lunes, 18 de julio de 2011


ARMANDO


Por Mirko Lauer


No hay dirigente que encarne la peripecia del Apra como Armando Villanueva, quien puede hablar con conocimiento de las épocas fundacionales de su partido, puede evocar con fundamento indiscutible la etapa insurreccional de inicios del siglo pasado, es capaz de explicar con agudeza los avatares del partido en la política nacional a partir de los años 50, o de elaborar con elocuencia acerca de las ideas que en diversos momentos impulsaron las diversas etapas de ese proyecto. Todo esto mientras prescinde con elegancia del paralizante papel de líder histórico y prefiere participar activamente como conciencia crítica en la polémica del día a día partidario.

En este libro, y en numerosas otras entrevistas menores que han venido después, Villanueva se concibe y se presenta como un militante, y dentro de ello como un socialdemócrata. Su discurso, que reúne en un solo tono el radicalismo auroral del Apra y la cultura política pragmática que vino después, y junta el sello de las persecuciones y las resonancias de diversos momentos de participación en el poder, evoca la voz de Víctor Raúl Haya de la Torre, y es verdaderamente única en estos tiempos. En 1988 Guillermo Thorndike la definió como una “voz actual unida a otra voz antigua de prisión y catacumbas”.

En 1980, cuando fueron grabadas estas Conversaciones en casa de Villanueva, Haya de la Torre acababa de fallecer, y del resto de la gente venida de las persecuciones y vetos que se inician con los años 30, entonces solo Luis Alberto Sánchez estaba ejerciendo la dirigencia. Villanueva hacía poco que había perdido las elecciones presidenciales, y quizás sin saberlo se encontraba al borde de un nuevo papel en el drama del Apra: a partir de 1985 y luego otra vez a partir del 2006 ha funcionado como una suerte de contrapeso militante al proceso burocrático del partido en el gobierno. Esto nunca se ha sentido tanto como en estos días, en que él es maestro de la juventud, refugio de los radicales, inspiración de los leales que envejecieron dentro del aprismo, puente para los amigos del partido.

Villanueva es un conversador entretenido, un evocador meticuloso, un narrador eficaz. A las tres virtudes añade gran jovialidad y un sentido del humor que no ha perdido el gusto por la frase irreverente y la travesura juvenil. En 1980 tener al frente a un interlocutor académico tan agudo como Pablo Macera intensificó estos rasgos, particularmente valiosos para la tertulia. Villanueva transmite una versión propia de la historia aprista, marcada por la acción, y tiene un ojo atento a las omisiones o inexactitudes de otras versiones.

Este libro debió ser el cuarto en la colección Conversaciones lanzada por Mosca Azul Editores en 1974 con un intercambio entre Jorge Basadre y Pablo Macera. Al año siguiente apareció la charla entre los literatos Luis Alberto Sánchez y José Miguel Oviedo. Una tercera charla, entre los periodistas Luis Miró Quesada y César Hildebrandt, no se llegó a publicar. La idea era un encuentro entre generaciones, en un medio donde no era habitual que se recogiera testimonios directos de la experiencia: pocas memorias, pocos rescates de correspondencia, poco deseo de escribir memorias. Esta resistencia a lo privado algo ha cedido desde entonces, pero no mucho.

Este encuentro entre Villanueva y Macera tenía reales posibilidades de salvar la colección Conversaciones. El interés del público lector por las dos figuras era particularmente intenso. Poco después de la grabación Villanueva partió a un largo periplo por Europa. Luego el texto se traspapeló por entre los legajos de la política y la historia. Ha demorado tres decenios su publicación, que ahora ha asumido el Congreso, y en algunos aspectos este es un libro algo diferente del que pusimos en marcha, Abelardo Oquendo y yo, a comienzos de los años 80. No ha cambiado el texto, pero sí el contexto.

En aquel momento el Apra no había pasado por la agotadora experiencia de sus dos gobiernos. Más bien el reciente revés del Villanueva candidato presidencial reforzaba la difundida idea de que el sino del partido era nunca llegar a gobernar. La imagen del Villanueva dirigente aprista todavía estaba más cerca de la caricatura del búfalo elegante que del prestigio del animador socialdemócrata de los últimos 30 años. Macera se movía entonces entre sus alumnos de la izquierda sanmarquina y su necesidad de un diálogo más amplio, que incluía a su amigo Villanueva, pero también a intelectuales como Manuel Moreyra o Felipe Ortiz de Zevallos. Como las grabaciones rápido demostraron, la simpatía entre los dos hombres era real, pero era claro que venían de dos márgenes distintas de la cultura política local.

Cuando la entrevista se produjo todavía rodeaba al Apra algo de una antigua atmósfera de secreto, y la idea del libro era que Villanueva, ya entonces un aperturista interesado en acercarse a una “izquierda responsable” (la idea ya estaba con él en su exilio en México, 1975), podía dar una versión a la vez íntima y refrescada del partido. El año 80 fue un momento de grandes cambios en el Apra, y entre la primera entrevista y la última Villanueva se vio enfrentado al surgimiento de Alan García en la maquinaria partidaria, entonces un joven con ideas no muy distintas de las suyas, aunque esto no aparece en el libro.

Macera en todo momento orienta estas entrevistas en pos de una biografía política del personaje mismo. Es Villanueva quien elude el sesgo personal e insiste en una dimensión histórica para el intercambio. Este contrapunto entre la historia y las historias enriquece mucho el diálogo, que más de 30 años después sigue siendo de enorme interés y actualidad.

*Prólogo a Arrogante montonero, Lima, Ediciones del Congreso, 2011.

La República, 17 de julio de 2011

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