SOPEROS SOMOS
Foto: Elbita Vásquez VargasLos periódicos nos han traido la noticia: nuestros especialistas gubernamentales en nutrición han iniciado una campaña frontal contra las sopas. Su consigna es: ¡la sopa sólo llena, pero no alimenta¡, echando a andar, al mismo tiempo, una campaña promocional de la papilla como sustituto de las sopas en la alimentación de los niños peruanos, cuya desnutrición crónica, dicen, obedece a la mala alimentación, y en particular a la ahora satanizada sopa.
No voy a entrar a discutir sobre la relación desnutrición, mala alimentación y pésimas condiciones de vida de los pobres del país, estás últimas obviadas por los expertos de marras. Prefiero dejar ese tema a los pobretólogos, algo tienen que decir para ganarse los frejoles.
En lo que quiero incidir es que esos expertos han dejado de lado un asunto crucial: que la sopa es un componente fundamental de la dieta de los peruanos, es decir de sus habitos y costumbres culinarias, que no han surgido de un día al otro, sino que por el contrario forman parte de la historia cultural de nuestros pueblos.
No por algo don Adán Felipe Mejía, El corregidor, decía, por la cocina peruana, que "era un baluarte inconmovible de la cultura nacional" y que "un país sin culinaria, no es país", llamando por ello a desarrollar una "conciencia culinaria".
Las sopas son parte de ese baluarte. Sea cual sea el pueblo que escojamos, allí siempre nos encontraremos con una humeante sopa, preparada de acuerdo a los usos locales.
En Arequipa nos daremos siempre con un delicioso chupe de camarones, o con el famoso chairo; en el Callao, con la espectacular parihuela (que lleva camarones, cangrejos, choros, cabezas de pescado, langostinos, etcétera) especial para "levantar muertos", o para los amantes desesperados por alargar sus cuitas; en diferentes puntos de la sierra paladearemos los chupes; en Huacho siempre habrá una sopa huachana esperándonos, como en el valle de Cañete no faltara la clásica "sopa bruta"; mientras que en Lambayeque será obligado degustar un aguadito de pato o el espesado de los lunes.
Y si ustedes van a Tarma, pueden probar la sopa tarmeña, en el Cusco, la sopa de trigo, en Huancayo o Cajamarca, la patasca, en Ancash, la sopa de harina de arveja, de morón, o de cebada, para no citar más casos, como la sopa de gallina, esencial para contrarrestar el frío en las punas: en las alturas de Hualgayoc, rumbo a Bambamarca, entre Arequipa y Puno, o camino al Cusco, desde el valle de La Convención, para referirme sólo a tres rutas con friajes eternos.
La propia selva, siempre con altas temperaturas, no se queda atrás en el menú de sopas. El inchicapi (gallina, maní, sachaculantro y yuca), o el caldo de carachama, famoso pescado de río, con plátano y sachaculantro, son potajes insustituibles para hombres y mujeres, niños y ancianos, de cualquier ciudad grande de San Martín o Loreto.
Algunos se preguntarán por Lima. El Corregidor decía, que el chupe de camarones era "la Venus de Milo del sopeo peruano", no sin antes alabar al puchero de antaño, que se hacía con 12 tipos de carnes, hoy transformado en el delicioso sancochado. Agréguenle todos los aguaditos: de carne de res, de pato, de pollo, la sopa de frejoles, y en nuestros días, todos los aportes soperos de Costa, Sierra y Selva.
Parafraseando un viejo dicho: soperos somos, y en el camino nos encontramos.
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