domingo, 30 de agosto de 2015

ENTRE AGUARDIENTES Y VINOS DE COLORES

Para Oscar Díaz Chávez, en la memoria.

Esta historia te hubiera gustado gordo bueno. Pero no llegaste al punto de contacto. Te cayó la noche cuando menos lo esperábamos, justo cuando la muerte, como escribió Neruda, salió a "recoger su tributo"...

I

Hubiera jurado que fue en Shangai, pero Carlitos Olazo, dice que no, que fue en Hangzhou, la ciudad del lago Oeste en la China. Eran los años ochenta, cuando los chinos todavía tenían en ascuas al mundo, pero no por las idas y venidas de su bolsa, como sucede ahora, sino por sus ideas.

Habíamos llegado a China en puntitas de pie, sin hacer ruido, como ocurría entonces, pero la pasábamos de maravillas. La hospitalidad de los anfitriones era de primera. Desde que bajamos del avión en Pekín, una fría mañana otoñal, hasta que salimos de la misma ciudad, casi congelándonos,   2 meses después, fuimos tratados a cuerpo de rey, como si se hubiera desatado una competencia sorda, entre ciudad y ciudad, para ver quienes nos trataba mejor.

Navegamos por el Yanstsé, correteamos por la Gran Muralla, conocimos la plaza Tiananmem, la Ciudad Prohibida, el Mausoleo de Mao Zedong, Museos de la revolución aquí y allá, la ruta de la seda...entre otros grandes atractivos del inmenso país, donde el siglo XX se agarraba todavía a patadas con el XIX. Nos faltaba tiempo y ojos, pero también estómago para saborear los riquísimos potajes de la comida china -donde cada región es un mundo aparte- bien asentaditos con vinos de colores,  no precisamente de uva. Apetito voraz, tercermundista, que se abría y preparaba con el famosísimo maotai o moutai, elaborado de sorgo y trigo, pero por cuyo nivel de alcohol bien podría ser empleado como antiséptico, como lo confirma la leyenda, que dice que en la guerra de liberación china fue usado para curar las heridas de los soldados de la revolución.

El maotai o moutai es ahora un trago de postín, no hay dignatario extranjero que pise China que no reciba como regalo sus buenas botellas del célebre aguardiente, tal y como hacen los cubanos con sus rones de 50 años. Como nosotros no éramos dignatarios no nos regalaron ni una botella, pero optaron por una salida más práctica a la cual no nos opusimos: lo teníamos que beber en el sitio, stalinistamente:  sin dudas ni murmuraciones, 

No hubo un solo almuerzo o una comida donde impajaritablemente no se abriera o cerrara el ágape con unas buenas dosis del aguardiente. Lo bebíamos "seco y volteado, estilo Callao". Los mismos chinos lo exigían, como si estuviéramos en el famoso puerto peruano. Sucedía que algunos marineros chalacos habían dejado en tan alejados confines una buena escuela espirituosa. Y claro,  no nos hacíamos de rogar...

II

Tanto fue el cántaro al agua que sin querer queriendo el agua se rebalsó. Lo he dicho, ocurrió en Hangzhou: mismo Perú,  después de un almuerzo decidimos hacernos a la mar.. Nos salió el barrio, la calle: burlamos  protocolos, pusimos el piloto automático y no paramos hasta encontrar un córner. No había rockola, tampoco aserrín ni borrachos faltosos, pero encontramos el famoso maotai o moutai, algunos entremeses que jugaron el papel de piqueos y claro, muchas ganas de nostalgiar, entre cantos, bromas, anécdotas y jajajajas al por mayor.

Cuando llegó la hora de cerrar, el local cerró, no estábamos en el Perú,  y nos quedamos en el aíre. ¿Y ahora? dijimos. La noche era joven y la sed seguía viva. Un sueco, con muchas ganas de hablar y beber, que además conocía el Perú se sumó a la movida; como el resto, estaba listo para continuar, hasta "las últimas consecuencias". ¿Pero donde?  Unas flechas, muy camufladamente colocadas, nos sacó de perdedores, indicaban una palabra que para nosotros, en el estado festivo en el que nos encontrábamos, resultó muy alentadora, mágica diríamos: dancing. Y a nuestro juego nos llamaron.

