sábado, 14 de febrero de 2009

EL PAÍS DE
UCUNCHA
Alberto Mosquera, José y Armando Torres Díaz
Foto de Elbita Vásquez Vargas


Laguna, en Bolívar

El pasado 11 de febrero, en la Asociación Guadalupana, se presentó el libro El país de Ucuncha, cuya autoría corresponde a José Torres Díaz. A la cita concurrieron los hijos de ese distrito, como también de poblados cercanos, todos pertenecientes a la provincia de Bolívar, en la Libertad, y que le impregnaron a la reunión una halo nostálgico, de fiesta y recuerdos, de reencuentro y añoranza del terruño. El libro fue presentado por el suscrito, leyendo un texto, que a continuación publicamos.

Alberto Mosquera Moquillaza


Cuando salí de mi tierra
de nadie me despedí;
sólo las flores del campo
lloraron cuando salí

Anónimo
Señoras y señores:


El capítulo de las migraciones del campo hacia la ciudad en el Perú contemporáneo, es uno de los fenómenos más apasionantes de la historia social peruana. Los especialistas sostienen que es posible determinar constantes en ese proceso de desarraigo: de todo el Perú hacia Lima, de la sierra norte hacia la costa norte, de la sierra sur hacia la costa sur, de la sierra central hacia la costa central, de los pueblos chicos hacia los pueblos grandes; así como también establecer generaciones de migrantes que dejaron sus pagos a lo largo del siglo XX, en especial en su segunda mitad, empujados por una inacabable crisis agraria, pero más adelante por la violencia política que amenazó con engullirse el país entero, pero también por las ilusiones de conquistar un mundo mejor, un futuro promisorio, de acuerdo a sus expectativas y sus sueños.

Es cierto que no todos pudieron hacer realidad sus anhelos, pero de posicionarse en la vieja Ciudad de los Reyes, sí que lo lograron. La nueva Lima, la del siglo XXI, la de los apellidos plebeyos: quechuas y aymaras, pero también la de los apellidos españoles, pero aclimatados en medio de los quinuales y maizales andinos, no se explica sin esa multitudinaria invasión silenciosa, que trastocó el orden urbano, absorbiendo primero la ciudad colonial del puente y la alameda, para luego volver a fundarla bajo el imperio de costumbres, modos de vida, música, poesía, y colores, de quienes, en un periodo corto de tiempo dejaron su estatus de conquistados, para asumir el de conquistadores.

José Torres Díaz, y su hermano Armando formaron parte de esas legiones de provincianos, que en circunstancias muy concretas de sus existencias, tomaron la decisión de dejar sus pagos en las serranías peruanas para aventurarse, en medio de los ahora olvidados arrieros, en cruzar a pie la Cordillera de los Andes – como todavía ahora se hace – llegar a la punta de la carretera, tomar aire, echar mano nuevamente al fiambre, dar un último vistazo hacia el camino que se está dejando y al cual sabe dios si se volverá a recorrer, y en el primer carro enrumbar hacia lo desconocido: geográfica, histórica y culturalmente hablando.

Se había iniciado el doloroso proceso del desarraigo. Dejar atrás las raíces familiares, los amigos, la tierra protectora que los vio nacer, sus múltiples fragancias y frutos, la vieja casa de adobe o tapial, los abuelos vivos o muertos, los animales, las costumbres asumidas desde la infancia, la escuela, el viento ululante y frío de las jalcas, el sol y el cielo serrano siempre radiantes, el hablar de las aguas cristalinas de los ríos, lagunas y puquiales, el cantar de los ruiseñores y picaflores, es decir, dejar atrás ese mundo diferente, ese país de Ucuncha – en el caso de los Torres Díaz- para aventurarse en tierras extrañas, tradicionalmente inhóspitas – como lo fue la Costa para los serranos- no es fácil.

Existe una quiebra sentimental, un antes y un después que no se puede mensurar, que dejaba, y sigue todavía dejando, huellas hondas en el alma de los migrantes, sobre todo si se trataba de sobrevivir en una ciudad tan altiva, orgullosa, y excluyente como era la vieja Lima. Porque la disyuntiva, abierta o encubierta, para los provincianos estaba planteada desde el momento en que pisaban la ciudad colonial. O se aculturaban, vale decir dejaban de lado su alma andina, para asumir el alma de los criollos; o parapetándose en su irrenunciable mundo andino se aclimataban en tierras extrañas, asumiendo la máscara de lo costeño y criollo, sin renunciar a sus orígenes, creando sus zonas liberadas como fueron los Coliseos, clubes provincianos, o, en el caso de las mujeres, tomando amorosamente por asalto el verdor de los parques y plazas de Lima, la húmeda, la de cielo eternamente gris.

