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domingo, 25 de septiembre de 2011



¡DERROTAR AL FASCISMO!



A través de sendos comunicados de la Universidad Católica, publicados en los diarios de la capital, el Perú ha tomado conocimiento del acuerdo trascendental de la Asamblea Universitaria de dicho centro de estudios, de reafirmar su autonomía frente a la intentona del cardenal Cìpriani y los sectores más retardatarios de la Iglesia Católica de tomar por asalto, ideológica y políticamente a la universidad particular más importante del país.



El acuerdo se veía venir. En los días previos a la sesión de la Asamblea, efectuada el pasado 23 de los corrientes, alumnos y exlumnos, profesores y trabajadores de la citada universidad se habían pronunciado en el mismo sentido. Nadie quiere que el Cardenal se salga con la suya, la autonomía la están defendiendo con los dientes, no siendo pocos los sectores que prefieren "ser autónomos antes que pontificios", en una clarísima toma de posición frente a la alta jerarquía de la Iglesia Católica.




Esa gran batalla, sin embargo, pareciera reducirse a los directamente involucrados en el tema, vale decir a los diferentes estamentos de la Universidad, sin subestimar las opiniones críticas contra el Cardenal adoptada por algunos diarios y columnistas. Las universidades peruanas en su conjunto, y sus componentes, incluyendo a los estudiantes, pareciera que no quisieran comerse ese pleito, aparentemente por no sentirse afectados por la confrontación. La realidad, sin embargo, si las cosas las analizamos integralmente, no se dan así, porque objetivamente estamos frente al intento más serio y coherente de los sectores ultrarreaccionarios del país, con Cipriani a la cabeza, por posicionarse en un espacio que ellos consideran estratégico para alcanzar sus fines oscurantistas.



La Universidad Católica es hoy por hoy un centro irradiador de ideas de progreso renovación y tolerancia. Por ejemplo, en el campo de las ciencias sociales, el derecho, las humanidades - sin desmerecer aportes de otros centros superiores de estudios- la Católica es un referente fundamental para quienes buscan conocer a fondo nuestra realidad económica y social. Sus entregas editoriales, el protagonismo académico de sus docentes, las inquietudes en el campo de la investigación y del debate universitario - al que pueden acceder gentes de todas las canteras- demuestran una calidad y excelencia inobjetables y un compromiso social de primera línea.



No es obra de la casualidad que distinguidos docentes de la Católica - peyorativamente denominados caviares- estén hoy ocupando cargos de primerísima importancia en el gobierno del presidente Ollanta. Políticamente se podría discrepar con ellos, pero su concurso en la administración gubernamental revelan las enormes potencialidades de la universidad peruana - de la católica en este caso concreto- para hacer realidad lo que teóricamente suele acariciarse en las aulas universitarias.



El cardenal Cipriani, por su parte, se ha convertido en el portaestandarte de una corriente que al interior de la Iglesia Católica ha hecho trizas todo mensaje innovador. Lo que importa hoy es el dogma primario, la fe ciega antes que el raciocinio, el espíritu de cruzado antes que la tolerancia, presentándose así, en el campo político, en una santa alianza con los sectores económicos y sociales más ultraconservadores y antidemocráticos del país. Cipriani, a nombre del Opus Dei, no ha parpadeado incluso para utilizar el púlpito como tribuna de su prédica, como lo hiciera en su último enfrentamiento con Vargas Llosa.



En este contexto hay que ubicar su desembozado fujimorismo en los años de gloria del caco y asesino, que lo llevaron a callar en todos los idiomas ante las matanzas que se producían en Ayacucho en los tiempos aciagos de la guerra interna; silencio que se extendió a las esterilizaciones forzadas y en masa que sufrieron miles de miles de campesinas. Si alguien dudara de sus posiciones antidiluvianas que repase sus pareceres frente a sentidas reivindicaciones como el aborto terapeútico, la píldora del día siguiente, el divorcio, la homosexualidad, y su cerrada oposición a la construcción del Museo de la Memoria por considerarlo "no cristiano", a pesar que las mentes más lúcidas del país lo consideran como una vía hacia la reconciliación nacional.




No resulta extraño por ello que para Mario Vargas Llosa el cardenal Cipriani represente "la peor tradición de la Iglesia, la autoritaria y oscurantista, la del Index, Torquemada, la Inquisición y las parrillas para el hereje y el apóstata". En términos simples: el fascismo con sotana.



