Ay, pena, penita, pena
Serrat tiene razón. Así como ocurrió en las ciudades españolas, el vecindario limeño también cantaba. Lo hacían los hombres y mujeres de cualquier edad y los mayores, en especial los padres, interactuaban con sus hijos a través del canto, una espontánea forma de educar que las generaciones de hoy envidiarían. Valses, polkas, boleros, guarachas... se transmitían de boca a boca mientras los padres laboraban, descansaban, jugaban o se divertían en las reuniones sociales que se organizaban en los callejones o casas de vecindad. El canto, como también lo señala Joan Manuel, no era patrimonio de los cantantes -como sucede ahora- era un quehacer natural, normal, de las colectividades, que consolidaba a la familia, afirmaba los lazos en el vecindario a través de competencias informales, y generaba una insoslayable identidad esquinera y barrial.
La televisión no invadía todavía los hogares para desquiciarlos. El radio era el elemento clave en la difusión de las canciones que buscaban enraízarse en el gusto popular, o también existían los programas en vivo, en tales o cuales emisoras, en los cines de barrios a donde llegaban los artistas peruanos y extranjeros, o los periódicos en cuyas páginas de espectáculos los lectores encontraban las noticias frescas de sus ídolos y sus hits musicales.
Así fue como los limeños hicieron de Ay, pena, penita, pena - cuya autoría corresponde a Lola Flores- una de sus canciones preferidas, que en las voces del trío Los Panchos alcanzó una gran popularidad; como de España también llegaron las interpretaciones de Juan Legido y Los churumbeles: El beso, Dos cruces, Doce cascabeles y otras melodías españolas que todavía se siguen escuchando pero en las provincias serranas, en los clásicos albazos con que se abren las fiestas patronales, donde no puede faltar un pasodoble.
¿Cuando dejó de cantar Lima? La modernización capitalista de mitad de los 50 para adelante mató ese cantar, lo deshizo, porque los cambios económicos y sociales que se produjeron hizo flecos el clima social y festivo, en el que se desenvolvía una Lima que antes de esos años febriles parecía haberse quedado anclada en el tiempo. Como parte de ese fenómeno un intruso se metió en casa por la puerta grande: el televisor, que quebró la comunicación familiar, en especial la que se daba entre padres e hijos, fractura que con la crisis de los 80 y la diáspora de los 90 terminaría por sellar la incomunicación familiar.
En ese contexto no hay espacio ni tiempo para que los padres enseñen a cantar a sus hijos, tampoco existe el vecindario que desde el amanecer hasta el anochecer cantaba. El canto se convierte así en una práctica para los cantantes, no para afiatar las relaciones humanas. Ay, pena, penita, pena.
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