guadalupe.

Todavía suenan en mis oidos las voces de mando: un, dos, un, dos, un dos...levante esa cabeza, esos brazos, ese fusil, paso de desfile... Y el fusil, y el casco, y los escarpines, y la fornitura, todo era un deshueve. Fotos por aquí, por allá, y las viejas, viejos, hermanos y hermanas que te seguían cuadra por cuadra, orgullosos de ti. Y las costillitas no te digo nada. Nunca te veían tan monono como el día del desfile, y uno se rompía para impresionarlas.

Lo máximo ocurría cuando pasábamos frente al estrado oficial, en el Campo de Marte. A un lado Vinagre y su banda, que sonaba como nunca, y nosotros que ya dejábamos la vida en esos minutos, tan solo sólo minutos, que duraba ese momento cumbre, mientras el locutor oficial te recordaba la historia gloriosa del Colegio, sus héroes, sus maestros, sus galardones, y las tribunas competían en aplaudirnos. Habíamos ensayado para ese momento, y cuando éste llegaba, ahí estábamos, con el pecho henchido de emoción, sudando la gota gorda pero felices por estar demostrando que Guadalupe era el colegio de entusiasta juventud, y que los guadalupanos éramos con justicia el orgullo del Perú...

viernes, 11 de julio de 2008

EL BARRIO


Jirón Tayacaja, Monserrate, Lima.
Foto de Elbita Vásquez Vargas
Nota de Redacción.- En respuesta a una nota sobre mis profesores en La Milla y Guadalupe, Walter Gastelo, monserratino y guadalupano, en ese orden, me envía unas líneas sobre el barrio que nos vio nacer y gatear, a las que yo he respondido con añoranza, escritos que pongo a disposición de mis lectores.

Estimado:

En un país como el nuestro donde la identidad nacional es tan precaria, en las urbes como Lima las raíces con el barrio son más profundas y trascendentes. Estemos donde estemos, la esquina, la calle, la tira de amigos, el sabor y el olor de las comidas, bebidas y golosinas, nos une e identifica. Hay una expresión de estos últimos años: ¡Habla barrio! que creo expresa la idea de pertenencia a ese conglomerado que reune en si historia, tradiciones, bohemia, anécdotas, etcétera.

Monserrate tiene todo eso, es un champú de vivencias inolvidables, por eso cada vez que puedo vuelvo al barrio, aunque ya no me reconozcan, para recorrerlo paso a paso y recrear ese pasado añorado. Es una buena terapia para recargar baterías y seguir dándole a la pelota.

Para Alberto Mosquera

Nací y viví en Monserrate desde el año 1960, en la Av. Sancho de Rivera
1026 dentro de la Estacion del ferrocarril. Recuerdo al padre Arango,
al padre Vizcarra, las inolvidables Caravanas Philips donde los que
sabemos hemos gozado de mucha música criolla, ya que eramos un barrio
bohemio. Este pechito estudió en el Colegio Particular Nuestra señora
de Monserrate que estaba en jirón Huancavelica, cuadra, 8 frente al
billar la Mutua.

En lo referente a los profesores te diré que no se si fue en mi
primaria , mi secundaria o en mi época universitaria quien fue mejor,
pero si quienes fueron más desenvueltos y amigos y eso solo lo puedo
recordar de mi Alma Mater mi gran Colegio Nuestra Señora de Guadalupe
al que hasta hoy doy gracias por haberme permitido tener hasta el dia
de hoy a grandes amigos que no dejo de frecuentar. Asi como lo dices
recuerdo como nos hacia disertar nuestro maestro Germán Lizarzaburu,
quien me enseño como hablar y ponerle fuerza a los textos, para mi
todo un señor.

Muchas gracias a él y a todos los grandes profesores de quienes tuve la suerte
de recibir sus grandes conocimientos..

WALTER GASTELO FERNANDEZ

jueves, 26 de junio de 2008

UN CARAJO DE AÑOS


Alberto Mosquera, Andrés Huguet,Guillermo Gutierrez y
Lucho Ruiz


Con María Julia y Rosita Tapia


LA YERBA DE LOS CAMINOS...

