La discusión, centrada en si la responsabilidad era del puma o de su mujer, se hubiera tornado inacabable de no haber mediado la intervención del dueño de casa. No había dicho nada hasta ese momento. Escuchó y escuchó pacientemente hasta que por fin habló con la autoridad de su sabiduría en amores y desamores, incluyendo los librados en camas ajenas…”Uones –gritó- si no hubiese sido el puma no hubiera habido tanto escándalo, cornudos existen a montones, en cada esquina, en cada barrio, en cada familia, y la responsabilidad es siempre de los dos: uno por acción, el otro por omisión”.
La parrilla ya estaba en su punto: ardían las jugosas carnes y los chorizos parrilleros cuando George, el otro tío presente en el cónclave chalaco le puso definitivamente paños fríos a la discusión: “Tanta vaina, - dijo- hablemos de otra cosa, los cachos son como los dientes, cuando aparecen, duelen, pero después alegran, porque te bajan los costos de la casa. O piensan ustedes que con las 10 lucas que ponen diariamente van a comer carne todos los días”. Las carcajadas no se hicieron esperar, aunque algunas de esas tías que te escrutan hasta el alma hubiera encontrado en esas risotadas más de una manifestación de nerviosismo.
Este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá...este secreto quedará escondido una eternidad...yo te aseguro nunca dire nada de lo que pasó...no te preocupes que todo lo nuestro queda entre tu y yo...
Dios perdona el pecado pero no el escándalo, dice la sabiduría popular, aunque otros más osados llegan a afirmar que no es cierto aquello de que dios nos castiga por nuestros pecados, su castigo es - dicen- permitirnos cometerlos, por eso es que el mundo está abarrotado de pecadores. Sea cual sea la verdad lo cierto es que el adulterio, sea por el lado del hombre o de la mujer, es tan viejo como el algodón de la costa peruana. En el Inkario, nos dice Waldemar Espinoza, "la menor sospecha de adulterio en cualquier esposa se castigaba con severidad", rigor que no se extendía hacia los hombres; mientras que en la Colonia la historia de maridos desbraguetados y de mujeres que gustaban hacer floreros de su cuerpo llegó hasta la propia Inquisición, que en la práctica se mostró impotente para poner freno a los enredos amorosos de blancos, indios, negros, mestizos, ricos y pobres. Las francachelas del Virrey Amat y la Perricholi, son agua de malvas ante los casos que la Inquisición afrontó.
Los libertadores no se quedaron atrás en cuanto a aventuras extramatrimoniales. Don Simón Bolívar es un buen ejemplo de lo que estamos afirmando. Él fue muy bueno como estratega militar, pero fue mucho mejor en el ring de la cuatro perillas. Doña Manuelita Sáenz puede dar fe de ello, dejó a su marido para convertirse en su fiel rabona. Pero ella no fue la única. Toño Angulo, que ha seguido la pista de los amoríos del Libertador, llega a afirmar que todas las mujeres que pasaron por su lecho, de haber sido soldadas, bien podrían haber formado un Ejército. Un verdadero semental, dirían algunos, aunque otros, preferírían calificarlo de simplemente un sentimental.
En el presente, la puesta de cuernos de uno u otro lado son como el pan de cada día. Si hay algo nuevo es el creciente protagonismo de las mujeres en las aventuras extraconyugales, algo así como el ojo por ojo de la ley del talión. Las razones materiales hay que buscarlas en esa revolución silenciosa que en casi todo el mundo ha permitido el posicionamiento femenino en todas aquellas instancias económicas, políticas, culturales, déportivas, etcétera, otrora ocupadas exclusivamente por los varones, y que les permite ahora gozar de una independencia económica, ideológica y espiritual que en la casa o en la sociedad antes se la negaban. Las mujeres sumisas y pasivas, del tiempo de nuestras abuelas, son hoy mucho menos, porque el llamado despectivamente sexo débil se ha ido fortaleciendo conforme han ido haciendo trizas, metafóricamente hablando, el pesado cinturón de castidad que mentalmente las oprimía.
Los mejicanos no van a la zaga. Hace apenas unas semanas un representante de la Arquidiócesis de la ciudad de Méjico ha revelado lo que para la Iglesia era sólo era una secreto de confesionario, pero que para el mejicano común y corriente era un secreto a voces: en todo el país, así como en la capital, el pecado más recurrente es la infidelidad. Pero lo que el peor para esa sociedad tradicionalmente machista, es que tan pecadores son los hombres como las mujeres, ya no hay diferencias, porque hoy van a la par. Esto ha originado que la Iglesia mejicana esté multiplicando sus esfuerzos catequizadores para evitar que sus feligreses caigan en la tentación de la carne, en un mundo donde la tecnología - llámese Internet, correo electrónico, teléfono celular, chateo- no es favorable a la vigencia de aquel mandamiento de la ley de dios ¿se acuerdan? que nos sentenciaba a no desear la mujer del prójimo, que como ven ustedes quedó cortísimo ante el desborde pasional de las hijas de Eva que le están sacando lustre a su tronco celestial.

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