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miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿POR ENCIMA DEL BIEN Y DEL MAL?



La presencia del señor Alonso Segura en el ministerio de economía, aplaudida por los principales gremios empresariales del país y sus voceros mediáticos, además de asegurar – el propio presidente Ollanta ha sido enfático en ello- la continuidad del modelo económico impuesto hace más de 20 años, nos revela, otra vez,  el peso alcanzado por la tecnoburocracia internacional en el manejo de las principales entidades estatales del país, en especial de las dedicadas a la gestión de las actividades productivas; pero asimismo en aquellos quehaceres  de servicios que en los últimos tiempos se han convertido en otros escenarios de inversión del gran capital, como es educación y salud.

Esa tecnoburocracia, muy forrada en grados y títulos, desde los tiempos del ministro Boloña se ha convertido en la gran bisagra  que vincula a  los organismos internacionales, tipo FMI, con el Estado peruano. En una palabra son los grandes operadores de los mismos, exigentes, muy exigentes, en el cumplimiento  escrupuloso del credo neoliberal, la gran panacea del capitalismo mundial de los tiempos actuales; pero también, en tanto eminencias grises de las políticas económicas internas, en representantes directos de las clases o fracciones de clase dominantes en el escenario económico y político, de las cuales, como ha ocurrido con el señor Segura suelen recibir el espaldarazo.

¿Se acuerdan ustedes de los economistas Burneo y Jimenez, que en su calidad de responsables del plan de la gran transformación del entonces candidato Ollanta eran los llamados a ocupar las principales carteras económicas, pero que después fueron olímpicamente choteados por la pareja presidencial? Pues sencillamente no recibieron el aval político, ni interna, ni externamente,  de los  que realmente parten el jamón: los  llamados poderes fácticos, a pesar de que ambos intelectuales reunían largamente los méritos académicos y profesionales para ocupar tan altas responsabilidades. 

Lo mismo ocurrió con el Fujimori de los años 90. Ganó las elecciones contando con el asesoramiento de los llamados “ siete samurais” liderados por Adolfo Figueroa, pero ya presidente, en el mismo Nueva York, la meca de la primera potencia capitalista, presionado por la tecnoburocracia  internacional dejó de lado a sus asesores de la primera hora y se entregó en cuerpo y alma al FMI y sus operadores. Los propios japoneses jugaron su papel en esa conversión ideológica y política. Lo dice Boloña: En Japón, “cabe suponer – que los japoneses. A.M. – le hicieron saber que, para contar con su colaboración, se requería llegar a un acuerdo con el FMI”.  (Carlos Boloña, Cambio de Rumbo,  IELM, Lima, 1993, p. 23).

Por eso es que resulta candoroso escuchar al flamante ministro Segura, cuando en respuesta a la propuesta del ex presidente García, de “conversar”, señala en su negativa de que no quiere “politizar” el tema, aparentando– es una constante en el actuar de la tecnocracia-  estar por encima del bien y del mal, cuando realmente su cartera, al igual que las capturadas por los especialistas supuestamente inocuos viven y operan, legal o ilegalmente – Boloña y otros fueron a parar a la cárcel- al servicio del gran capital y de las transnacionales

Es falso entonces que esos ministros no hagan política, la hacen y en las ligas mayores.

Por último, son esos tecnócratas -que hoy pueden ser ministros y mañana estar en el  FMI o en el Banco Mundial para luego volver- los que han sustituido, por la crisis en la que se debaten, a  los clásicos hombres de partido, con una particularidad: la de poder estar al servicio de cualquier organización política.  El único prerrequisito es que dichos entes compartan el credo neoliberal. De otro modo el señor Castilla no hubiera podido ser un alto funcionario del MEF en la administración del Apra y luego ser ministro del presidente Humala. Mañana puede estar al servicio de un hipotético gobierno  de la señora Fujimori. Lo mismo  pasa con PPK, ministro desde los tiempos del primer gobierno del arquitecto Belaúnde, en los años 60 del siglo XX.

Es decir, no se hacen bolas, están donde el credo los llama.


lunes, 15 de septiembre de 2014

AAATENCIÓN, AAATENCIÓN...

