la jerga y la replana…le disputaba el cetro (a La Crónica, A.M.)
y algunos días se lo arrebataba: eso enloquecía a Becerrita”
Mario Vargas Llosa[1]
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Revolucionaron el periodismo limeño: fueron los reyes de la replana, de las crónicas rojas y de las noches calientes de la Lima de los años 50; y hoy, a pesar de que el periódico cerró hace 22 años, en 1984 para ser exactos, siguen haciendo noticia: el cierre del diario es para ellos una simple anécdota, porque año tras año, como si fuera ayer, no dejan de reunirse para celebrar cada 13 de enero un aniversario más de la ¡fundación del periódico! que ocurrió en 1950. Como ellos mismos dicen: ¡la tinta sigue corriendo por sus venas! y mientras ello ocurra seguirán juntos, riendo y gozando como en sus años mozos, cuando chorreando adrenalina recorrían la ciudad de canto a canto a la caza de las ansiadas primicias para alborotar los cotarros capitalinos.
Última Hora fue ese diario, que durante sus 34 años de existencia arrasó con todas las expectativas de sus propietarios. Surgió para ser la caja del diario mayor: La Prensa —que todavía en los años 50 había que leerla con guantes y chaqué— pero terminó llevándosela de encuentro. ¿Cuál fue el secreto? Pues el haber sintonizado con los cambios que se estaban produciendo en la vieja Lima, que a pesar de su conservadurismo colonial ya no podía ser ajena a los efectos del cine, la radio, la televisión, la masificación del fútbol y al embrujo de las prostibularias noches que desquiciaban a la mojigatería limeña. En un contexto, además, en el que Lima se constituyó en el gran puerto de atraque de miles de migrantes costeños, serranos y selváticos, que rompieron los diques urbanísticos y culturales de la capital.
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Como cronista policial pensé que ya lo había visto todo: homicidios, violaciones, accidentes, reyertas a chavetazos, asaltos, etcétera. Nunca pensé que un 24 de mayo de 1964 me daría cara a cara con cien, doscientos, y de repente hasta trescientos muertos, en los hospitales Obrero y 2 de Mayo, en la Morgue y en la Asistencia Pública de la avenida Grau. Horas antes, en el Estadio Nacional de Lima esos hombres y mujeres habían formado parte de las 45 mil almas que gritaron hasta enronquecer apoyando a la selección de fútbol del Perú, que se jugaba el pase a las olimpiadas de Tokio contra sus pares argentinos. La anulación de un gol del equipo peruano, el del empate, el de “Kilo” Lobatón, desencadenó la tragedia. La protesta de las tribunas y el raudo ingreso del negro “Bomba” al gramado para ajustarle cuentas al árbitro uruguayo, fue respondida a bombazo limpio y pistoletazos. La consiguiente estampida de los fanáticos fue cortada brutalmente por las puertas del Estadio, que nunca llegaron a abrirse. Murieron padres e hijos, esposos, hermanos, primos, cuñados, amigos del alma. No hubo un barrio limeño que no se cubriera de luto.
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En la Lima de los primeros años de la década de los cincuenta, desaprensivos jóvenes limeños, clasemedieros la mayoría de ellos, llevaban la batuta de la importada moda musical. Poco importaron los sermones y las excomuniones. Qué no hizo, por ejemplo, el Cardenal Gualberto Guevara para cerrarle el paso al endiablado mambo, a su máximo exponente, Dámaso Pérez Prado, y a sus bataclanas de fuego: llegó hasta la excomunión, pero de nada le sirvió. Miles de jóvenes, convocados por Última Hora soltaron sus cuerpos y sus espíritus en la Plaza de Acho al son del pegajoso: “Yo soy, el ruletero/ que si, que no/ el ruletero/, Yo soy el matalacachimba/ que si, que no/ el matalacachimba/, en una noche frenética donde hasta el cerro San Cristóbal vibró con el famoso músico cubano. Años más tarde una Alcaldesa arremetió contra las striptiseras por pecaminosas, amenazando con prohibir sus espectáculos. La respuesta de ellas fue fulminante: se amotinaron en la puerta de la Municipalidad de Lima exponiendo a la luz del día sus mejores atributos naturales. Ante semejante demostración de fuerza, la autoridad edilicia tuvo que retroceder.
Para emplear los términos de Guido Monteverde, el columnista que había armado el tole tole de la Plaza de Acho, había llegado la hora de las calatistas. Las noches limeñas cobijaron a sensuales bailarinas mexicanas y chilenas, cuyos nombres y sensacionales cuerpos engrosaron el imaginario popular. María Antonieta Pons, Tongolele, Eda Lorna, Amalia Aguilar, entre muchas otras, quebraron la modorra capitalina, aunque en un tris por tras algunas avispadas limeñas pusieron también sus voluptuosos cuerpos en movimiento, para demostrar que nada tenían que envidiar a las extranjeras. Surgieron así, con el padrinazgo del periódico, Betty Di Roma, Mara, Anakaona, o revistas femeninas como las Bikini Girls o las Bim Bam Bum, que hicieron delirar a los marlombrandeados —otra de Monteverde— limeños de entonces.
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Guillermo Lavalle Vásquez, alias “Pichuzo” llenó un capítulo especial en la historia del crimen. Violó y mató a una criatura y lo tuve frente a frente en un calabozo de la Comisaría de El Porvenir a las pocas horas de haber sido detenido, mientras los fogonazos del fotógrafo no dejaban de alumbrar su rostro negro y desencajado. Todo lo acusaba, aunque juró su inocencia hasta el final, cuando un pelotón de fusilamiento acabó con su azarosa vida en la isla de San Lorenzo, ante la vista de decenas de periodistas que desde el mar pudimos presenciar el desenlace de una larga lucha legal por arrancar un perdón que nunca llegó. Su abogado, jugándosela el todo por el todo acudió hasta el Parlamento: pidió clemencia, gritó, lloró, pero nadie le hizo caso, ni siquiera un parlamentario que años atrás, cuando ejercía la abogacía, pasó por la misma vía crucis en la defensa de otro violador: el llamado “monstruo de Armendáriz”, que también pagó con su vida un delito similar, aunque a éste lo fusilaron en el desaparecido Panóptico.
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El imaginario popular limeño no sólo se alimentaba de las querendonas noches del Pigalle, el Embassy o el Olímpico, los centros nocturnos de moda en los años 50 y 60. Los llamados bajos fondos de Lima también pusieron lo suyo, y en este terreno Última Hora le quitó espacio a La Crónica, un diario que desde años atrás había hecho de las crónicas rojas el gran caballito de batalla de sus primeras páginas. Así lo reconoce el propio Mario Vargas Llosa quien hizo sus pininos periodísticos, incluyendo crónicas rojas, en La Crónica; y de cuya sección policial extrajo a los principales personajes de su novela Conversación en La Catedral: Carlitos Ney Barrionuevo, el gato Marcoz, el inefable Becerrita y Milton von Hesse, a quienes se sumó Norwin Sánchez, legendario periodista policial de Última Hora, cuya vida terminaría como en las notas policiales que escribió, en una reyerta de cantina.
Delincuentes como “El guta”, “Tatán”, “El invisible”, “El cubano”, “La rayo” o “La gringa” y sus espectaculares acciones delincuenciales, realmente de película, solían ocupar las primera planas. “Tatán” o “Niño dios”, por ejemplo, era hijo de un médico que tuvo a mal traer a la policía de esos años. Mil veces entró a la cárcel, pero mil veces también salió, siempre elegante, risueño, luciendo un diente de diamante obsequiado por una de sus tantas amantes. Paseó su figura por diferentes países de Sudamérica, pero siempre regresaba a sus pagos de los Barrios Altos, a redistribuir entre los menesterosos el producto de sus robos. Cuando en prisión un hampón lo mató a chavetazos una multitud lo acompañó hasta su última morada. En Las Carrozas, su barrio, nadie lo olvida, y los más viejos han hecho de “Tatán” una leyenda que a pesar de los años sigue corriendo de boca en boca.
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Azucena era su nombre de trabajo, o de combate. En el burdel donde laboraba, en la avenida Colonial, destacaba rápidamente aunque el recién llegado no la conociese personalmente. Bastaba con ver las colas que se formaban ante su cuarto, su horario especial y su tarifa, para darse cuenta de que era una trabajadora fuera de serie: sus artes amatorias la habían convertido en una mujer supercodiciada por los compradores de caricias. Agraciada de noche y también de día cuando no contaba con la complicidad de las luces putañeras, Azucena vivía en una próspera urbanización de Lima, mantenía y pagaba los estudios universitarios de sus hermanos en una Universidad particular, y a diferencia de sus colegas no cargaba con la cruz de ningún gigoló. Un buen día apareció liderando una huelga de prostitutas, la primera de su género en Lima, que ante la amenaza de extenderse a otros bulines tuvo que ser rápidamente neutralizada por los propietarios del lenocinio donde tan singular mariposa del amor —así se las llamaba— trabajaba.
La Crónica y Última Hora se disputaron palmo a palmo los lectores de las crónicas rojas. La Crónica había creado ese tipo de lectores, ávidos de estar al tanto del día a día de los bajos fondos; sin embargo, el mérito del tabloide de Baquíjano radicó en el uso de la replana para el tratamiento de esas noticias y de sus otras secciones, particularmente para los encabezados, con lo que inauguró un nuevo estilo al gusto de quienes con el nuevo periódico se sentían retratados ya no solo en cuerpo y alma, sino también en el habla; estilo llamativo y popular que surgió en el fragor del dar a luz una nueva edición.
