Lucho Podestá
Conocí a Lucho Podesta hace más de 10 años. Tuvo la gentileza de
presentar en la Asociación Guadalupana un libro sobre amores y boleros
que este escriba había trabajado en esos años. Le había dado en el bobo:
en su Arequipa natal, en su juventud había hecho música, y como toda su
generación le entraba con fuerza al bolero, como también al mambo, y de
cuando en cuando al tango. Lo que ignoraba de Lucho es que tras su
hablar respetuoso y querendón, había una faceta que recién conocí cuando
me leí, de un solo tirón, su libro: Cuatro Días de junio, en la que
como él subraya evoca el levantamiento de la muchachada del Colegio
Independencia en la Ciudad Blanca, en junio de 1950, y que derivó en una
insurrección popular contra el odriismo que fue debelada a sangre y
fuego.
De esos acontecimientos han pasado 70 años. Desde sus
cuarteles de invierno Lucho exhortó ayer a un minuto de silencio en
homenaje a sus compañeros del Independencia que un martes 13 de junio
resistieron a pie firme la feroz arremetida de la policía contra los
colegiales en huelga. Los mastines policiales estaban armados hasta los
dientes, apoyados desde afuera por una soldadesca que como
amenazadoramente dijo el prefecto Meza Cuadra, "disparaban a matar".
La policía no logró desalojar a los estudiantes, pero si dejó un
trabajador muerto y varios estudiantes heridos de bala. La reacción
popular, indignada por la salvajada represiva no se dejó esperar. De ahí
para adelante los hechos tomaron otra envergadura. Las campanadas de la
iglesia llamaron al pueblo a movilizarse en defensa de sus hijos,
contra el autoritarismo y la represión. Los trabajadores del mercado,
los obreros, los estudiantes, los vecinos, fueron ganando rápidamente
las calles, el levantamiento popular avanzaba a pasos agigantados. Una
chispa había encendido la pradera.
¿Que pedían los colegiales?
Sus reivindicaciones eran muy puntuales. En el colegio se estaba
imponiendo una disciplina de cuartel. La nota de conducta comenzaba a
ser utilizada como una gran espada que pendía sobre las cabezas de los
muchachos. Asimismo pedían cuentas. Sus padres habían pagado cuotas para
para la compra de equipos deportivos, pero un estudiante había muerto
por falta de colchonetas en el campo deportivo. En la misma dirección
exigían la mejora de la alimentación para los internos del plantel, dar
fin a los abusos de los profesores que incluso llegaban a golpearlos, y
el derecho a organizar sus asociaciones deportivas y culturales.
¿Qué relación existió entre la asonada estudiantil y la insurrección
posterior?. Si nos ceñimos a lo escrito en su libro por Lucho Podesta,
50 años después de los acontecimientos, no hubo ningún vínculo. Se ha
hablado mucho de la probable influencia de tal o cual organización
política. Podesta, que no fue un dirigente más, sino el líder del
movimiento, afirma que fue una reacción netamente reivindicativa.
Es posible, sin embargo, ensayar una respuesta de conjunto a la
interrogante formulada. En el año en que se produce la insurgencia
estudiantil y el posteriormente levantamiento popular, Arequipa está
herida en su amor propio, como está también golpeada por el desarrollo
de los acontecimientos políticos nacionales. El golpe del general Odría
en 1948 cointra el régimen constitucional, había devuelto a su casa a un
connotado patricio arequipeño: José Luis Bustamante y Rivero, elegido
presidente en 1945. Pero la bofetada mayor es que con Odría en el poder
se restauraba una visión ultraliberal y entreguista, que le daba la
espalda a las expectativas de los empresarios arequipeños, como a
sectores populares sureños, justo cuando económicamente el piso estaba
movido.
Arequipa estaba en crisis, ya no era la gran ciudad
cabeza de la comercialización de la lana que se producía en Puno y
Cusco. La producción de algodón en la costa peruana y la preferencia de
este producto en el exterior, en lugar de la lana, había descolocado a
la añeja ciudad, donde una burguesía pugnaba por coger la hegemonía
desde su vocación industrializadora. El raciocinio primario exportador
de la dictadura odriista complotaba contra sus intereses. Desde antes de
junio del 50 los diarios de Arequipa reflejaban las aspiraciones
ampresariales como también las movidas políticas y partidarias cointra
el dictador, que quería legitimar electoralmente su mandato. El
candidato opositor, el general Montagne, que fue puesto mañosamente
fuera de la competencia, estaba patrocinado entre otras fuerzas, por
sectores representativos arequipeños.
En este ambiente caldeado,
antidictatorial, democrático y regionalista, se produjo la huelga de los
colegiales del Independencia, un plantel señero de la vieja ciudad. La
brutal represión policiaca contra los estudiantes, -que como Podestá
indica estaban armados únicamente "del cariño y respeto por si mismos y
por el uniforme que lucían y por la firmeza de su convicción en la
justicia de su causa"- colmó el vaso de agua. La indignación ganó las
calles, el pueblo comenzó a aprovisionarse de armas, se levantaron
barricadas, los francotiradores tomaron posiciones, se formó una Junta
de Gobierno de la ciudad, se declaró la huelga general...espontáneamente
la insurrección había alumbrado,
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