Esos sectores, con sotana o sin ella, fueron derrotados en las últimas elecciones presidenciales, pero están activos, en movimiento, dispuestos a seguir dando batalla en todos los planos. Menguar la presencia del presidente Humala es uno de sus propósitos, por eso es que observamos la fiereza mediática con la que se tratan los errores o limitaciones de la actual administración gubernamental; pero tan o más importante que ello es capturar la Universidad Católica para mediatizarla primero y convertirla luego en todo lo contrario de lo que es ahora. Por eso es que se mueven dentro y fuera del país, utilizando todos los espacios con los que cuentan, en especial los medios de comunicación afines a sus ideas.



Finalmente, con todo lo importante que pueda ser el acuerdo de la Asamblea Universitaria de la Católica, las batallas decisivas todavía no se han dado y en este terreno hay un flanco débil: se piensa, lo observamos así, que son suficientes las declaraciones, los pronunciamientos o las escuestas favorables. Al fascismo hay que derrotarlo en las calles, ganándose la adhesión de todo el pueblo, en la práctica y en el espíritu de los estudiantes chilenos que le están dando un ejemplo al mundo del cómo, organizadamente y con objetivos claros, se pueden ganar posiciones y arrinconar al adversario. Si hay debilidades, éstas se superarán en la pelea, si no hay líderes, ellos surgirán en la batalla.

lunes, 29 de agosto de 2011


Chile:

UNA REVOLUCIÓN
EN MARCHA

Manuel Cabieses

“Las desigualdades en Chile son excesivas, inmorales, intolerables”.
SEBASTIAN PIÑERA, presidente de la República
(Discurso en el 80º aniversario del diario “La Segunda”, 27 de julio de 2011)


Resulta difícil para muchos aceptar que en Chile estamos viviendo una verdadera revolución, en este caso un proceso de profundos cambios que llevarán a término la democratización que dejó a medio camino la hoy agonizante Concertación de Partidos por la Democracia. Como toda revolución verdadera, es diferente y sorprende incluso a sus propios actores, pero sobre todo, a las fuerzas conservadoras encargadas de mantener incólume, a sangre y fuego, el orden heredado. Así ocurrió en Chile en 1970, y vuelve a suceder hoy en condiciones bien diferentes. Esta revolución -con un sello juvenil e imaginativo- no pretende derrocar al gobierno ni tomar el poder, ni reemplazar el sistema capitalista por otro más justo que no se sustente en la propiedad privada de los medios de producción. Aún no es hora.

La palabra “revolución” para definir al bullente movimiento de estudiantes que desde hace tres meses conmueve al país, no es excesiva. Los jóvenes han tomado las banderas de la protesta social de amplios sectores -incluyendo las usualmente pasivas capas medias-, y las han proyectado al futuro, libres de todo reduccionismo dogmático y del cálculo pequeño que ha envilecido la política nacional. Basta observar el cambio producido en el plano de las conciencias. El pensamiento revolucionario ha ganado su primer y más importante enfrentamiento: nadie hoy se atreve a poner en duda la legitimidad de las demandas estudiantiles y ciudadanas.

