miércoles, 27 de enero de 2010

LAS 2 CARAS
DE LIMA NORTE


Wilfredo Ardito Vega


Para algunos observadores, el nuevo Wong ubicado en el Cono Norte es el mejor símbolo de la prosperidad de esa parte de Lima… y de la pérdida de los prejuicios que muchos empresarios tenían hacia sus habitantes.

Hasta hace poco, las inversiones privadas en la zona se concentraban en el exitoso Megaplaza, al cual a tantos amigos he llevado a conocer, dejando que se queden aturdidos entre los compradores de Saga Falabella y Sodimac, las colas en todos los bancos, el Bembos y el Pardo’s Chicken, los padres llevando a sus hijos al Cinemark a ver películas en 3 dimensiones, los joviales estudiantes del Euroidiomas y los empeñosos usuarios del enorme Gold’s Gym.

En esos recorridos, normalmente salimos por la puerta lateral, más cercana al Pizza Hut, y enrumbamos por una calle que se ha convertido en una vía peatonal de facto debido a la afluencia de compradores. Caminamos ante decenas de restaurantes y tiendas de ropa, ubicados donde hace cinco años había casas, y llegamos a la avenida Izaguirre, donde están el Royal Plaza y también los concurridos locales de Hiraoka, Cassinelli y la Clínica San Pablo. Había un Metro también allí, pero ahora se ha movido una cuadra y en su lugar hay un gigantesco Plaza Vea.

Para sumarse a este panorama de bonanza el año pasado se inauguró el centro comercial Plaza Norte, con el mencionado Wong y también Makro, un supermercado holandés que no sé si logrará comprender a los engreídos consumidores limeños (cobra por las bolsas, lo que no haría ni el bodeguero más malagracia).

En realidad, debe señalarse que el norte de Lima es distinto de los Conos Sur y Este, porque desde un inicio tuvo bastantes urbanizaciones, lo que reflejaba un mayor nivel adquisitivo. Muchos cononorteños tenían hábitos de consumo similares a los habitantes de otros barrios clasemedieros y solían frecuentar los cines o restaurantes de Miraflors o Plaza San Miguel. Entre ellos no faltaban quienes creían que el Megaplaza fracasaría, compartiendo los prejuicios hacia sus propios vecinos.

-Nunca entraría al cine –decía una amiga, que ahora se ha convertido en clienta asidua-. Será para que no salga viva.

Sin embargo, las últimas visitas que he realizado al Cono Norte muestran que sería un grave error generalizar dicho desarrollo. Un amigo de la Universidad me invitó a regresar, después de veinte años, a la zona de la Ensenada, en Puente Piedra, donde hablar de prosperidad parece un sarcasmo.

Más allá de las avenidas principales, que sí están asfaltadas, había que subir cerros por callejuelas polvorientas, entre casas de tripley, con techos de esteras o Eternit, que no soportaron las lluvias de las últimas semanas. Por doquier aparecían perros, aunque más allá de los ladridos, no molestaban.

La mayoría de habitantes de La Ensenada llegó a Lima desde otros lugares del Perú. Hablé con varias señoras que, con mucho esfuerzo, habían terminado primaria a fines de diciembre. Otras han quedado a mitad de camino. La mayoría son cabezas de familia, porque han sido abandonadas.

Para sus hijos, sin mayores oportunidades, la alternativa son pandillas, drogas o alcohol. Para las chicas, la situación no es mucho mejor:

-Si una jovencita queda embarazada, se va a vivir a la casa de los papás de su enamorado y la tienen trabajando casi como una esclava –me cuenta una enfermera.

Desde el cerro se podía ver todo Comas y parte de Puente Piedra y destacaban los llamativos colores de los locales de Metro y Plaza Vea en la Avenida Universitaria. Más lejos, mucho más, se podían distinguir los grandes edificios del centro de Lima. Se me ocurrió un pensamiento triste: parecía que los pobres podían divisar siempre la ciudad que los excluye.

-Hay familias que creen que si no tienen para un panetón no puede vivir la Navidad –me dice una trabajadora social.

Un pensamiento me perturbó, pero no atreví a preguntar: ¿Es que acá hay gente que no puede ni siquiera comprar un panetón?

De regreso, cuando pasé al lado del Megaplaza y el Plaza Norte, tan deslumbrantes, pensé que el norte de Lima se ha vuelto una zona de marcados contrastes sociales. Recordé los centros comerciales de Ciudad de Guatemala, Río de Janeiro o, más cerca, la violenta Trujillo. En todos estos lugares, la coexistencia de la opulencia de algunos y la falta de oportunidades para la mayoría ha resultado explosiva. Sentí que eran ejemplos de lo que podría sobrevenir en el norte de Lima, donde junto con los centros comerciales podían crecer la rabia y la frustración.

¿Es irreversible este camino? Creo que no. Es indispensable invertir en la salud y la educación de quienes más lo necesitan, brindar oportunidades a los jóvenes para estudiar y trabajar, fomentar su autoestima.

Ahora que Lima cumple un nuevo aniversario, esos temas que deberían estar en discusión, antes que sea demasiado tarde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario