lunes, 8 de octubre de 2007

LA SOPA DE LOS POBRES

Las verduras, las frutas y el pescado, más su copa de vino, constituyen lo que se ha denominado la dieta mediterránea, que según los entendidos es cualitativamente superior a nuestras dietas. Ello responde sin duda a las propias particularidades de los países europeos que la consumen. Nuestros pueblos tienen otras historias y sus dietas son expresiones de sus usos, costumbres y hábitos culturales. La pobreza - no hay que perder de vista esta arista - ha envilecido esas dietas, incluyendo las sopas.

Don César Sanabria Montañez, que no es pobretólogo, pero si un renombrado especialista en economía de la salud, da fe de que las sopas que se dan de almuerzo en los programas sociales se empobrecen justamente porque como no hay dinero, dos platos se convierten en cuatro, y en la noche no hay otra salida que preparar algo que se llama "sopa", pero que no otra cosa que agua hervida y algo más. La propia papilla, ahora nuevamente promocionada, es también convertida en "sopa", por las mismas razones de fondo que estamos señalando.

Hay entonces sopas y sopas. Aquellas sopas, como los chupes, que no escapan a los hábitos culinarios de nuestros pueblos, deben ser entonces tomados en cuenta y no negados así porque si. Y serán útiles también todas aquellas campañas orientadas a cualificar nuestras dietas, introduciendo aquellos productos que a pesar de ser de alto valor nutritivo son dejados de lado por razones de índole cultural, que incluye su subestimación, originando con ello hasta el descuido de los frutos del mar.

¿Alguien se ha puesto a pensar en cómo introducir la carne de alpaca en nuestra dieta, en lugar de las carnes rojas? ¿Los frutos del mar se reducen a la anchoveta? ¿Por qué la quinua o el tarwi no son tomados en cuenta en las campañas nutricionales?

Finalmente, no soslayemos ese problema crucial que atraviesa el país de extremo a extremo: la pobreza, sobre la que se escribe y se habla mucho, pero que sigue lacerando los hogares de costa, sierra y selva.

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