sábado, 3 de noviembre de 2007

¡QUE SIGA LA JARANA!

Foto: Elbita Vásquez Vargas


Ya pasó el 31 de Octubre, Día de la Canción Criolla, ya pasaron también las resacas, las recontrarresacas y la madre de todas las resacas y recontrarresacas, propias de un fin de semana largo inmediatamente después de tan magna fecha. Como aperitivo, el gobierno, ávido de aplausos, concedió pensiones vitalicias a veteranos cultores del arte de Pinglo y Chabuca Granda, aunque se "olvidaron" de Manuel Acosta Ojeda; y el Municipio capitalino organizó una semana de festividades a propósito de la celebración, pero donde la música criolla ocupó un espacio más dentro de otros dedicados a ritmos que tienen hoy sus propios seguidores, en una ciudad culebrítica que ya no es la Lima de los Romanceros Criollos ni la de Jesús Vásquez, menos la de Montes y Manrique.

Como siempre, el nucleo de los festejos estuvo en los clubes criollos, que sobreviven a pesar de todo, o en aquellos reductos familiares donde el cancionero de Lima, sus comidas, y el ambiente festivo y jaranero tienen todavía vigencia como para tomarse unos piscos, escuchar a las viejas y nuevas voces, ganarse unas décimas al estilo de Germán Súnico o Roberto Arriola, y meterse unos valses y polkas con el taco, que ahí viene el cachaco, de esas que tanto gustaban a la doña que prestaba los muebles.

Este año, los medios de comunicación también pusieron lo suyo. Se pudo escuchar al maestro Oscar Avilés haciendo memoria sobre tal o cual vals, o repasando anécdotas propias o ajenas de su largo periplo musical; mientras Carlos Hayre y Manuel Acosta rememoraron en los diarios sus inicios musicales y amicales, sus avances rítmicos, y por supuesto que la bohemia de sus tiempos; y ambos, al lado del cholo Luis Abanto Morales y otros cultores del criollismo, aparecieron en un excelente programa televisivo del hermanón Belmont dando clases de criollismo, del bueno, incluyendo chanzas y contrapuntos, de aquellos que facilmente ya no se escuchan, pero que en los tiempos de oro del criollismo limeño constituían el marco en medio del cual se soltaba la inspiración para hacer filigranas con la guitarra o soltar glosas, versos y canciones.

César Lévano, en un editorial del diario la Primera dice optimistamente que la fiesta debe seguir, y así lo entienden los criollos, pero no todo es color de rosa. Darío Mejía, un ilustrado amante del criollismo y de los Barrios Altos, su cuna, nos acaba de decir que este barrio ya no es el semillero criollo de antaño. Y el propio Augusto Polo Campos, citado por Mejía, está proponiendo que se imparta cursos de música peruana en los colegios porque "no se puede matar a la música con la que nos arrullaron nuestros padres y abuelos", iniciativa que es una buena manera de continuar con la jarana, y que si la memoria no nos es infiel ya fue una hermosa realidad en el pasado.
Pero ese es el camino. Los reconocimientos oficiales son importantes, pero no lo cubren todo. El mismo Polo Campos, Oscar Avilés, Arturo"Zambo" Cavero, Luis Abanto Morales y la chola Jesús Vásquez hace bastante años que fueron reconocidos por la OEA como "Patrimonio Artístico de América, pero de esa fecha hasta nuestros días nada sustancialmente nuevo ha pasado en el mundo de la música criolla. Creemos por ello que la ruta de los colegios, de los municipios, de los clubes, y sobre todo la de los hogares pueden constituirse en esos semilleros de los que Darío Mejía nos hablaba.
La tarea no es sencilla. Los escenarios urbanos del criollismo clásico y las condiciones en que éste se desarrolló ya no existen. La modernización productiva de Lima – cuna del viejo criollismo- en la segunda mitad del siglo XX, acompañada de una oleada migratoria desde todos los puntos del Perú hacia la capital de la República, constituyeron un proceso que selló la suerte de la añeja Lima, la del puente y la alameda, y de los viejos limeños: faites, amantes del pisco, del cebiche de bonito, del arroz con pato, y eximios cultores de la canción criolla, sea como compositores, intérpretes, guitarristas, cajoneadores, o simplemente como danzantes de valses, polcas o marineras limeñas.

Eran los tiempos en que los artesanos, obreros y empleados limeños, inquilinos de callejones de mil nombres o de viejos caserones de Monserrate, Barrios Altos, Malambo o Malambito – sólo por citar algunos barrios famosos- le sustraían horas al sueño y al trabajo para dar paso a la inspiración y a la farra, sana y de buena ley; y a la que de cuando en cuando podía filtrarse algún blanco de familia renombrada, al estilo de Alejandro Ayarza, el famoso karamanduka, dispuesto siempre a bailar, cantar, o a “tirar trompadas”, como cualquier guapo de barrio. El premio mayor de estos criollos, lo ha dicho Manuel Acosta Ojeda, era la sonrisa de una mulata o la presa más grande del caldo de gallina.

Se tiene entonces que nadar contra la corriente, con mayor razón si vivimos tiempos del capitalismo salvaje, extranjerizante por naturaleza. Aunque parezca paradójico la fortaleza del criollismo está en su propia sobrevivencia, en la memoria y actuar de aquellos sectores que resistiendo a todas las adversidades mantienen su presencia y hacen del 31 de octubre la gran fiesta de sus fiestas, con alegría, risas, palmas, y vivas.
Por eso, como decía el buen Julio Morales San Martín:
¡Prepárate criatura...¡
llama al cajón con la "viola"
que, ¡la vida es una sola¡
pero, antes, ¡un buen copón¡
que a mi "cumpa" don Julián
que es de los viejos jilgueros,
se le ha enfriado el gargüero
¡y hay que darle un empujón¡
Puente Piedra, noviembre de 2007


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