miércoles, 27 de febrero de 2008

AL ENCUENTRO DEL PASADO
Foto: Elbita Vásquez Vargas

Estamos viviendo la etapa de los recuerdos. No necesitamos precisar edades para constatar que el presente se nos está angostando y mezclando con el futuro, muchas veces incierto, mientras que el pasado se ensancha paulatinamente porque sus nutrientes, los recuerdos, si los buscamos adecuadamente, están siempre al alcance de nuestra memoria, frescos, desbordantes, inquietantes, mientras que el presente, sí, el presente, a veces se nos presenta con baches, vacíos y lagunas, que se van haciendo cada día más grandes, conforme los años nos van ganando.

Es la ley de la vida nos suelen decir los médicos: recordar más el pasado que el presente. Lo sé también por mi madre, una anciana de 84 años que recuerda perfectamente y con alegría el día, la hora, el lugar y las circunstancias en que vine al mundo, pero a cuyo rostro se le escapa la dulzura a la hora de acordarse de si tomó o no desayuno.

En este sentido, los textos que componen “El amor en tiempo de bolero”, reflejan, la mayoría de ellos, ese pasado que aluvionalmente o a puchos vuelve hacia nosotros a cada momento, que en mi caso lo estoy atrapando en cada una de las líneas de esos escritos, mientras lo vuelvo a vivir, lo gozo, lo modelo, lo achico o lo agrando, para alcanzar finalmente el placer de recrearlo y trasmitirlo. No se necesita estar en el Olimpo de Vargas Llosa o de García Márquez para gozar escribiendo. Los simples mortales también podemos aventurarnos en el mar de las letras para regodearnos escribiendo y contando, contando y escribiendo.

Yo estoy en ese curso. Han pasado los tiempos en que escribía para vivir, también he superado los años en que escribía para cambiar la vida y el mundo, hoy escribo para que la vida no me gane; lo hago con alegría y frenesí, sacándole cachitos a esa vida y gozando mientras escribo:

“Con Agustín Lara el amor llegó a ser efectivamente pan de la vida y sortilegio total. Nada escapó al genio y sentimiento jarocho: la entrega total, las ansias, los celos, la nostalgia arrebatadora, el culto a la mujer, (en sus palabras: la más completa expresión de la belleza/ vida en donde principia la vida/ luz en donde el sol enciende los luceros, ríos de todas las lágrimas/selva y rosal/amor y perdón), el dolor y la angustia provocados por la pasión (como diría Jorge Amado, "el amor no es una espina que se arranca, un tumor que se corta, es un dolor rebelde, pertinaz, que mata por dentro"), llevado al clímax en "Arráncame la vida": Arráncame la vida con el último beso de amor/arráncala, toma mi corazón/arráncame la vida/y si acaso te hiere un dolor/ha de ser de no verme/porque al fin tus ojos me los llevo yo/”.[i]


Fanático como he sido del fútbol, estoy frente a la computadora pergeñando un escrito, pero siento, mientras le doy forma, que estoy en la tribuna norte del Estadio Nacional de Lima viendo un PARTIDO DE FÚTBOL, con mayúsculas:

“Porque el fútbol es ante todo fiesta y diversión. Así lo sentían los prestidigitadores del balón, así lo celebraban las tribunas enfervorizadas. Una, dos, tres gambetas y ahí va la vieja, como en el billar, de una banda a la otra banda. Y ya llegan los toques de salón, el desborde zigzagueante: por la derecha, por la izquierda, el sombrero pinturero, el túnel liquidador, el ensueño del taco, la majestuosa chalaca. Un verdadero trabajo de joyería. Aplausos señores, ya viene el gol, y si no llega ¡que importa! total, la vista se ha recreado, la alegría se ha desbordado y el estadio se ha venido abajo bajo la pasión desbocada de la hinchada”.[ii]

Son los boleros los que me transportan a ese pasado cuando conscientemente lo busco. Pertenezco a los tiempos de la cantina y de la rockola, pero mis pininos musicales los hice con el pick-up y sus discos de carbón de 78 revoluciones. Y aquí me encontré con Los Panchos y Los tres caballeros, con Leo Marini y Bienvenido Granda, con Panchito Riset y Lucho Gatica, con Daniel Santos y Vicentico Valdés, entre otros grandes boleristas. Y si a éstos le suman las películas del cine mejicano con sus truculentas historias de amor del mundo urbano y el ambiente melosamente romanticón de la Lima de los años 50, pues tendrán que coincidir conmigo en que ese Pregrado fue bastante exitoso.

No puedo permitir por ello el licenciamiento de mi vieja tornamesa ni de mis viejos discos de 33 y 45 revoluciones porque en ellos se iría gran parte de mi vida, con la que suelo reencontrarme periódicamente. Es un ritual. Busco el disco, lo limpio, escojo la canción, sacudo las pelusas de la aguja, pongo el disco, le doy un envión con la mano para que empiece a girar, y a recordar se ha dicho. Ahhh, olvidaba, no puede faltarme un buen trago, es un excelente lubricante para las añoranzas, que empiezan a surgir desde el momento en que el disco va soltando lentamente, por ejemplo, la voz de Los Panchos, que cada día cantan mejor, para decirnos:


Amorcito corazón
Yo tengo tentación de un beso
Que se prende en el calor
De nuestro gran amor, mi amor
Yo quiero ser un solo ser
Y estar contigo
Te quiero ver en el querer
Para soñar


Y sueño con los ojos abiertos, en blanco y negro. Y va desfilando mi niñez, mi barrio, las inalcanzables chicas bonitas a las que uno precozmente hubiera querido arrullarlas con esos versos, las candorosas serenatas, los amores y desamores, los quemantes amores prohibidos. Y a soltar la red se ha dicho señores, para atrapar esos recuerdos, ponerlos en filita, tamizarlos, para llevarlos al papel, o archivarlos para cuando llegue el momento de aprovecharlos.

Los recuerdos no nos llegan fácilmente. Hay que buscarlos y aguijonearlos para que vayan apareciendo. Unos optan por una carta, otros por una fotografía, y hay quienes prefieren una prenda del ser amado. Yo opto por los discos y los boleros, por ello concuerdo con quienes afirman que recordar es volver a vivir, el truco está en el cómo recordamos y para qué recordamos. Ya señalé mi ruta de recuerdos, ahora sólo me falta decir que me gusta recordar para que a estas alturas de mi existencia, el guerrero que todos llevamos adentro repose bien, se sienta cómodo y sea feliz a su manera.

[i] Alberto Mosquera Moquillaza, El amor en tiempo de bolero, Ediciones cuartelprimero, Lima, 2006, p.38
[ii] Alberto Mosquera Moquillaza, Ibid, p.98
(Texto leído en la tertulia literaria-musical organizada por la Asociación de Egresados de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, que preside Javier Recuenco, en la noche del 26-02-08 en el distrito de Miraflores)

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