En la guerra con Chile, escribió González Prada en 1885, "no solo
derramamos la sangre, exhibimos la lepra". A 137 años de ese infausto
acontecimiento las llagas de esa lepra siguen vivas, haciendo escarnio
de la memoria de nuestros héroes y de la propia historia patria. La pus
se ha desbordado esta vez en el congreso. Cincuenta congresistas, que
parecieran genéticamente herederos de aquellos hombres - como decía el
mismo González Prada- que en la guerra "no supieron defender
con el hierro" los sagrados intereses del país, pretenden que Chile
"nos preste" el celebérrimo Huascar anclado actualmente en Talcahuano
para que el pueblo peruano "le rinda honores". Para estos
parlamentarios, liderados ¡oh sorpresa! por un puñado de
fujimontesinistas, el honor y la dignidad de un país son palabras
huecas. Bien ha dicho un viejo marino: "Para Chile, el Huascar es un
trofeo de guerra y éstos se recuperan en guerra o no se recuperan".Lo
demás es verso. Algo más: el último de los oficiales que quedó al mando
del Monitor después de la muerte de don Miguel Grau, el Teniente Pedro
Gáreson, reflejando sin duda la voluntad del héroe, ordenó el
hundimiento de la nave. Muerto Grau, desbaratada su tripulación, el
Huascar tenía que correr el mismo destino: el fondo del mar. Los
chilenos, pistola en mano, lo impidieron. Para ellos era y es un
trofeo.Y los trofeos de guerra, no se prestan...No ofendamos la memoria
de nuestros héroes. No caigamos en el juego de quienes han nacido con
las espina dorsal quebrada.
ALBERTO MOSQUERA MOQUILLAZA, del cuartel primero de Lima, escribe y comenta sobre cultura y vida...
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jueves, 16 de junio de 2016
viernes, 29 de agosto de 2014
LA PROCESIÓN DE LA BANDERA
La procesión de la Bandera, Tacna, Julio de 1901
La heroíca Tacna está cumpliendo 85 años de reincorporación al seno
de la Patria. En su homenaje reproducimos un artículo de Federico
Barreto (1862-1929) el poeta del cautiverio, sobre uno de los más
conmovedores sucesos vividos por nuestros compatriotas del sur, que
deben servir de aliciente para recuperar ese espíritu de peruanidad, de
amor a la tierra, a sus gentes, a sus muertos, a sus héroes, a su
historia, a su cultura...que las élites de nuestros días han abandonado.
El texto ha sido extraído de la página web de César Vásquez, economista
sanmarquino.
Escribe: FEDERICO BARRETO
Tacna y Arica –lo mismo que Alsacia y Lorena– han sido teatro durante su largo cautiverio de episodios interesantísimos que han hecho proverbial en todas partes el patriotismo inextinguible de los hijos de aquellas provincias. Desgraciadamente, en el Perú no ha habido un escritor que –a semejanza de Alfonso Daudet en Francia– haya eternizado esos sucesos en el libro, para ejemplo de las generaciones venideras y también para honra y gloria del país.
Yo, que he nacido en Tacna y que he pasado allí mi niñez y parte de mi juventud, he sido testigo presencial de esos episodios que recuerdo siempre con orgullo. Un compañero de labores periodísticas me pide que narre alguna de estas anécdotas, y accedo a la demanda, a sabiendas de que mi relato no producirá en el ánimo de las personas que lo lean la honda impresión que sacudió mi espíritu cuando vi desarrollarse ante mis ojos la inesperada y conmovedora escena que voy a referir.
Ocurrió el caso en 1901. Era por entonces Intendente accidental de Tacna el general don Salvador Vergara, hombre impresionable y receloso que, durante su breve administración mantuvo siempre sobre las armas, lista para cualquier evento, a la guarnición militar que se hallaba a sus órdenes, como si esperara que un enemigo invisible atacara la plaza de un momento a otro.
Escribe: FEDERICO BARRETO
Tacna y Arica –lo mismo que Alsacia y Lorena– han sido teatro durante su largo cautiverio de episodios interesantísimos que han hecho proverbial en todas partes el patriotismo inextinguible de los hijos de aquellas provincias. Desgraciadamente, en el Perú no ha habido un escritor que –a semejanza de Alfonso Daudet en Francia– haya eternizado esos sucesos en el libro, para ejemplo de las generaciones venideras y también para honra y gloria del país.
Yo, que he nacido en Tacna y que he pasado allí mi niñez y parte de mi juventud, he sido testigo presencial de esos episodios que recuerdo siempre con orgullo. Un compañero de labores periodísticas me pide que narre alguna de estas anécdotas, y accedo a la demanda, a sabiendas de que mi relato no producirá en el ánimo de las personas que lo lean la honda impresión que sacudió mi espíritu cuando vi desarrollarse ante mis ojos la inesperada y conmovedora escena que voy a referir.
