PUTERÍO
AL DESNUDO

Desde niño las putas llamaron mi atención. Siempre las veía en las portadas de los diarios: perseguidas, asustadas, cubriéndose los rostros, encima de los camiones policiales; o cuando de la mano de mi madre llegaba por los alrededores del Mercado Central - calles La Rectora y Mesa Redonda- a comprar pescado fresco, ni bien alguna de ellas asomaba su coloreado rostro por la puerta de alguno de los telos de mala muerte que le servían de refugio, obligatoriamente cambiábamos de vereda, seguramente para protegerme del halo pecaminoso con el que dichas vendedoras de fantasías de amor eran y son vistas hasta el momento.
Ignoraba a esas alturas de mi vida que Lima, la llamada Ciudad Jardín, bien podría haber sido llamada como alguna vez Nicomedes Santa Cruz la calificó - lo dice Jorge Vega Veguita, conocido burdelero limeño- Lima, la putona, me imagino por el desborde prostibulario del que hacía gala. En ese sentido, La Rectora y Mesa Redonda, a mediados del siglo XX, era uno de los tantos nichos -para emplear términos de hoy- putañeros que existían, luego del big band del famoso barrio rojo de Huatica, en el corazón de La Victoria, la primera experiencia centralizadora del puterío limeño.
Antes de Huatica, Lima, en términos burdeleros, era una pampa, donde las rosas del pantano - así las llamó el compositor criollo Fausto Florián, mientras otros las llamaban mariposas del amor, polillas, rameras, etcétera- crecían por doquier: en el centro de la capital, en el Rímac, Barrios Altos, Monserrate, Callao. Cada barrio tenía sus putas y sus putódromos, sus proxenetas, mamis, cafichos, sapos, padrinos. Viendo las cosas en términos simplemente urbanísticos, policiales, profilácticos y crematísticos, la centralización fue la voz, así surgió Huatica, luego Mejicalpán de las garnachas - México y Floral-, el Trocadero para luego, en los últimos años, procesar otro big band.
¿Y a qué viene tanta letra por el tema de las putas limeñas? Pues porque acaba de aparecer un libro: Guía Secreta, barrios rojos y casas de prostitución en la historia de Lima, con el que, gracias a su autor, Roberto Prieto Sánchez, se deja de hablar a media voz sobre un fenómeno social que hasta el momento sólo interesó a los municipios y unidades de licencias especiales, policías, médicos, cronistas, poetas, narradores y...paramos de contar.
Como lo dice el mismo título del trabajo, estamos frente a una guía para afrontar una realidad que interesamente permaneció oficialmente sumergida, y que hoy Prieto Sánchez, saca a luz con fotos, planos, croquis, padrones de predios, estadísticas, entrevistas y cuanta otra fuente informativa ha podido encontrar. Prácticamente ha levantado todas las piedras del puterío limeño para entregarnos la historia de la prostitución capitalina, que bien puede continuarse desde otras perspectivas. Lo dice Gonzalo Portocarrero en la presentación del libro: "quizá alguno se anime a proseguir este camino tan prometedoramente abierto".
El arquitecto Prieto, que de hecho, por su edad (34 años) no pudo conocer en vivo y directo los burdeles y corralones de Huatica o México, aunque de seguro pisó el Troca, la Nené y Las Cucardas -sitios emblemáticos de hoy- nos demuestra que la prostitución limeña es tan vieja como la ciudad, por lo que en lugar de pretender camuflarla o ignorarla, bien haríamos - como sucede en otros países- abordarla racionalmente. El texto de Prieto es un buen punto de partida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario