¿TODO POR UN GOL?
Fue un domingo como hoy, 24 de mayo, pero de 1964. Más de 300 hinchas pagaron con sus vidas su afición al fútbol, sus deseos de ver al equipo peruano en las Olimpiadas de Tokio de ese mismo años, como ya había ocurrido 4 años antes, en Roma, con el colectivo que capitaneara el cusqueño Ladrón de Guevara. La anulación del gol del recordado Kilo Lobatón, que catapultaba a los nacionales a esa Olimpiada, dejando en el camino a la selección argentina en ese encuentro del 24 de mayo, fue la chispa que incendió la pradera de la protesta aírada pero justa - el gol fue legítimo- que como siempre ocurre en el país - lo podemos constatar hoy en la protesta de los pueblos amazónicos- fue contenida a bombazos y balazos con el infausto saldo anotado.
Pero ¿todo fue por un gol? Si ubicamos el partido en el contexto social de esos años, la respuesta tiene que ser negativa. El Perú de entonces no era un dechado de satisfacciones. El hecho de que al año siguiente, 1965, estallaran las guerrillas de Luis de la Puente Uceda y Héctor Béjar, en el Cusco y Ayacucho respectivamente, es un referente importante de las profundas contradicciones que cruzaban ese escenario; donde los barones del azúcar y del algodón, los banqueros, mineros y grandes industriales, todos ellos asociados al capital extranjero, más los terratenientes tradicionales en el interior del país, pautaban el quehacer económico y político.
El régimen del Arquitecto Belaúnde, a un año de haberse instaurado, ya daba muestras de flaqueza ante el poder establecido. Su reformismo de mitad de los años 50 -en 1956 fue candidato del Frente Nacional de Juventudes con un programa donde la Reforma Agraria, el impulso industrializador y la solución del problema del petróleo, en manos de la IPC, eran sus principales banderas- iba diluyéndose ante el desencanto de quienes votando por él en las elecciones de 1963, habían apostado por el cambio y la renovación del país; pero que a mayo del 64 se encontraban nuevamente ante las mismas injusticias y desigualdades que golpeaban sus existencias.
En ese contexto de desalientos y frustraciones, el fútbol, ese opio adormecedor de la modernidad de nuestros días, reorientaba las ilusiones hacia su terreno, donde la clasificación a Tokio no era una quimera. La oncena peruana llegaba en sus mejores condiciones al encuentro clave con los argentinos. En el Coloso de José Díaz, ese 24 de mayo se jugaban los boletos, bastaba un empate, justo lo que Kilo Lobatón, con su gol, le entregaba a esa afición desengañada de sus gobernantes, pero esperanzada en un equipo cuya delantera: Rodriguez, Zavala, Casaretto, La Rosa y Kilo, le había dado más de una satisfacción en sus enfrentamientos con Ecuador, Colombia y Uruguay.
La anulación de ese gol fue la gota que colmó la paciencia de esa afición a la que ya no solo le sustraían sus sueños de transformación del país, ahora, en el gramado del Estadio Nacional le estaban robando sus esperanzas de ver a sus equipistas en Tokio. El ingreso raudo de Vásquez Campos, el negro "Bomba", para tomar justicia con sus propios manos, y la violenta reacción de la policía contra el intruso le echó más gasolina al fuego. La protesta fue en crecimiento: la tribuna norte, oriente, y sur, en ese orden, amenazaba con desbordarse, cuando el mayor de Azambuja, el jefe policial, tomó la decisión fatal: bombas y balas contra la muchedumbre, total, era la costumbre institucionalizada en el Perú de esos días. Lo sabían los obreros, estudiantes e intelectuales de las ciudades, los campesinos y mineros del interior del país, toda protesta concluía con los garrotazos policiales y los chorrazos de agua del Rochabús.
La hinchada se alzó primero contra el árbitro, "Bomba" simbolizó esa reacción masiva. Pero cuando los muertos pisoteados, asfixiados y baleados, comenzaron a apilarse en pasadizos y graderías, dejando al descubierto la magnitud de la tragedia, la multitud cargó contra todo y contra todos. A la policía le faltó balas en las afueras del Estadio para controlar la situación. Fue la explosión espontánea de un pueblo que se sintió asaltado una vez más en sus esperanzas. La argumentación gubernamental de que existieron "agitadores comunistas" de por medio nunca pudo ser probada. Tenía que ser así: la izquierda radical, insatisfecha con la lucha legal ya estaba preparando su alzamiento en el campo; mientras que el viejo Partido Comunista promoscú, se sacudía internamente por la insurgencia de corrientes propekinesas que alteraban su estrategia legal.
En conclusión, no todo fue por un gol. En los sucesos del 24 de mayo de 1964 hubieron poderosos factores económicos y sociales que constituyeron la levadura de una reacción formalmente deportiva, que desembocó en la tragedia que estamos comentando; lección que si nos guiamos por la violencia institucionalizada en las barras bravas de los clubes deportivos de hoy en un escenario social repleto de leña seca, lamentablemente no ha sido asimilada.

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