ALBERTO MOSQUERA MOQUILLAZA, del cuartel primero de Lima, escribe y comenta sobre cultura y vida...
domingo, 10 de enero de 2010
lunes, 12 de noviembre de 2007

Cuando Alvin Toffler, el reconocido futurólogo norteamericano, advirtió en el ocaso del siglo XX, sobre el nuevo sentido que estaba adquiriendo el poder social en las nuevas condiciones en las que se desenvolvía el capitalismo en los paises desarrollados, sus proyecciones quedaron cortas en el examen de las tendencias que daban pie a su teoría. Nunca pensó, a pesar de reconocer "que la vida está llena de sorpresas surrealistas", que aquel "conjunto de las dos nalgas", a las que el diccionario de la Real Academia Española llama sin ambages culo, iba a constituirse con el tiempo en una fuente inusitada de poder, capaz de ensombrecer hasta el conocimiento, que al lado de la fuerza y de la riqueza, en la visión de Toffler, constituyen la triada del poder contemporáneo.
En otras palabras, no estamos aquí frente a esos hermosos culos que se constituyen únicamente en fuentes inagotables de placer estético, como aquellos que si uno no los ve, para emplear palabras de Federico Fellini, es como si no saliese el sol para nuestros ojos. Tampoco es el caso de aquellas posaderas con vida, capaces de poner en boca del poeta: tu larga cabellera cae perezosamente sobre tus nalgas rosadas/sedosas/tibias/redondas/generosas/ardientes/desgarradas (Jorge Espinoza Sánchez).
No, en la situación que comentamos esos bellos traseros convencen, persuaden, imponen, conquistan, avanzan, arrollan, se posicionan ambiciosamente. José Pablo Feinmann, un periodista bonaerense acaba de lanzar la voz de alarma: vivimos bajo el imperio de los culos. Hacia la derecha, hacia la izquierda, arriba, abajo, por todos lados, los culos femeninos dominan los escenarios y en este mundo, el de la culocracia, "las chicas no tienen nombre, no tienen apellido, no tienen cara, pero tienen culo", ha escrito el sorprendido ¿o angustiado? redactor de Página/12.
En esas circunstancias poco importa el conocimiento, o el talento. Ya lo cantaban hace algunos años Willie Colón y Rubén Blades, los reyes de la esquina, cuando descubrieron las todopoderosas razones por las que no pocas chicas bonitas prácticamente sin saber leer ni escribir se convertían en estrellas de la televisión: No tiene talento,/ pero es muy buenamoza,/tiene buen cuerpo y es otra cosa,/muy poderosa en televisión,/y tiene un trasero que causa sensación/, decían a coro en referencia a una de esas mamitas cuyas arrasadoras nalgas hacían historia.
Lo mejor, sin embargo, está ocurriendo en los yunaites, donde el culo de la boricua Jennifer López, de por si muy generoso, ha roto todas las coordenadas estéticas y culturales anglosajonas impuestas por los blancos desde siempre, para reemplazarlas con los gustos y fijaciones de los latinos, que no le hacen precisamente ascos ni al color de la piel de JLo, mucho menos a su portentosa puerta trasera. Este culo es hoy motivo de orgullo para los latinos, como lo fue el de la cantante Selena.Y según la profesora Frances Negrón-Muntaner, de la Universidad de Columbia, ese gran trasero le ha permitido a los puertoriqueños terminar con su estatus de ciudadanos de segunda clase en los Estados Unidos de Norteamérica.
En términos muy concretos: ese culo vale oro, tanto por la multimillonaria póliza de seguros que muy previsoramente la López ha contratado, que pone a salvo de cualquier contingencia a sus encantos carnales, como por su gran peso en la construcción de la autoestima latina, que le permite a las mujeres de esta parte del mundo mirar su cuerpo y su futuro con envidiable optimismo.