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jueves, 18 de febrero de 2010

NUESTROS PROBLEMAS
DE FONDO



Jaime Bayly, el bufón que pretende ser candidato a la Presidencia de la República, está hoy en la boca de muchos, al estar logrando lo que desde un inicio buscaba: arrastrar a su juego a algunos sectores sociales, especialmente juveniles, que han derivado en el apoliticismo o en el franco alpinchismo por la desnaturalización de la política peruana y la crisis de los partidos políticos de derecha e izquierda. Bayly cuenta con la complicidad de los medios de comunicación que están poniendo en primera plana cada una de sus ocurrencias o provocaciones, mandando al rincón de las ánimas aquellos problemas en los que si debe centrarse la atención de la ciudadanía.

Muy poco o nada se ha hablado por ejemplo de un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que señala que más de 3 millones de niños y adolescentes peruanos, entre los 5 y los 17 años, trabajan en el campo o en oficios peligrosos, lo que coloca al Perú al nivel de Guatemala, Honduras y Bolivia, que son los países con mayores índices de trabajo infantil en la región.

Esos niños y adolescentes no solo están reproduciendo la pobreza en los tiempos actuales, de acuerdo al estudio están condenados a ser los padres o madres de otros tantos niños que a futuro se debatirán en los mismos escenarios miserables: recicladores de basura, minería informal, ladrilleras, etcétera; al no existir ninguna política que realmente se oriente a liquidar la reproducción de tan infrahumanas condiciones de existencia.

En ese mismo sentido, mientras Bayly y sus compinches de los medios de comunicación hacen de las suyas, se obvia el análisis de fondo de una sociedad como la peruana que se está acostumbrando a parricidios como el perpetrado recientemente por la hija de una acaudalada abogada y de un magistrado del Poder Judicial. Más allá del horror o del estupor, que son reacciones del momento se soslaya el examen del fondo del asunto.

No lo tratan porque sencillamente ello significaría sacar a luz las precariedades de una modernidad, como la que vivimos actualmente, que de un lado se ha levantado sobre la crisis de la familia peruana, alimentada por la diáspora que ha lanzado a diferentes puntos del orbe a padres y madres en busca de un sustento, quebrando la columna vertebral de toda unidad familiar; pero modernidad capitalista que de otro lado se cimenta sobre un cuadro de valores donde la ambición crematística es la madre de las conductas de niños, jóvenes y adultos. No nos horroricemos, se está cosechando lo que se está sembrando.

Sociedad además, preñada por la corrupción y la mediocridad, que explican el baloteo del fiscal Avelino Guillén por la Academia Nacional de la Magistratura.

En ese marco darle espacio al bufón Bayly y minimizar problemas como los arriba planteados es una manera de querer tapar el sol con un dedo de la mano.

martes, 9 de febrero de 2010

UN BUFÓN
QUE SE LAS TRAE



Conforme pasan los días se hacen más evidentes los verdaderos propósitos de Jaime Bayly, el bufón que ha saltado al ruedo electoral, supuestamente para tentar la Presidencia de la República. Lo cierto es que con sus chocarrerías televisivas está distrayendo la atención del electorado de aquellos problemas nacionales sobre los cuales debe girar la reflexión y discusión en los tiempos preelectorales que estamos viviendo.
Si hemos puesto atención a lo que Bayly llama "programa" éste se asienta básicamente en la defensa de las minorías sexuales, el derecho del aborto, la despenalización del consumo de drogas, el corte de las subvenciones estatales a los sacerdotes, etcétera. Todos ellos asuntos que merecen ser discutidos en una sociedad democrática burguesa como en la que formalmente vivimos, pero que en la hora actual, no constituyen los temas centrales de una confrontación de ideas y propuestas si lo que pretendemos es alcanzar el desarrollo del Perú.
Un punto neurálgico en la actual situación política es el modelo económico vigente. ¿El neoliberalismo ha resuelto los problemas fundamentales del país y de sus mayorías nacionales? Entiéndase que no hay tema social o económico en el Perú que no nos remita a los alcances y limitaciones del modelo que nos ha retrotraido a las etapas primarias del capitalismo. Si se examina a fondo lo que pasó en Bagua nos encontraremos con la voracidad de los grupos económicos nacionales y foráneos que quieren echar raíces en la selva peruana con o sin etnias. Si se observan las ataduras salariales de los trabajadores de la administración pública, incluyendo Universidades, fuerzas armadas y policiales, nos daremos de cara con el eufemísticamente llamado equilibrio de las finanzas públicas, con la que se justifica todas las desatenciones del Estado a las demandas del pueblo peruano, incluyendo las políticas de prevención de desastres naturales, que podrían haber amenguado los efectos de las lluvias y huaycos en el sur peruano.
Sobre ese tema: la vigencia del neoliberalismo, Bayly lo único que ha dicho es que lo apoya, pero no ha dicho una sola palabra sobre los asuntos arriba citados, que han puesto en cuestión el modelo sobre todo para quienes miran el devenir económico y social desde una perspectiva crítica.
En conclusión, el llamado "tío terrible" no es un bufón sin norte, sabe a donde va y qué es lo que quiere.

viernes, 5 de febrero de 2010

BAYLY Y LA CORRUPCIÓN





César Hildebrandt

Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.

Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.

No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.

Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.

La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.

Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.

Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.

Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).

Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.

Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.

Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.

Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?

Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.

Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.

La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.

Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.

Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales. Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.

Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.

Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.

Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.

En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.

Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.

Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.

El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.

Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.

Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.

No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García. Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.

No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.

El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.

Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.

Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?

El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.

Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.

Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.
La Primera
05-02-10