LIMA EN SU LABERINTO
Taulichusco, en el recuerdo
Fotos: Elbita Vásquez Vargas
Las ciudades existen no sólo en la geografía sino en el espíritu, escribió alguna vez el maestro Raúl Porras Barrenechea. No le faltaba razón. Quienes pretendan conocer la otrora Ciudad de los Reyes, que está cumpliendo 473 años de existencia, únicamente a través de sus monumentos históricos, museos, o parques principales cometerían un serio error. La Lima de los tiempos de Porras, como la Lima de hoy, palpita en el quehacer cotidiano de sus habitantes, en el desarrollo de sus usos y costumbres, de sus hábitos y modas, de sus ocios y vicios, de sus estilos de vida y reproducción, de su arte culinario, música y danzas, y por supuesto que en su ostentación y boato o en sus pobrezas y miserias: luces y sombras que la acompañan desde su fundación.
La Lima de hoy, tan desigual como contradictoria, tan globalizada como anarquizada, ya no reposa en lo que todavía se denomina el cuadrilátero de Pizarro, tampoco en los tradicionales barrios que lo rodeaban: Barrios Altos, Rímac y Monserrate. Los llamados Conos de la gran capital levantados a pulso sobre arenales, pantanos, cerros y roquedales, algunos de ellos con más población que determinados departamentos y provincias del Perú profundo, son la demostración palpable de cuánto ha cambiado la capital fundada por Pizarro y sus huestes.
Porque como si se tratase de la venganza de Taulichusco, último cacique del valle, los hombres y mujeres de tierra adentro, con sus idiomas y culturas propias, han recapturado por oleadas los espacios que estuvieron, hasta la llegada de los españoles, en manos de los naturales; dándoles una vida económica y social que lleva el signo de la exclusión, pero al mismo tiempo la impronta de las fortalezas materiales y espirituales de esos mundos, de ese otro lado de la luna, como se los conoce en el argot de la pituquería limeña.
Por eso, siguiendo la pauta metodológica de Porras, hay dos rutas para encontrar el espíritu de la Lima de nuestros días. El centro de la vieja capital, hoy en proceso de revitalización urbana, y sus barrios aledaños siguen siendo un excelente derrotero. Sus calles, plazas, esquinas, templos, ambulantes, fiestas criollas y costumbristas (en la iglesia colonial de san Sebastián se celebran ahora misas en quechua), cantinas, prostíbulos, casas de juego, huachaferías de todo tipo, etcétera, constituyen un excelente material de referencia para quienes deseen acercarse a lo que fue la Lima pasadista y oligárquica, con lustre hasta la década de los 50 del siglo pasado; pero ahora cargada con el humor plebeyo de los nuevos limeños que se posicionaron primero en los coliseos y parques, para luego dar el salto buhonero hacia sus principales jirones y avenidas, mientras el lumpen de todos los rostros echaba raíces en medio de los vendedores de choclos, cremas dentales, lozas chinas, ropa usada, mercadería de contrabando, etcétera.
Una marcha hacia los Conos es la obligada segunda ruta para darnos con la Lima refundada por los conquistadores de rostro cetrino, que arribaron a la capital sobre todo en las 5 últimas décadas. Ahí no existen monumentos ni iglesias coloniales, pero uno se da con una Lima de mil colores, sabores y olores, con todas las hibridaciones habidas y por haber. No se trata solo del clásico cruce racial de ingas y mandingas, hablamos ahora de un proceso mucho más integral y de largo alcance cuyas primeras piedras en un marco informal fueron colocadas por los propios moradores al margen y en contra del Estado; pero a cuyo curso hoy se han incorporado capitales foráneos de diferente procedencia, que le están quitando el filo a ese empresariado nativo y autónomo que apostó por la capitalización de los Conos generando su propia modernidad.
Un ejemplo concreto es el Cono Norte. Ayer fue el reino de las esteras y de las construcciones sin licencia. Hoy es dorado de los bancos, financieras y de los supermercados que han hecho de él su espacio predilecto. Pero ahí mismo, peleándole la clientela a los poderosos emporios comerciales podemos darnos cara a cara con los pequeños y medianos comerciantes agrupados en tal o cual mercado, hablando en español, quechua o aymara, dispuestos a no dejarse arrebatar la clientela que baja diariamente de los cerros de los alrededores de Independencia, Comas o Carabayllo. Estos comerciantes operan espiritualmente con el aval del señor de Muruhuay, de la Cruz de Motupe, o de la Candelaria, sus santos patronos, que a su vez compiten en el mercado de almas con doña Sarita Colonia, santa patrona de microbuseros, tricicleros, choferes de micros, llamadores, carteristas y prostitutas.
Como puede suponerse, esta Lima ya no es la urbe perricholesca del puente y la alameda, tampoco es la ciudad del vals, la polca o la marinera a golpe de cajón, menos la del bolero o el mambo. Ahora es la metrópoli de Dina Paúcar y Sonia Morales, reinas y señoras del nuevo huayno, que se han metido a la radio y la televisión como Pedro en su casa; del grupo 5 y su culebrítica, de la orquesta Kaliente o Papillón, dignos herederos del recordado Juaneco y su combo; o también del propio Tongo que le puede cantar al sufrido peruano, como a las propias pitucas en su exclusiva Asia, mientras el reggaetón, se aclimata perfectamente en los arenales de Villa El Salvador y en los cerros de Comas.
Lo dijeron los Mojarras, del cerro San Cosme, que también tuvieron su cuarto de hora en el laberinto limeño:
Triciclo con zapatos, un vaso de chicha, un buen reloj, /camisas, chucherías, de todo en las calles y el montón, persignan la primera venta,/ las calles están repletas, impulsan el triciclo ambulante llamado Perú/Los micros están repletos,/ la gente se apresta a trabajar,/obreros, empleados, doctores, enfermeras y hasta un capitán,/ van mirando sus relojes /mientras el microbusero, impulsa esos pistones llamados Perú/


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