Foto: Elbita Vásquez Vargas
En mi niñez, cuando me peleaba con la comida - el hígado frito, la sopa de sémola o la polenta - mi madre, con la paciencia hecha añicos, solía soltar lo que consideraba una amenaza casi siempre terriblemente persuasiva: ¡ cuando llegue la hambruna ahí vas a llorar! Más rápido que inmediatamente la comida como por encanto desaparecía de la mesa. En mis fantasías, engordadas en la Lima tradicional de mediados de los años 50 por tantos cuentos de brujas, aparecidos, entierros y jinetes sin cabeza, la figura de la hambruna era monstruosa. Me la imaginaba como una anciana horrible, con dos o tres cabezas, o algo por estilo, y cuya inmunda tarea era tragarse a los niños que no querían comer.
Con los años caló en mi el verdadero mensaje maternal: en medio de la escasez teníamos la oportunidad de tener un plato de sopa a la mano, cuando llegase la época de las vacas flacas, de la falta de alimentos, ni eso íbamos a tener. Si alguna duda hubiera quedado del verdadero significado de la hambruna, la vida misma se encargó de despejarla. En esos años, una espantosa sequía en el altiplano puneño, con su secuela de hambre y miseria para miles de parias del campo, constituyó la alucinante lección con la que terminamos de entender la exacta dimensión de una hambruna.
En el siglo XXI, con los adelantos científicos y tecnológicos y la tan mentada globalización capitalista, nada ha cambiado en lo sustancial para la vida de los pobres. Al contrario, desde el propio desarrollo contradictorio de esos mismos logros modernizadores, la hambruna está asolando la vida de millones de familias en el mundo entero. El alza de los precios de los productos de primera necesidad está sembrando el hambre, aquí y allá. Que el propio Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, artífices de las políticas que justamente han provocado crecimientos desiguales como en el Perú, hayan reconocido el caracter potencialmente explosivo de esa carencia de alimentos, o que la FAO haya lanzado un dramático S.O.S. para paliar la crisis en regiones como Centroamérica, donde existen cerca de 8 millones de desnutridos, son indicadores que no hay que desdeñar.
La tendencia alcista de los alimentos no tiende a frenarse, al contrario, aumentará, con lo cual, según el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, 100 millones de personas se sumarán al mundo de los hambrientos. "El Programa Mundial de Alimentos requiere de 775 millones de dólares para impulsar ahora sus programas humanitarios", ha dicho el alto funcionario. Me pregunto si lo escucharán. En las Cumbres Mundiales de Alimentación, los paises presentes, entre los cuales siempre figuran los más poderosos del mundo, suelen acordar luchar sin desmayo por la erradicación del hambre en el mundo. Después de las citas pocos se acuerdan de sus compromisos.
En 1999, ante un cuadro tan deplorable como el que estamos señalando, escribimos que no habían salidas de largo alcance, y que lo único que se podía visualizar era el empeño en convertir a cada uno de los beneficiarios de los programas asistenciales en un menesteroso, "que ha reducido su derecho a la vida, a la salud, a la educación y al trabajo, a un plato de comida". Las cosas no han cambiado en nuestros días, ahora los pobres ni duermen, esperanzados en que en algún momento de la madrugada, los soldados toquen sus puertas para recibir una bolsa de alimentos con la cual neutralizar el hambre.
No hay que ser adivinos para advertir que se avecinan días difíciles. El hambre es un excelente agitador de multitudes. El Banco Mundial ha pronosticado revueltas en más de 30 paises, concluyendo en que el tema "se puede convertir en un problema de seguridad nacional y desequilibrio mundial". Pero mientras algunas naciones toman sus precauciones para afrontar coyuntural y estratégicamente el problema (8 naciones de África Occidental han creado un fondo de 500 millones de dólares para paliar el aumento de precios de los alimentos e impulsar
una banca de desarrollo), en el Perú se priorizan medidas asistencialistas y punitivas. Nada han aprendido, los palos y la cárcel, no resolverán el problema, lo agudizarán, así lo señala la historia del siglo XX en el Perú.

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