Un avezado revolucionario como Fidel Castro, sostiene que la “batalla de las ideas” es el principal desafío al que están convocados los rebeldes de nuestro tiempo. Allí fue, en efecto, donde sufrimos nuestras derrotas más importantes. El caso de Chile es muy aleccionador. La generación de los 70, cuyos sobrevivientes -partidos, grupos y personas- sólo pueden aspirar hoy al honroso papel de ponerse a disposición incondicionalmente de los nuevos liderazgos político-sociales, sufrió la pérdida de miles de compañeros y compañeras muy valiosos. Pero fue en lo ideológico donde la derrota fue aún peor. Son los nietos de aquella generación los que han tomado en sus manos el testimonio actual de la eterna lucha por la justicia, la solidaridad y la igualdad de derechos de los ciudadanos. La protesta social que encabezan los estudiantes -a la espera que los trabajadores asuman su rol histórico-, ha logrado instalar la necesidad de un cambio profundo en Chile. Se ha producido lo que hasta hace pocos meses se consideraba imposible: que una clara mayoría comparta la idea de que el modelo económico, social, institucional y cultural que instauró la dictadura de generales, almirantes y grandes empresarios tiene que ser modificado hasta en sus raíces para abrir paso a la justicia social. Esta demanda por el cambio, a partir de la exigencia de igualdad de derechos en la educación, basada en una vigorosa denuncia de la desigualdad y discriminación que padece nuestro pueblo en educación, salud, vivienda, salarios, etc., se ha producido en un país de América Latina alabado como ejemplo por su modelo de economía de mercado. Por eso el cambio que tiene lugar en Chile en estos días, como fruto de una sostenida protesta social que se dimensiona como una revolución, ha sorprendido al mundo. Pero también a muchos chilenos privilegiados por el sistema que no percibieron la indignación que estaba fermentando en las entrañas de la sociedad. Hoy, después de tres meses de movilizaciones estudiantiles pacíficas -pero agredidas por el atropello policial- es difícil encontrar defensores a ultranza del modelo o que nieguen lo justo del reclamo de poner fin al lucro en la educación. Hasta el presidente de la República, el connotado empresario Sebastián Piñera, cuya fortuna asciende -dicen- a 2.400 millones de dólares, admite los “grados excesivos de desigualdad” social que existen en este país y que a él le correspondería intentar corregir. Lo mismo opinan políticos, empresarios y autoridades eclesiásticas que desde la derecha y la Concertación intentan apagar el incendio y salvar sus privilegios. Ellos balbucean su miedo ofreciendo mediaciones, reformas constitucionales y -quizás- hasta tributarias si los apretan un poco.

El temor y desorganización de las clases dirigentes revelan cómo la batalla de las ideas se está resolviendo a favor del cambio. La institucionalidad ha entrado en una etapa en que algunos de sus usufructuarios alertan sobre el peligro de la ingobernabilidad, y otros -en franco estado de pánico- invocan como de costumbre a las fuerzas armadas para encargarse del trabajo sucio que creen inevitable. Los administradores del sistema saben que la revolución democrática y desarmada -que rescata los valores y derechos del ciudadano- pondrá fin al modelo neoliberal y sus huellas se prolongarán en el tiempo. Con esta revolución juvenil y creadora ocurrirá lo que sucedió con el cambio cultural de los años 60, con el movimiento hippie, las repercusiones de la revolución cubana y de la guerra de Vietnam, la independencia de los países africanos y asiáticos, las jornadas de mayo del 68, en Francia, y la “primavera de Praga”. Porque esta revolución en Chile ha dejado al descubierto las tripas del sistema neoliberal, sumando evidencias lacerantes a la crisis global que experimenta el sistema. La revolución encabezada por los jóvenes chilenos es creativa, plural y sorprendentemente ideológica en el más limpio sentido de la palabra. No obstante su fuerza, no tiene un destino asegurado. Puede sufrir considerables dificultades si termina atrapada en una institucionalidad hábil en hacer trampas y en cooptar al movimiento social. Sin embargo, las demandas de hoy en educación, salud, derechos sociales y políticos, no tienen solución en el marco de la actual Constitución. Hay que volcar esfuerzos en avanzar hacia una Asamblea Constituyente que elabore y plebiscite la nueva Constitución democrática de Chile. Ese camino se puede ver hoy con más optimismo, ha nacido un espíritu que lucha por ideales que parecían perdidos. Se están trazando las líneas de un nuevo Chile que recoge, sin decirlo y hasta olvidándolo, el sedimento de muchas luchas victoriosas y derrotas terribles, de ejemplos buenos y malos que no están -felizmente- en el primer lugar de las preocupaciones de los jóvenes que se vuelcan al futuro y a la esperanza de un cambio. Hay en nuestra dispersa Izquierda un agotamiento de lenguaje, de ritos y exterioridades que debe ser asumido conforme a los ejemplos que están dando los jóvenes. Ideas nuevas para problemas viejos y criterios novísimos para los fenómenos emergentes.