AAAATENCIÓN... AAATENCIÓN...cambio en el equipo...

En el viejo Estadio Nacional - cuando jugaban Terry, Gómez Sánchez, Tito Drago, Joya, entre otros- había un locutor - ¿acaso Miguelito de los Reyes?- que se ganó su espacio en los sábados y domingos futboleros por la forma tan peculiar de anunciar los cambios de jugadores en medio del ardoroso encuentro.

Bastaba que se escuchara el clásico aaatención... aaatención... para que los miles de hinchas volteasen la mirada hacia el túnel por donde salían los jugadores para expresar su conformidad o desacuerdo con el cambio que se estaba anunciando. 

Cambiaba el jugador, pero no la táctica de juego, ofensivo o defensivo, no existía la diversidad de tácticas del presente. Los Bianchis, Valdanos, Guardiolas o Mourinhos no aparecían todavía en el firmamento futbolístico.

En todo ello me puse a pensar cuando se anunció anoche la renuncia del todopoderoso ministro Luis Miguel Castilla a la cartera de Economía, y se conoció el nombre de su reemplazo: Alonso Segura, el "brillante" economista - así lo califican los empresarios- que tendrá a su cargo la tarea de llevar a la práctica, en el plano de la reactivación económica, lo que su antecesor anunció de una manera directa, al sustentar el presupuesto de la República, o indirecta, por boca del presidente Ollanta o de la primera ministra Ana Jara.

En términos futbolísticos, estamos frente a un simple cambio de jugadores. La política económica seguirá siendo la misma. El señor Segura, como Luis Miguel Castilla manejan los mismos raciocinios progranburgueses, de otra forma el mandamás de la Confiep no hubiera avalado el cambio. Es más, Segura llega al ministerio no solamente con la aureola de haber sido el jefe de gabinete de asesores que tuvo Castilla, además tiene en su haber el de ser el artífice de los proyectos de "destrabamiento" de la inversión privada, es decir de las mayores facilidades que se le está dando al gran capital, en particular al extractivista.

II
 

¿Por qué se fue Castilla? Desde palacio se aducen razones personales, Vitocho señala como detonante la decisión congresal de traerse abajo el asalto a los independientes por parte de las AFP. Otros, como mi amigo Oscar Díaz Chávez habla de que el roche de los cuestionamientos - la ley Coca Cola por ejemplo- que afecta la imagen del tecnoburócrata. Todas son razones justas, pero me atrevo a formular otra hipótesis que tiene que ver con las debilidades actuales del gobierno del comandante.

Castilla no es un tecnócrata de los últimos tiempos. Tiene largos años en el oficio, incluyendo sus labores en los últimos gobiernos de turno. Sin embargo nunca ha jugado - vuelvo al terreno futbolístico- en condiciones tan adversas como las de ahora. El gobierno está en picada, lo ha dicho más de un analista, y su debilidad se expresa, por citar el espacio congresal, en la pérdida del control de tan importante centro de poder, hoy en manos de una oposición variopinta, pero oposición al fin y al cabo que está trayendo a mal traer a la administración Humala: la aprobación a los últimos gabinetes se ha dado con calzador y con maniobras de baja estofa, al ministro Mayorga lo tienen del cuello, Urresti puede seguir el mismo camino, y el propio Castilla estaba en salmuera.

Lo peor de todo es que si bien los empresarios estaban ñatos con él - el presidente de la Confiep ha calificado su gestión con un 18- en las filas gobiernistas dada la mediocridad rampante de los congresistas sus baterías de defensa estaban para llorar. ¿Y la pareja presidencial con la que formó la troika de poder en palacio de gobierno? Con la señora Nadine neutralizada en sus labores de asistencia social y un presidente que no da pie en bola a la hora de hablar sobre temas mayores, don Luis Miguel Castilla prefirió la comodidad de un nuevo puesto en la alta tecnoburocracia, aquí o en el extranjero, antes que seguir expuesto a las críticas de todo calibre, total, vistas las cosas pragmáticamente, tiene todavía toda una vida por delante.

Para cojudos... habrá pensado.