Conocí a Julio Fairlie, alias El flaco, en los sesentaitantos. Ya era una leyenda del periodismo, del nuevo periodismo que había surgido en el tercer piso de la calle Baquíjano 745, en el jirón de la Unión, donde se editaba el diario Última Hora, uno de cuyos puntales era justamente el creador de Sampietri. Dicho tabloide, de la mano de Raúl Villarán, Efraín Ruiz Caro, Lucho Loli, Lucho Curié, entre otros otros jóvenes estudiantes y bohemios, había revolucionado el diarismo nacional, al adoptar una nueva manera de relacionarse con sus lectores: la priorización de las crónicas policiales y deportivas y el uso del habla popular en sus llamativos titulares. El flaco había puesto lo suyo en lo que era su salsa: la historieta y el humor. Sampietri fue su creación heroíca, y con este personaje, que reflejaba el modo de vida del limeño vago,mujeriego y pendenciero, Fairlie le ganó el vivo a otros periódicos, que al igual que Última Hora antes de Sampietri, sólo publicaban historietas de origen extranjero. Con Serrucho, de David Málaga, Boquellanta, de Hernán Bartra, Chabuca, de Luis Baltazar, y más tarde Angelitos, de Víctor Escalante, se redondearía el pool de artistas de la historieta, que ponían las tiras de un humor que nacía en la propia idiosincrasia popular, de ahí su gran éxito.
Sampietri y su sobrino Puchito
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