José María Arguedas, quien en más de una oportunidad dio cuenta de la hostilidad limeña a los provincianos, dijo en una memorable oportunidad que él no era un aculturado, porque era un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, hablaba “en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

Desde esta perspectiva, el libro “Mi país de Ucuncha”, es una prueba palpable de que los hermanos Torres Díaz nunca olvidaron sus orígenes, su cultura, sus serranías. Vencieron en Lima, la conquistaron, se amoldaron a las vivencias y costumbres urbanas, pero nunca dejaron de lado la tierra que los vio nacer, a la que espiritualmente estuvieron ligados a través de las cartas, telegramas, comunicaciones radiales, o simplemente a través de los recuerdos y las embestidas de la nostalgia. Pero a la que también regresaron, una y otra vez, para volver a recorrerla con la misma alegría de sus años juveniles: cantando, bailando, saboreando ora la papa, ora el cuy, ora el mote de trigo, los chicharrones y la chicha de jora, sin dejar casi religiosamente de acercarse al Marañón, siempre turbulento, llevando vida y colorido, pero también arrastrando la muerte… La serpiente de oro la llamó Ciro Alegría.

Personalmente puedo dar fe que José Torres, a quien conocí hace mil años en el diario La Prensa de Lima, hizo casi una religión del amor a su tierra. ¿Cuántas madrugadas me habló de Ucuncha mientras caminábamos desde el jirón de la Unión, donde quedaba el diario, hasta la casona del jirón Rufino Torrico donde vivía? Sinceramente lo he olvidado. Pero por él supe de la existencia de ese pueblo liberteño, al que sólo podía llegar a pie, luego de un largo periplo que lo llevaba hasta Celendín, en Cajamarca, para de ahí enrumbar hacia la añorada tierra. Por él también conocí que antes de partir tenía que avisar por radio de su llegada, para después, desde las alturas, divisando ya Ucuncha, hacer señales de humo, avisando, emocionado, que ya estaba ahí, reencontrándose con los vientos y las fragancias de la tierra amada, que faltaba poco para volver abrazar a los seres queridos, preguntar por éste o por el otro, mientras que los cuyes y la chicha aparecían y desaparecían, en medio de besos y abrazos calurosos, en tanto que una cortina musical regional llamaba a la alegría.

José Torres reside hoy en Estados Unidos de Norteamérica. En San Marcos se hizo de un título y de un mirar científico y universal de la vida., que reforzaron su espíritu inquebrantablemente provinciano. Entendió así que podía ser un hombre de mundo, moderno, universal, sin dejar de querer a Ucuncha, su patria chica, que lo vio nacer y le dio el primer sentido de identidad a su vida.

Por esto es que pienso que con este libro sobre Ucuncha, los hermanos Torres Díaz, además de demostrar el cariño a su terruño, van a contribuir a un mejor conocimiento del Perú realmente existente, del Perú profundo como lo llamaba Jorge Basadre, el historiador de la República. Esto, porque a través del relato, de las anécdotas, del registro de las actividades agrícolas y ganaderas, prevalecientes en Ucuncha, o de la instantánea fotográfica, tan útil para estos menesteres, nos revelan lo que para muchos peruanos son áreas ignotas, por su lejanía, por el desconocimiento de su existencia, o porque a pesar de ser conscientes de que son algo más que un punto geográfico, no los consideramos parte de nuestro ser colectivo; manifestando, en este último caso, la fractura del país, la falta de identificación con nuestras tierras, gentes, historias, culturas y lenguas. No sentimos el país como totalidad, en su diversidad, en su heterogeneidad, porque prima hasta ahora una visión interesadamente excluyente.

En este sentido, “Mi país de Ucuncha”, desde la visión del ucunchano común y corriente fortalecerá la memoria histórica del pueblo, la que seguramente corre de boca en boca, de generación en generación, pero que ahora, por primera vez, se registrará en negro sobre blanco, fotografías incluidas. Al mismo tiempo, desde una perspectiva de totalidad, el libro permitirá enlazarnos con nuestros conciudadanos a través del reconocimiento de su existencia, de sus actividades productivas, de sus usos y costumbres, de su sabiduría ancestral, de sus fiestas multicolores.

Finalmente preguntamos: ¿Nuestros gobernantes conocían Ucuncha? Por la despreocupación con la que el pueblo ha sido tratado a lo largo del tiempo, parecería que no. Pero los más memoriosos recuerdan que a Bolívar, la capital de la provincia, llegó alguna vez el Arquitecto Fernando Belaúnde Terry, dos veces Presidente de la República, regalando una casaca, que posteriormente le permitiría a un ucunchano visitar Palacio de Gobierno. Belaúnde, no había olvidado el hecho, el ucunchano fue su invitado de honor. También arribó, en otra oportunidad el hoy congresista trujillano Luis Alva Castro. Los memoriales de reclamos nunca faltaron, pero las respuestas no se dieron en la medida de las expectativas de los ucunchanos. La modernidad, sin embargo, está llegando, a cuentagotas, pero está llegando. La ansiada carretera ya está cerca, el teléfono e Internet ya son una realidad, pero las señales de humo todavía constituyen la manifestación del ingenio de un pueblo ávido de comunicación.

Antes que esa modernidad, como ocurre en otros puntos del país, se lleve de encuentro vivencias personales y experiencias colectivas que le han dado y le dan sustento a la vida de Ucuncha, nada más oportuno que este libro de los hermanos Torres Díaz, tan cariñosamente trabajado, y que para el suscrito es un honor presentar.
Muchas gracias

Lima, enero de 2009

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