Ocurrió el caso en 1901. Era por entonces Intendente accidental de Tacna el general don Salvador Vergara, hombre impresionable y receloso que, durante su breve administración mantuvo siempre sobre las armas, lista para cualquier evento, a la guarnición militar que se hallaba a sus órdenes, como si esperara que un enemigo invisible atacara la plaza de un momento a otro.
Una institución tacneña muy antigua y muy prestigiosa, la Sociedad de Auxilios Mutuos “El Porvenir”,
quiso un día hacer bendecir en la iglesia parroquial un magnífico
estandarte de seda, bordado con oro; pero, como en aquellos días habían
prohibido las autoridades chilenas exhibir banderas peruanas en la
ciudad, fue menester enviar una comisión de socios a la intendencia a
recabar el permiso correspondiente. La negativa del general Vergara fue
rotunda.
– No quiero banderas en las calles– dijo–. Provocan
manifestaciones patrióticas, y esas manifestaciones dan origen a
contramanifestaciones que ponen en peligro el orden público.
Y no hubo medio de hacerle variar la resolución.
Días después, ya en vísperas del 28 de julio, la Sociedad “El Porvenir”,
que deseaba celebrar de alguna manera el Día de la Patria, volvió a
solicitar el permiso deseado, y el Intendente volvió a denegarlo.
– Lleven el estandarte a la iglesia en una caja –dijo– y en la misma forma vuelvan con él al local de la Sociedad. Así nos ahorraremos un conflicto.
Insistió
la comisión, alegando que en Tacna todas las colectividades
extranjeras, incluso la china enarbolaban su bandera cuando les placía y
que no era justo que, sólo los peruanos, que estaban en suelo propio,
se viesen privados de esta libertad.
Una idea extraña, sabe
Dios de qué alcances posteriores, debió cruzar en ese momento por el
cerebro del general Vergara, pues, cambiando repentinamente de tono,
dijo:
– Tienen ustedes el permiso que solicitan; pero con la
condición de que me garanticen, bajo responsabilidad personal, que al
conducir la bandera por las calles, el pueblo peruano no hará
manifestación alguna de carácter patriótico. Exijo, desde luego, de un
modo concreto, que no haya aclamaciones, ni vivas, ni el más leve grito
que signifique, ni remotamente, una provocación para el elemento
chileno.
Los miembros de la comisión se miraron un tanto
desconcertados, estimando, sin duda, demasiado aventurado el compromiso
que se les imponía; pero, resueltos a todo, lo aceptaron, poniendo así,
en grave riesgo su responsabilidad.
– Está bien, señor
intendente– dijo uno de ellos hablando por todos–. No se oirá un solo
grito en las calles durante la procesión del estandarte.
Al
día siguiente los diarios peruanos, a la vez que daban a conocer al
público el grave compromiso contraído por la comisión, recomendaban
eficazmente a los hijos del lugar que el día de la fiesta honraran con
su actitud la palabra empeñada al mandatario de la provincia.
Los
aprestos para la gran ceremonia, que debía realizarse una semana
después, en el Día de la Patria, comenzaron desde luego con toda
actividad en medio de la más intensa expectación pública.
La
institución encargada de organizar el programa –conocedora del carácter
altivo y rebelde de la gente de Tacna– abrigaba el íntimo temor de que
la fiesta acabara en tragedia. Un viva al Perú, contestado con un viva a Chile, podía convertir las calles de la ciudad en un campo de batalla. En medio de esta incertidumbre, llegó, por fin el 28 de julio.
En las primeras horas de la mañana, más de ochocientos miembros de la Sociedad “El Porvenir” condujeron
a la iglesia de San Ramón –la principal de Tacna– el estandarte que
había de bendecirse. Esta traslación se realizó, intencionalmente, por
calles poco concurridas, a fin de evitar, en lo posible, que la hermosa
bandera fuese conocida por el vecindario antes de la ceremonia.
Comenzó ésta a las diez con el concurso de casi la totalidad de la población peruana.
Las
tres naves del templo estaban materialmente repletas de gente. Afuera,
en el atrio y en las calles adyacentes, una multitud incontable
aguardaba, impaciente el fin de la fiesta religiosa para escoltar la
bandera del cautiverio.
En el altar mayor oficiaba, auxiliado
por dos diáconos, el cura vicario de la parroquia, doctor Alejandro
Manrique –antecesor del célebre cura Andía– que poco después sacrificó
su vida en servicio de la Patria.
Bendíjose el estandarte;
cantóse un Tedéum solemne, y en seguida el vicario subió al púlpito y
habló a la enorme concurrencia, exhortándola a mantener siempre latente
en el alma el amor a Dios y a la Patria; a soportar con entereza las
amarguras del cautiverio y a confiar sin desmayo en las reparaciones
justicieras del porvenir.
Esta oración, intitulada “La Cruz y la Bandera”, conmovió intensamente al auditorio.