Algunas demandas pueden resolverse ahora mismo, si se mantiene la presión para lograrlo. Otras tomarán más tiempo, como la Asamblea Constituyente. Hay demandas más complejas, como la renacionalización del cobre, entrabada tanto por la Constitución actual como por las leyes orgánico-constitucionales y hasta por los tratados de libre comercio suscritos por los gobiernos de la Concertación. Lo importante es que lo central está conseguido: se ha puesto en cuestión un modelo de dominación que se creía inamovible. El rechazo al lucro en todas aquellas cuestiones fundamentales para el individuo y su familia, el respeto pleno al medioambiente, la vigencia absoluta de los derechos humanos, la representatividad efectiva del sistema democrático y de los mecanismos de consulta directa a la ciudadanía, el derecho a la participación, se han instalado como objetivos legítimos en la conciencia ciudadana. La “clase política” no podrá seguir rehuyendo su responsabilidad de ayudar a abrir paso pacíficamente a la nueva época que quiere vivir Chile. El cambio sólo asusta a la derecha económica y política y a las cúpulas concertacionistas que validaron los remiendos de la Constitución dictatorial, y que cifraron sus esperanzas de estabilidad y ascenso social en éxitos macroeconómicos, olvidando que su precio era la desigualdad y la marginación de grandes sectores que ahora hacen oír su potente voz y que exhiben su enorme fuerza.

Manuel Cabieses es el Editor de la revista chilena de izquierda Punto Final.


Punto Final/agosto de 2011

jueves, 27 de mayo de 2010

FRAUDE
EN SAN MARCOS

No bajan la guardia. Lista 1 asegura que luchará en los tribunales para que se respete resultado original.

Los miembros de la Lista Nº 1 informaron que presentarán hoy una acción de amparo ante el Poder Judicial, pidiendo la revisión de la mesa de votación de la facultad de Medicina de la UNMSM, antes de que el comité proclame como ganador a la Lista 5.

Los candidatos de la Lista Nº 1, Acuerdo por San Marcos, para las elecciones de los miembros de la Asamblea Universitaria de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) denunciaron ayer que el Comité Electoral de esta casa de estudios pretende imponer un fraude al dar como ganador de las elecciones a la Lista Nº 5, Frente Unidos San Marcos, cuando la Lista Nº 1 obtuvo la mayoría de votos en las elecciones del martes último, desarrolladas en la Casona de San Marcos.
Zenón Depaz, integrante de la Lista Nº 1 denunció que, según el conteo general del día de la votación, esta agrupación obtuvo un total de 281 votos mientras que la Nº 5 obtuvo 265 votos. Sin embargo, el Comité Electoral publicó ayer los resultados oficiales de las elecciones y dio como ganador a la Lista Nº 5. El comité anuló los resultados de la mesa de la facultad de Medicina, donde la Lista Nº 1 obtuvo su más alta votación: 104 votos, mientras que la Lista Nº 5 obtuvo sólo 74 votos. “Luego del conteo de votos, el Comité Electoral guardó un silencio sospechoso y se llevó las actas tras el escrutinio. Al anular los votos de Medicina, el comité da como ganador a la lista 5, pues representa un tercio del total de votos. En la página web, no tomaron en cuenta ningún voto de esa facultad”, señaló a LA PRIMERA.
Depaz refirió que el Comité Electoral no emitió ninguna explicación al respecto, pero que él se ha enterado que sus miembros alegan haber detectado irregularidades en el acta final de la mesa de Medicina. “Extraoficialmente, sé que la razón para anular el acta es por no haber marcado correctamente los votos. No dan ninguna razón creíble. Esto es un fraude”, manifestó.
Asimismo, afirmó no tener dudas de que el rector de la UNMSM, Luis Izquierdo, esté detrás de este fraude. “El rector ha estado digitando todo el comité electoral. Desde que nombraron a un comité integrado por sus incondicionales. Es más, sus miembros son también académicamente deleznables”, opinó Depaz.
Acciones legales
El candidato Leopoldo Gamarra informó que un representante de la Fiscalía de Prevención del Delito se acercó ayer a la ciudad universitaria para entrevistarse con algún miembro del comité y no encontró a nadie, por lo que ello ha quedado notificado.
Asimismo, el letrado indicó que la Lista Nº 1 cumplió ayer con agotar la vía administrativa al haber presentado un recurso de reconsideración ante el Comité Electoral, pero que éste no fue aceptado sin ninguna explicación. “En el reglamento del Comité Electoral, no dice nada sobre que al no colocar correctamente el número de la cantidad de votos en el lugar indicado el acta es anulada. Más bien, el reglamento sí dice que cuando dos o más personeros firman el acta, ésta es sagrada. Es decir, nadie la puede tocar y cambiar. Por lo tanto, anularla es un acto ilegal, es una medida fraudulenta”, opinó.

La Primera/27-05-10