domingo, 21 de octubre de 2007

EL REINO DE LOS SESENTONES

A paso ligero, ideal para los tiempos del turbocapitalismo que vivimos, hemos ingresado al reino de los sesentones. ¿Qué se siente llegar a esta parte del camino?, me han preguntado familiares y amigos. A todos ellos debo decirles que me siento como esos generales que alcanzaban sus estrellas por los méritos logrados en los campos de batalla. Las experiencias vividas, de victorias y derrotas en mil escenarios, se ven simbolizadas en esas estrellas, que uno las lleva en la mente y en el alma. Las canas y las arrugas, visibles a la hora de mirarnos al espejo, no las llevamos en vano, cada una de ellas es el resultado de una historia diferente, algunas convertidas en leyenda por la generosidad del millón de amigos que con orgullo me gasto.

Desde otro ángulo me siento como un torero al que le están cortando la coleta; nunca dejará de ser torero, pero la ceremonia del corte indica la existencia de un antes y un después; de un antes que se inició de repente siendo monosabio para concluir en la fase de matador, y de un después de la ceremonia del corte de coleta. Ese torero será matador toda su vida, pero los escenarios serán diferentes. Como suelen hacer las águilas: hay un momento en sus existencias en que para seguir adelante hay que cambiar de plumaje, de garras y de pico. En ese proceso estamos porque amigos míos, la misma vida nos indica que todavía hay bastante pan por rebanar.

Por eso hablo del reino de los sesentones. Tengo la suerte de pertenecer a una generación sanmarquina que será eterna en los anales de la vida universitaria. Ella combinó sueños con alegría, esperanza con utopías, solidaridad con rebeldía, idealismo con desprendimiento; al pasado le opusimos el futuro, al pesimismo, el optimismo. Y todo, todo ello, cantando y bailando, porque caramba, había que saber de donde eran los cantantes, si eran de La Habana o de Santiago, tierra fascinante, habiendo descubierto entre rones y trombones que eran de la loma pero cantaban en el llano.

Si Monserrate, el glorioso Guadalupe, y el trajín periodístico me permitieron darle el rostro al país realmente existente, las aulas sanmarquinas me otorgaron el raciocinio y la alegría suficientes como para soñar con un país y un mundo diferentes, para que ya no sean como hasta ahora: anchos y ajenos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario