En la guerra dinástica que sostiene con su hermana, Kenji Fujimori ha dicho que la pelea es por el poder. Cierto, las mafias buscan capturar el poder, a todo trance, utilizando todos los mecanismos habidos y por haber, para emplearlo en su beneficio particular. La dupla Fujimori-Montesinos y sus carnales hicieron eso en los 90 y llenaron sus arcas con dinero mal habido, por eso es que están o han estado en prisión Y como todos se contentaron con tenerlos en la cana, olvidaron algo fundamental: que la gran confrontación ideológica y política contra el emputecimiento de la política por esa mafia, no concluía en los tribunales o en las cárceles. Las grandes batallas que debieron darse, las decisivas, hasta en el último rincón del país, nunca se libraron, mientras la mala yerba, sembrada por los mafiosos fue ganando espacio, aquí, allá, acullá...
La guerra de los Fujimori es eso. No hay una sola idea-fuerza, una propuesta de cambio real, un programa verdadero cara a los problemas del país, a las necesidades de nuestros pueblos. Si Kenji redujo su horizonte a sacar de prisión a su padre, su hermana se cerró en arrojar de palacio a PPK, para limpiar la cancha e ir posicionándose en las diferentes instancias de poder. Y sanseacabó.
El fin justificaba los medios. Kenji, encompichado con el felón, sacó de la manga un indulto trucho. Keiko, conspicua discípula de Montesinos, apeló a las grabaciones y videos. El tal Mamani, por más plata que tenga, es un pobre diablo, dúctil, maleable, utilizable. Su hoja de vida lo dice todo. Pero tan trascendentes como los mecanismos empleados, lo son también los diálogos sostenidos entre las partes, en los que hay incluir también a los representantes del gobierno ppkausa, que nos llevan otra vez al mismo punto de partida: ser poder, a nivel central o regional, para medrar, lucrar, llenarse los bolsillos. Lo que menos interesa son los urgentes requerimientos de los más necesitados.
Todo el fujimontesinismo es eso, como lo es también la praxis de los demás partidos derechistas. Odebrecht y otras empresas mafiosas no hubieran echado raíces en el Perú, de no haberse contado con partidos, gremios, líderes, liderzuelos...ávidos de llenar sus alforjas. El viejo Fujimori estará en el hospital, y su socio Montesinos purgando prisión, no obstante, sus ideas y prácticas, como vemos, están intactas en Lima y provincias.
Desde esta realidad, la consigna ¡Qué se vayan todos! debe tener un profundo contenido educativo y ético como parte de un proceso de politización masivo e ininterrumpido, que no puede limitarse a lo estrictamente electoral, con mayor razón si las reglas de juego están hechas para bloquear los derechos de las organizaciones verdaderamente populares y democráticas. Politización, que debe tener un eje de confluencia: las necesidad histórica de que los pueblos del Perú, siempre olvidados, ninguneados o invisibilizados, accedan por primera vez al poder para construir su destino con sus propias manos.

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