Terminada
la ceremonia, la concurrencia comenzó a abandonar el templo y a
engrosar el inmenso gentío que se agitaba, imponente, en los
alrededores.
Al último, cuando ya no quedaba nadie en el
interior de la iglesia, apareció en la puerta, sostenida en alto,
hermosa y resplandeciente como nunca, la bandera blanca y roja del Perú…
Y
entonces, en aquel instante solemne, ocurrió allí, en la calle llena de
sol y apretada de hombres, mujeres y niños, de toda condición social,
algo inesperado y grandioso; algo que no olvidaré nunca; algo que me
hizo experimentar una de las emociones más hondas de mi vida.
Apareció
el estandarte en la puerta del templo, y las diez mil personas
congregadas en el atrio y en las calles inmediatas se agitaron un
momento y luego, sin previo acuerdo, como impulsadas por una sola e
irresistible voluntad, cayeron, a la vez, de rodillas extendiendo los
brazos hacia la enseña bendita de la Patria.
No se oyó una
exclamación, ni una sola exclamación, ni el grito más insignificante.
Sellados todos los labios por un compromiso de honor, permanecieron
mudos. Y en medio de aquel silencio extraño y enorme que infundía
asombro y causaba admiración, la bandera, levantada muy arriba, muy
arriba, avanzó lentamente por en medio de aquel océano de cabezas
descubiertas.
Y pasó la bandera y detrás de ella, como enorme
escolta, avanzó el pueblo entero, y aquella procesión sin músicas ni
aclamaciones– siempre en silencio, siempre majestuosa– recorrió,
imponiendo respeto, y casi miedo, los jirones más céntricos de la ciudad
cautiva.
En una bocacalle, un antiguo soldado del Campo de la
Alianza, un hombre del pueblo invalidado por un casco de metralla, se
abrió paso, como pudo, por entre la compacta muchedumbre, y
aproximándose al estandarte, besó con unción religiosa los flecos de oro
de la enseña gloriosa. Y un enjambre de niños imitó luego al viejo
soldado. Y ante aquel espectáculo, a la vez sencillo y sublime, hube de
apretar los ojos para contener las lágrimas.
Al paso del
cortejo –en el cual el gentío parecía transfigurado por el dolor y el
patriotismo– los transeúntes se descubrían pálidos de emoción, y hasta
los oficiales y soldados chilenos, visiblemente impresionados,
levantaban maquinalmente la mano a la altura de sus gorras prusianas en
actitud de hacer el saludo militar.
Hace largos años que
presencié este episodio. En el tiempo trascurrido hasta ahora, sucesos
de toda índole han impresionado fuertemente mi espíritu; pero ninguno
–lo repito– ha dejado huella más honda que éste en mi corazón.
Ahora,
al evocarlo después de tanto tiempo, pasan por mi memoria otras cien
anécdotas patrióticas ocurridas en nuestras provincias irredentas, y mi
ánimo se conforta y crece mi confianza en la salvación de esos pueblos,
dignos mil veces de un gran porvenir, y siento orgullo, grande y
legítimo orgullo de haber nacido en Tacna.
Nota: La
histórica Bandera de la Procesión se encuentra actualmente en Lima, en
poder del Dr. Artidoro Espejo, ex presidente de la Sociedad Tacneña “El Porvenir”.
Fuente: Revista Variedades, Edición del Centenario de la Independencia, Año XVII, No. 700,
Lima, Perú, 30 de julio de 1921.
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Procesión de la Bandera,
Tacna
lunes, 4 de mayo de 2009
CARTA DEL CORONEL
BOLOGNESI A SU ESPOSA

En una nota anterior: Los olvidados, escribimos:
"Uno de los grandes traumas de la historia del Perú es la guerra con Chile, peor todavía si se hacen malabares para no observarla en toda su dimensión, incluyendo sus causas y los responsables del desastre, quedando reducida casi siempre a la historia de sus héroes, aunque también en este caso constreñida a una parte de ellos, a la de sus jefes, a los que salvaron el honor del Perú, a sabiendas que iban al sacrificio, como Grau y Bolognesi."
El poeta Juan Cristóbal nos escribe:
Líneas abajo copiamos el tenor de la última carta que Francisco Bolognesi escribió a su esposa. La carta fue fechada unos días antes de la derrota de Arica, cuando Bolognesi ya estaba enterado de que los refuerzos que esperaba no llegarían nunca; ya que el Prefecto Leiva prefirió enviar esas tropas a Lima para apoyar a Piérola. Bolognesi sabía que estaba condenado a morir luchando.
Este es el texto de la carta que muchos peruanos ignoran, que por alguna razón la historia ha ocultado en complicidad con quienes gobernaron el país en los últimos 130 años:
"... Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre éste peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no defraudar al Perú. ¿Que será de ti amada esposa? Tu que me acompañaste con amor y santidad. ¿Que será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir éste drama en el que: los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi
deber tiene precio...”
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Francisco Bolognesi,
Guerra con Chile
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