domingo, 16 de agosto de 2015

DEL ACTIVISMO CANTINERO A LA MILITANCIA POLÍTICA


Para Luchito Ruiz Díaz (+) siempre presente.

Como la gran mayoría de mi generación soy un hombre de libros y discos. Mi biblioteca la hice a pulso, hurgando aquí o allá, en las ferias de libros viejos, en La Parada, o en las más pintadas de las librerías, sin dejar de recursearme -llegado el caso- con más de una edición pirata. Soy por ello capaz de recordar la historia de cada libro, su utilidad concreta y las vicisitudes de algunos de ellos, sobre todo de los textos políticos. Por todo eso es que si bien no soy renuente a las fuentes bibliográficas que uno puede encontrar hoy en Internet, no obstante me resisto a su avasallamiento.  Tener en libro en las manos, olerlo, observar las características de su impresión, leerlo, subrayarlo o diseccionarlo, si acaso llegara el caso, es parte consustancial del irrenunciable placer de la lectura de las ediciones impresas. Lo que no puede hacerse, aunque queramos,  con los textos digitales.

Con mis discos pasa algo similar. Salvo la práctica de colgarme unos audífonos, soy permeable, a la hora de escuchar música, a las novísimas tecnologías musicales, pero si hay algo que no dejo son mis viejos discos de vinílico. Son las huellas culturales de la rockola cantinera donde desde muy joven hice mi pre y mis posgrados, sin obviar por supuesto los años caseros de aprestamiento: años de radio y  de canto materno, cuando en Lima se cantaba, en pleno furor de Los Morochucos, de Jesús Vásquez  o los Troveros Criollos, si de música criolla se trataba; y de Los Panchos, en los años de gloria del bolero, sin olvidarme de los célebres boleristas de la Sonora Matancera, con los que en mi juventud me reencontré pero ya en otros contextos, nada domésticos por cierto.

Esos tiempos están reflejados en los discos de valses, polcas y boleros que poseo, que siguen cumpliendo con los propósitos para los que fueron fabricados: hacer bailar,cantar o soñar a chicos y grandes. ¿Y los otros discos? Ellos expresan otros tiempos, los del posgrado en los bares del Callao, La Victoria, Chacra Colorada, Lima, Surquillo, Rímac, y también -no hay razón para ocultarlo- en algunos prostíbulos capitalinos, donde no faltaban las radiolas y por ende las voces putañeras de un Bienvenido Granda o de un Daniel Santos. Fue en Mejicalpán de las Garnachas -ya había pasado la hora de Huatica, el barrio rojo que frecuentó Mario Vargas Llosa y sus amigos de La Crónica y Última Hora- donde fui testigo del cómo Javier Solís, el célebre intérprete del bolero ranchero volvía a morir - abril de 1966- en las voces y llantos de putas y parroquianos, sin que por ello, claro está, la tracamandanga se mantuviese quieta.

Con Pedrito Chávez (+) de maestro, en El Sabroso del Callao, hice un diplomado sobre Vicentico Valdés y Boby Capó; con el mismo asesor, a media cuadra de la comisaría de Breña, en El Gavilán, le encontré nuevos derroteros a los boleros de Panchito Riset, mientras que en El rincón de los recuerdos, en el Rímac, nos deleitábamos con Gregorio Barrios, Antonió Badú o Pedro Vargas, celebérrimos cantantes de los años 40 y 50, pero a quienes realmente me acerqué, en honor a la verdad, en la acogedora casa de don Justo Linares Chumpitaz en Surquillo, después de gloriosas noches de ronda, como las que inmortalizó ese viejo saurio del amor que se llamó Agustín Lara.

Los huaynos, los pasillos, las sambas y los yaravíes corresponden a mi paso por San Marcos, la vieja universidad en la que aprendimos a amar, sentir e interpretar el Perú, América Latina, la Patria Grande, y el mundo. Fue la década de Blanco, Heraud, Vallejo, de La Puente, Béjar, Lobatón, el Che...de los sueños y las utopías, de la transición: de la militancia cantinera a la militancia política. La resaca de la edad de piedra, si no me equivoco,  la viví donde el viejo Capuñay, en La Victoria o en algunas cantinas claves de La Parada donde matábamos el día con amigos de toda la vida: Lucho Ruiz, Andrés, Oliverio, Chochera, Ramón, Vegas Pozo... Algunos ya tomaron el camino de La Habana, sabemos por tanto que ya no volverán, pero nos siguen acompañando. En cada huayno, pasillo, samba o yaraví, está la impronta de su entrañable amistad, de las discusiones fraternales que se entablaban, de las verdades que cada cual manejaba y que poco nos fue posicionando en trincheras diferentes a pesar de que compartíamos los mismos sueños. La amistad, felizmente, nunca se agotó.

Por eso es que cuando mi vieja tornamesa me llama y tengo en mis manos uno de mis viejos LP a los que tengo que frotar y frotar cual si fuera la lámpara de Aladino - para quitarles el polvo- es inevitable que cual genio bueno, los recuerdos  cobren vida para recrear en la memoria las vivencias que explican la preferencia por tal o cual disco. Y así como, por ejemplo, ese o éste texto de Marx, Lenin  o Mariátegui puede ubicarme en el tiempo  de militancia a forro que viví, de la misma manera uno de esos LP puede darme luces sobre el periodo de la Edad de Piedra que a mucho orgullo trajiné, porque como dice un viejo dicho español: lo bailao nadie me lo quita...

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