Estábamos juntos otra vez, como si fuera ayer, hace un carajo de años, cuando nos reuniamos en una banca del Patio de Letras de San Marcos, en la Ciudad Universitaria, para hacernos a la mar, hacia donde nos llevaran los buenos vientos de la amistad. No hubo huarique de las inmediaciones que no conociera de nuestras inacabables conversaciones o discusiones. El Chorito, en la Unidad Vecinal Nº 3, cerquísima a la casa de Rosita y María Julia, era uno de ellos: Buena música, buenos tragos, excelentes choritos a la chalaca. El recordado Huamán, en el barrio obrero, era otra de nuestras pascanas, de día o de noche, porque el ayacuchano huérfano pajarillo que había echado raíces en ese point andino de los 60 quería compañía, y ahí estábamos, andinizando los pechitos criollos y haciendo modos por acostumbrar nuestras cinturas y piernas rumberas a los recios contorneos y zapateos del huayno y la muliza, porque nadie negará que eso de gozar en la casa de don José, que era un buen hombre, un hombre de buena fe es una cosa, y otra es entrar a bocinear y bailar que estábamos muy tristes en la vida oiga, malaya mi destino ayrampito, y como quisiéramos tomar la chichita de tus flores para beber así el néctar del olvido.

SI ME QUIERES ESCRIBIR...

El centro de Lima supo también de nuestras incursiones y arrebatos juveniles. Había pasado el esplendoroso tiempo de la Generación de los 50, pero en El Palermo, podíamos darnos todavía cara a cara con un Reynoso o un Vargas Vicuña, sumados a las discusiones del momento: el fracaso del belaundismo, las guerrillas del MIR y del ELN, la insurgencia del reformismo militar, la nueva alternativa de izquierda, que si son moscovitas, chinos, verracos o troskos; porque oiga usted había que hacer la revolución desechando las ilusiones del reformismo, ya que ese rollo de unirnos con el ala izquierda de los militares para enfrentar a la derecha era una gran pendejada de la burguesía, porque de lo que se trataba ahora era de aceitar los ejes de la carreta como lo hubiera dicho don Atahualpa Yupanqui. Y si no estábamos en El Palermo, nos encontraban en La Llegada, donde había un señor radiolón que nos alentaba a vivir, o también ahí cerquita, en Azángaro, en el Muymuy, donde podíamos matar el día pletóricos de entusiasmo y con nuevas tareas en la agenda.

QUE CULPA TIENE EL TOMATE...

Nunca faltó un aterrizaje por La Parada, en busca de las esquinas musicales serranas, porque señores las voces de Flor Pucarina, del Picaflor de los Andes o del Jilguero de Huascarán, en Lima, siempre se escuchaban mejor en medio del quechuañol de los cargadores y vendedores del Mercado Mayorista, de los olores y sabores de un caldo de cabeza de carnero, y de los infaltables choclos, quesos, papa y huacatay. Nos computábamos en la sierra, la rockola, por obra propia o de otros parroquianos era la encargada de trasladarnos hasta el último rincón de los Andes. Como nos gustaba aquello de ay negra, ay samba, quien será tu dueño, mañana, cuando yo me vaya a Lima, pero también apostábamos por el cuatro somos en tu puerta, y los cuatro te queremos, sal pues y escoge a uno, que el resto nos iremos.

SAN JOSÉ REPUBLICANO...

Pero no podemos olvidarnos del cholo Capuñay y su picantería, un bohío monsefuano en medio de la negrería victoriana. Nunca faltaron los potos y los cojuditos de chicha, tampoco el cebiche y la jalea de cachema. Y la radiola nos iba soltando a los cantantes, uno a uno, sobre todo aquellos que podían curarnos los males del corazón: Javier Solís, Roberto Ledesma, Lucho Barrios y dos más, al polo muchachos. Y salían los pasillos en filita, con Julio Jaramillo, las Hermanas Mendoza Sangurima y el dúo Campos Rojas, porque nada en esta vida podrá separarnos te juro mi amor, ni la misma muerte podrá arrancarte de mi corazón, porque te amo tanto que a veces pregunto si es verdad amor, yo mismo me espanto de este amor sublime que hay entre los dos...

Como no íbamos a celebrar el reencuentro ese día de mediados de junio en esta malquerida Lima del 2008.