El país está sacudido por el escándalo de los petroaudios. A su explosiva revelación le han sucedido otras situaciones tan o más escandalosas: la extraña entrega del que podría ser el principal de los inculpados de la red mafiosa, la defenestración de los periodistas de la corporación de El Comercio que dieron a conocer los hechos, y el manto del silencio - so pretexto de la próxima cumbre de la APEC en el Perú- auspiciado por nuestras autoridades gubernamentales, que comienza a caer sobre los acontecimientos materia de investigación, justo cuando las miradas sospechosas se orientan al mismísimo Palacio de Gobierno y a no pocos Ministerios.
La corrupción, hay que reconocerlo, es un mal endémico de la República, de nuestras democracias, democraduras o dictaduras. Si miramos hacia el siglo XIX la encontraremos en los tiempos aurorales del capitalismo, en los años del festín del guano y del salitre; como también más adelante, en el siglo XX aspiraremos su hediondez en la danza de los millones del leguiismo, sólo por citar dos casos.
Refrendamos nuestras afirmaciones con el fragmento de un escrito de don Manuel Gonzáles Prada, que reproducimos líneas abajo, y que pareciera haber sido pensado en los escándalos que nos ha tocado vivir. (A.M.M.))
MANUEL GONZALEZ PRADA
Refiriéndose al Perú, agregaríamos que el robo presenta los caracteres de una pandemia nacional: donde hay un duro y una mano peruana, hay noventinueve probabilidades contra una para que el duro desaparezca. ¿Quién es ella? preguntaba un juez al saber la perpetración de algún crimen. ¿Quién es el ladrón? debemos decirnos aquí, siempre que veamos construir edificios públicos o tengamos noticia de consumarse operaciones financieras. Casi todas las riquezas privadas tienen origen fiscal y habría derecho de proceder a una confiscación en globo.
Las haciendas, las casas, los mobiliarios, la ropa, y quién sabe, hasta el cuero de algunos individuos representan defraudaciones al Estado. ¿Dónde la institución o sociedad que no haya sufrido el zarpazo de algunos bribones? Hablen las recaudadoras, las aduanas, los correos, las beneficencias, las municipalidades, sobre todo la de Lima, donde no faltó concejal patriota que se robara el dinero consagrado a subvencionar las escuelas de Tacna.
Pero no solamente operamos en familia: somos una especie de fósforos mágicos que prendemos en todas las cajas. Particulares, agentes financieros, cónsules y hasta Ministros, han dejado tan buena fama desde Londres a París que en muchos círculos decentes de la última ciudad se prohíbe el ingreso de peruanos (no creemos que haya sido por abusar de la prensa y defender la Ley de 1823). Y como en el Perú carecemos generalmente de sentido moral, a nadie le cortamos su carrera por abuso de confianza ni por un gatuperio: al que por falta de honradez pierde un destino, le concedemos otro con responsabilidades mayores; al que se fuga para evadir la acción de la justicia, le nombramos cónsul o Encargado de Negocios; al que en su bagaje histórico guarda una bancarrota fraudulenta, le diplomamos de financista, con honores y fueros de ministro de hacienda en disponibilidad.
http://evergreen.loyola.edu/tward/www/gp/libros/horas/horas18.html

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