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miércoles, 5 de marzo de 2008

SE FUE HUAQUI
Huaqui Gómez Sánchez, Vides Mosquera y Valeriano López
Se fue Oscar "huaqui" Gómez Sánchez, le falló la última gambetta. A lo largo de su vida futbolística, en Alianza Lima, Gimnasia y Esgrima, River Plate, o en la selección nacional, siempre como wing izquierdo o derecho, se había acostumbrado a destrozar las cinturas de sus adversarios. Uno, dos, tres amagues, y nadie sabía por donde salía. Esta vez le tocó perder ante la muerte guadañera, que de un solo zarpazo lo sacó del juego de la vida.

Alguna vez, en un cafetín de Buenos Aíres, le escuché decir a un hincha boquense, que en la tierra de Gardel "el que no quería a Boca no quería a su madre". Sonó cortante, brutal, pero pensándolo bien algo de eso ocurría en la Lima de la mitad de los años 50, cuando en nuestra niñez matábamos por Alianza Lima, el club de nuestros amores. Es que no había mejor equipo que ese. Mis respetos por Lolo y Terry, del Universitario de Deportes, por el maestro Tito Drago y el loco Juan Seminario, del Deportivo Municipal, pero los íntimos de la Victoria, en sus mejores momentos, se los llevaron de encuentro.

Negros diablos les decían, porque todos eran negros. La excepción eran el cholo Heraclio Paredes, en los tres palos, y Guillermo Delgado, el "león de José Díaz", en la extrema defensa. Después todos eran embetunados: el entrenador, los jugadores titulares y suplentes, el aguatero y hasta el médico eran del pelo: chinchanos, cañetanos o simplemente victorianos. Y con la de cuero en los pies eran unos verdaderos diablos.
Corrían los tiempos del 1-3-2-5 y se jugaba con punteros-punteros. A la derecha, don Félix Castillo, el gran "aretino", y a la izquierda, Huaqui Gómez Sánchez, el hombre de los "latigazos". De entrealas jugaban Guillermo Barbadillo, "don higo" y Máximo "Vides" Mosquera, mientras al centro hacía de las suyas Valeriano López, el "tanque de Casma". Todo un rodillo negro, que en las tardes o noches de inspiración, taurinamente hablando, se llevaban orejas, rabos y patas, para delicia de quienes, menores o mayores, llegábamos al coloso de José Díaz, a pie, en tranvía, o en los destartalados ómnibus de esos años, a hinchar por ese equipo de afro-peruanos.

Ni en sueños aparecían las 4x4, tampoco existían las percantas metidas a vedettes, como hoy sucede, menos los huelepedos que fungen de chalecos. Que los negros no eran santos, era una verdad del tamaño del estadio. Eran cheleros o pisqueros, y nunca les faltó una comadre que les llenara el ojo, pero a la hora del encuentro ahí estaban listos a romperla en el gramado. Y si no la hacían en el primer tiempo, el segundo tiempo era una cosa de locos con la hinchada vibrando de pie y los negros diablos haciendo de la suyas.

Gracias Huaqui por esos momentos inmensos que nos hiciste vivir. Tengo que convenir con ese hincha boquense arriba citado, que con ese equipazo aliancista de mi niñez, "el que no quería a Alianza no quería a su madre".