domingo, 21 de diciembre de 2014

EN EL UMBRAL DE LA POLÍTICA


La derecha en el poder desde los años 90 se ha esmerado por emputecer la política, el fujimontesinismo es su más acabada expresión, aunque lo visto después - a excepción del breve mandato del presidente Paniaga- no le va muy a la zaga. El propio humalismo, al traicionar sus postulados iniciales, le ha agregado su cuota de barro a una actividad, que como la política, debería ser un quehacer sustancial de toda la ciudadanía peruana, sin excepciones ni limitaciones.

El costo del envilecimiento de la política ha sido alto. Los jóvenes  sobre todo han tomado distancia de ella en las últimas décadas. La prédica del egoismo neoliberal, la crisis de los partidos políticos y el sistemático embrutecimiento ideológico perpetrado por los medios de comunicación, han contribuido a ese divorcio; pero el asqueamiento generado por las traiciones, trapacerías, robos y corruptelas de toda naturaleza practicadas por esos políticos criollos, ha llevado también bastante agua al mar del escepticismo, el pesimismo y el alpinchismo.

En este contexto, a diferencia de otros tiempos, la política  ha derivado en ser la última de las actividades sociales a la que los ciudadanos, y los jóvenes en especial, le prestan atención, salvo en los años electorales en los que el bombardeo mediático y la amenaza de las multas los llevan a desgano a participar en lo que suele calificarse como una fiesta democrática, pero que en los hechos - téngase en cuenta lo ocurrido con el comandante Ollanta- deriva en una frustración generalizada, que ahonda la fractura entre la ciudadanía y la política.

Suele suceder, sin embargo, que muy a pesar de esa derecha, desde la aplicación de sus propias políticas, hay momentos en que las masas irrumpen espontáneamente en el quehacer político y descuadran el tinglado de las plutocracias y sus representaciones políticas. Esto es lo que está pasando en el país con el repudio generado por la promulgación de la ley de empleo juvenil. La derecha pensó que el pueblo y los jóvenes directamente afectados se iban a tragar fácilmente el sapo, pero la realidad ha sido otra. Estamos asistiendo a una verdadera explosión juvenil. No hay ciudad importante donde no haya prendido la protesta. Lima, Cusco, Arequipa, Trujillo, Cajamarca, Tacna, Huancayo...Su trascendencia ha motivado una reculada general: pensando en los millones de votos que perderían en el 2016, los trajinados y mañosos partidos que en el congreso apoyaron la ley, hoy están en contra de ella. La pareja presidencial ha quedado aíslada. La esclavizante ley se está viniendo abajo. Como cualquier vulgar régimen autoritario o dictadura sólo les quedaría la represión para imponer una norma que le da en la yema del gusto al gran capital y a las transnacionales.

Hay que quitarse el sombrero ante ese movimiento juvenil y ciudadano. Su instinto, su olfato, no están descaminados. De repente, todavía muy a su pesar están pisando el umbral de la política y de la ética que subyace en ella, que la convierte en un ejercicio verdaderamente democrático, en ciencia, en pedagogía, en práctica intelectual, en arte...todo ello al servicio del bienestar de las grandes mayorías, de los desposeídos de siempre, de los anónimos constructores de país, en costa, sierra y selva.

He ahí un desafío para las organizaciones partidarias o no, que siempre están al servicio del país y sus pueblos, para darle consistencia, perdurabilidad a ese gran movimiento. Ese instinto y ese olfato deben transformarse en conciencia, en conocimiento pleno del porqué y del para qué se entra en la pelea, y del cómo en ella y a través de ella -a diferencia del accionar de los políticos criollos y cutreros-  se dignifica la ciudadanía, los trabajadores de la ciudad y del campo, los jóvenes, las mujeres, los ninguneados pueblos amazónicos para marchar junto con ellos a hacer realidad lo que Jorge Basadre, el historiador de la República, calificó de promesa de vida peruana, que bien puede concentrarse en dos palabras: bienestar y desarrollo.

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