¡HECHOS,
NO PALABRAS!
General Manuel A. OdríaMientras la derecha peruana limpia la cancha para hacérsela fácil al alcalde Luis Castañeda como candidato presidencial de ese espectro social, aunque tenga que sacrificar a Lourdes Flores casi casi transformada ya en postulante al sillón municipal; o morigera el chongo que está armando Bayly con su probable candidatura y su programa de "causas perdidas", que ha enfurecido a la jerarquía de la Iglesia Católica; mientras ocurre todo ello, decíamos, el parco burgomaestre luego de demostrar, en un reportaje publicado por un diario local, que no es mudo, ha vuelto sin embargo a encapsularse para desesperación de quienes auspician su candidatura, que quisieran verlo en la primera linea del debate político, pronunciándose por esto o por lo otro, dibujando el futuro del país de aquí a 50 años, sumando puntos, robando cámaras, atrayendo simpatías, etcétera, etcétera.
Muchos dicen que el silencio del Alcalde obedecería a una calculada conducta política, con lo que evitaría la sobreexposición, el manoseo de su figura. No obstante hay quienes piensan, como este escriba, que el Alcalde no habla porque no tiene mucho que decir, a no ser que hable sobre las obras que está construyendo el Municipio limeño y punto. Ya lo dijo Vargas Llosa aparentemente decepcionado: no es un hombre de ideas, es un hombre de obras. El mismo Castañeda lo ha aceptado al decir: "...lo primero que le pediría a una autoridad pública son resultados...me gusta mucho más que la locuacidad".
Desde esa perspectiva, y sin mucho esfuerzo Castañeda bien podría alinearse en las filas de quienes como el General Manuel A. Odría (el dictador que gobernó el Perú entre 1948-1956) hizo del slogan: ¡Hechos, no palabras! el plato fuerte de su campaña electoral de 1956, cuando pretendió continuar en Palacio de Pizarro aunque en esta oportunidad con el voto del electorado nacional; al que además pretendió arrastrar tras la consigna ¡la democracia no se come! con la que salió al paso de la oposición democrática, sobredimensionando la atención brindada a las reivindicaciones económicas de los sectores populares y subestimando el papel de la democracia en el desarrollo político de los pueblos.
Es aquí donde está justamente la trampa ideológica. Las obras infraestructurales, en la ciudad o en campo, sean cuales sean estas, la atención a las exigencias de salud, educación o trabajo, entre otras demandas, son responsabilidades que de oficio deberían ser asumidas por el Estado o por los Municipios, pero que a lo largo de la historia republicana han sido conquistadas tras largos procesos de lucha. Han pasado por ello a formar parte de las reivindicaciones inmediatas, económicas, de los pueblos, que se lanzan a su conquista por mejorar sus condiciones de existencia, estando dispuestos incluso a dar la vida por un puente, una carretera, un hospital, un Colegio.
La absolutización de estas demandas, sin embargo, limita la visión política de esos pueblos, la desnaturaliza, al hacerles perder la perspectiva de futuro, de proyecto diferente al de los grupos de poder, de capacidad de dibujar una utopía donde los pobres, en nombre realmente de los pobres dirijan este país. Al castrárseles esa posibilidad, los pueblos terminan de furgones de cola de los gobernantes y sus partidos, que ensanchan sus clientelas resolviendo sus petitorios de agua, desague, luz , al mismo tiempo que las desmovilizan políticamente.
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"La gente se deja llevar por la construcción de una carretera, por la facilidad dada a un pueblo", ha manifestado recientemente Javier Pérez de Cuellar, explicando la influencia del fujimorismo. Pero podría ser también la influencia del aprismo, del toledismo o del pepecismo, interesados todos ellos en alejar a los pueblos de la articulación y puesta en práctica de sus propios horizontes de vida.
"La gente se deja llevar por la construcción de una carretera, por la facilidad dada a un pueblo", ha manifestado recientemente Javier Pérez de Cuellar, explicando la influencia del fujimorismo. Pero podría ser también la influencia del aprismo, del toledismo o del pepecismo, interesados todos ellos en alejar a los pueblos de la articulación y puesta en práctica de sus propios horizontes de vida.
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