domingo 6 de julio de 2008

AL MAESTRO
CON CARIÑO

Escuela La Milla
Monserrate

Cuando repaso mi tránsito por las aulas de mi modesta Escuela La Milla, en mi añorado barrio de Monserrate, o por el glorioso Guadalupe, y pienso en mis profesores, tengo que admitir públicamente que con ellos me saqué la tinka. Sería injusto afirmar lo contrario, y si por ahí alguno no dio la talla, pues hay que reconocerlo: de lo negativo también se obtienen lecciones.

A todos esos profesores, reitero, los tengo siempre presentes, y así será creo hasta que la lucidez nos acompañe. En esta ocasión, tan especial como es el Día del Maestro, quiero sin embargo recordar a dos de ellos. De mi escuelita fiscal, al profesor Cruzalegui, ¿supe alguna vez su nombre de pila?, y de Guadalupe a don Pedro Santillán Grández, a quien, como referiré luego, acabo de verlo, como siempre, dando lecciones.

Al profesor Cruzalegui tengo que agradecerle el haber descubierto en mi algunas cualidades para la declamación y el teatro, que me permitieron a mis escasos 9 años superar las timideces propias de la infancia. Salir a recitar en tal o cual fiesta cívica ante un público bullicioso de por si, que facilmente llegaban a las 300 o 400 almas, no es fácil, ( lo largo de mi carrera docente, en San Marcos, he visto a más de un joven quebrarse ante un auditorio de 50 estudiantes) pero lo hice una y otra vez, con el respaldo siempre entusiasta, a pesar de su edad, del maestro Cruzalegui.

A él también le debo mis pininos teatrales: impostación de voz, movimientos corporales, gestos, etcétera. Tal aprendizaje fue vital. Un profesor, lo leí alguna vez es un escrito de Umberto Eco, debe ser también un actor. Es decir, que no debe llegar al aula solamente con un avituallamiento de conocimientos, también tiene que saber trasmitir confianza, optimismo, vitalidad, seguridad, desde el primer momento en que se asoma al salón de clases. (Si buscase un ejemplo, lo encontraría en el profesor Augusto Carrillo Huici, guadalupano, cuya autoridad trascendía desde que aparecía en la entrada del patio de 5to Año, ¿Te acuerdas Dago?). Un docente que no es capaz de ser protagonista en clase - sin menoscabo de la participación del estudiante- corre el peligro de no llegar a la conciencia y al alma de sus pupilos.

En cuanto a don Pedro Santillán Grández, tengo que decirles que a sus 92 años nos sigue dando cátedra, al igual que cuando lo conocimos en 1959. Impactados por la inmensidad y la disciplina del plantel de la avenida Alfonso Ugarte, encontramos en él, nuestro tutor, un verdadero orientador en la nueva etapa educativa que estábamos iniciando. Y decía que lo acabo de ver, sí, esta vez en el diario El Comercio de Lima, haciendo noticia: el hombre sigue en la brega educativa, esta vez como alumno de la Católica, en la Facultad del adulto mayor. A su edad, según algunos, debería estar en sus cuarteles de invierno, retozando con sus nietos y biznietos, pero don Pedro es un maestro, sigue actualizándose, como diciéndonos, a quienes fuimos sus alumnos, y ustedes ¿qué hacen por la vida? con ese dejo amazonense que lo caracterizaba en sus charlas matutinas.

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