China empezaba a abrirse al mundo, muy cautelosamente por cierto,  y había que crear ambientes especiales para ello: hoteles, restaurantes, rutas turísticas, centros de recreación...No podían faltar los cabarets, aunque sin cabareteras por las estrictas reglas de conducta que todavía no se abandonaban. Hasta el baile entre los asistentes se atracaba, pero nada de calatistas, lentejuelas, ni putas encubiertas. Las susodichas flechas nos llevaron a un cabaret.

III

Quiero confesarles que cuando llegué a China no era un niño de pecho en esos menesteres. El haber oficiado de periodista en la segunda parte de los años 60 me había permitido saborear  una Lima nocturna que sabía presentar una siempre rutilante cartelera de bailarinas chilenas, argentinas y peruanas. Cada una de ellas ponía lo suyo en el contorneo de caderas y pechos que calentaban el ambiente hasta la llegada del plato fuerte de la noche: el striptease. La música la ponían maestros de diferente nacionalidad que llegaron al Perú atraídos por esas espectáculos sensacionales y los buenos bolos que podían ganarse.

Esa parafernalia no existía en el cabaret chino. Todo indicaba improvisación comenzando por el local que parecía un almacén. El modelo, especulo, lo habían tomado de alguna película mejicana de los años 40, donde abundaban los rufianes de anchos bigotes y las bellezas del tipo de María Félix, tan alabada poor nuestras abuelas,  pero claro, nada de esto había, solo mesas, sillas y un estrado donde un quinteto o sexteto de músicos con uniformes a lo Mao Zedong interpretaba mambos, pasodobles y corridos mejicanos ante un público raleado que no mostraba mayor interés que seguir empilándose o con el ardiente moutai o maotai y los vinos de colores. El bar no daba para más.

La noche pintaba gris, como el color de los uniformes de los músicos y ya renunciábamos a seguir embotándonos con los también uniformados tragos, cuando ¡zaz! se hizo la luz: un nutrido grupo de turistas italianos, mayoritariamente mujeres de diferentes edades, aterrizaron en el local llenándolo de vida, de bullicio y colorido. Los músicos, parecieron tomar viada y volvieron a repetir sus tonadas, con una pequeña diferencia, esta vez había con quien bailar...

El barrio y la calle volvieron a aflorar. Cierto era que los músicos nada tenían que hacer frente a los maestros que alegraban las noches limeñas, pero cierto era también que en la China de esos años ya se extendía la máxima de Deng Xiaoping: no importaba el color del gato, lo importante era que cazara ratones. Aplicado a la movida en las que nos hallábamos, eso significaba que no podíamos pedirle peras al olmo: si Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo, hubiera escuchado a los músicos chinos la interpretación de Cerezo Rosa o Mambo No 5, de seguro que los enjuiciaba y ganaba el pleito. Pero no estábamos en Cuba, Méjico o Lima. Estábamos en Hangzhou. Queríamos música pues ahí estaba la música y a bailar se dijo.

Realmente la rompimos. Los tragos nos habían acelerado y hasta el sueco no se hizo el sueco a la hora de tomar el toro por las astas. Beber, cantar y bailar en la China del camarada Mao Zedong, era una experiencia que no volería a repetirse y le sacamos el jugo.

Pero al igual que en el córner donde empezamos el periplo chupístico, la hora era la hora. Todo acabó a las 11 de la noche. La tradicional raspa mejicana anunció el fin del bailongo. Y a otra cosa mariposa. Pero la noche no envejecía, al contrario, seguía siendo joven. Salimos del local dispuestos a continuar la ronda y así lo hicimos, pero ésta es otra historia.

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