Juan Gargurevich, quien se ha ocupado de la historia de ambos periódicos ha revelado que el primer titular replanero de Última Hora surgió de los aprietos que ocasionaba la rigidez de la ahora desusada topografía de plomo. Había que resaltar en la primera página el ingreso de miles de soldados de la República Popular China a la guerra de Corea y todos los proyectos rebasaban el molde tipográfico, hasta que apareció el histórico CHINOS COMO CANCHA EN EL PARALELO 38 que causó un impacto espectacular entre los lectores. Desde ese día se institucionalizó en el tabloide el uso del lenguaje popular y criollo, es decir el “chamullo”, en el que se daban cita el vals, la marinera, la chicha de jora y el chullo, según lo escribiría Hugo Villasís Suárez, uno de los grandes tituleros[2] con los que contó el diario.
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Última Hora fue el diario de mayor circulación a nivel popular. Es que el tabloide reflejaba lo que los habitantes de callejones, corralones, tugurios y barriadas gustaban encontrar en un periódico: sus peripecias cotidianas, sus costumbres, sus aficiones deportivas, la vida y milagros de sus ídolos, las últimas incursiones de los monarcas del hampa. El periódico creaba fama entre los de abajo, los tradicionalmente marginados por la prensa seria y acartonada. Y todo ello, como decía Villasís, vestido con el frac de la replana. Se vivían los tiempos del carnaval, de la multiplicación de las barriadas, de los reinados de belleza, del fútbol no mercantilizado y de las jaranas de rompe y raja. Y si se llegaba al sensacionalismo pues no pasaba nada ya que las fronteras entre la verdad y la primicia no estaban debidamente delimitadas.
Y el humor ultimahorero era también popular: supo expresar la conocida picardía limeña, la sandunga negra, la asimilación del provinciano -en especial del serrano- a la pillería capitalina y finalmente las idas y venidas de las pizpireta limeña. Aparecieron así las tiras cómicas “Sampietri” (Julio Fairlie), “Boquellanta” (Hernán Bartra), “Serrucho” (David Málaga), y “Chabuca” ( Luis Baltazar) para solaz de los lectores que en cada tira veían caricaturizadas sus propias vivencias. De todas esas tiras “Sampietri” se iba a constituir en un personaje emblemático. Cómo no iba a serlo si representaba al criollazo vividor y tramposo, faite y enamorador[3], tan común en los tradicionales barrios capitalinos.
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El periodismo es como la prostitución, se aprende en las calles. Así tronó el viejo Saúl Faúndez, dejando patitieso al bisoño Alfonso Fernández, ambos de El Clamor. Esto sucedió en Tinta Roja, la novela del Alberto Fuguet, pero también ocurrió en Última Hora. Los empresarios pusieron la plata, los noveles periodistas de los años 50 pusieron la pasión y la sangre, la raza y la imaginación, pero sobre todo el olfato del sabueso. Su única escuela de periodismo fue la calle La noticia se buscaba, aquí, allá, o acullá, no había un rincón de Lima que no se peinara: Prefectura, comisarías, hospitales, morgue, asistencia pública, callejones, barrios populosos, mercados, prostíbulos. Algo tenía que haber, la mojarrilla podía estar en cualquier estanque, lista para pescarla. Y si no se encontraba pues había que crearla, total, en un país donde las mentiras oficiales, como sucede ahora, eran cosa de todos los días, que un periódico se atreviese a entregarlas en papel periódico no era nada del otro mundo. Como Orson Welles decía – lo recuerda Jorge Vega, “Veguita”, conocido librero de hoy, y ayer un periodista de escasos 16 años- no había que dejar que la verdad matase la primicia[4].
Puente Piedra, febrero de 2006
[2] VILLASÍS, Hugo, Una Lima que se pasa, Gráfica 30, Lima, s/f, p.212
[3] COSTA, Humberto, Sampietri
http://libros/ peruanos.com/html/imagen-9html
[4] LI, Walter, Noticias de Ultima hora, El Comercio, A10, 24 de enero de 2006
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
AMPUERO, Fernando, Gato encerrado, Peisa, Lima, 1987.
GARGUREVICH, Juan, Última Hora, la fundación de un diario popular, La Voz Ediciones, Lima, 2005.
--------------------------------Mario Vargas Llosa, Reportero a los quince años, PUC, Lima, 2005.
JÁUREGUI, Eloy, Usted es la culpable, Ed. Norma, Lima, 2004.
Mi padre trabajo muchos años en la Ultima Hora fue reportero grafico, ahora vive en la Argentina y quisiera que me puedas enviar la foto de los ultimoreros que tienes en tu blog, a mi mail, jonatanmendezc@hotmail.com el nombre de mi papà es David Mèndez. Espero su repuesta. Desde ya muchas gracias.
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