“No es lo mismo ver
desnudarse a una mujer
que verla ya desnuda”
Guillermo Cabrera Infante
1
Debo confesar que no tengo nada contra las flacas, a quienes reconozco en algunos casos, encantos que en más de una oportunidad han hecho trastabillar mis gustos por las mujeres rellenitas; pero si por esas cosas que tiene la vida me dieran a escoger entre una mujer flaca y una mujer de piernas torneadas, hermosos pechos y un trasero de antología, sin balbuceo alguno me inclinaría por esta última porque mis ojos golosos se regodearían de placer al contemplar lo que para uno significa el súmmum de la belleza femenina.
No importa que sea blanca, negra , chola o china, o también un bello ejemplar del cambalache racial que caracteriza al país. Negras chinchanas, bembonas y de hermosas rabadillas listas para el contorneo frenético: de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, pa’ arriba, pa’ abajo, - ¡ Qué Shakira ni Shakira! - al influjo de los ritmos afro-peruanos, o del tam tam de un bongocero mayor, de aquellos que se gastaban las calatistas de las lujuriosas noches del Pigalle, Embassy o del Olímpico, tres de las más cotizadas boites de la Lima de los 50. Chinas-negras de ojos celestes, revelando en sus rasgos el apareamiento desbocado de chinos y japoneses que llegaron a las costas peruanas para sembrar caña y algodón, pero que terminaron sembrando hijos en los vientres brillantes de las negras que los antecedieron en las rudas faenas del campo y que se dieron maña para redondearles los ojos a los asiáticos en el todoterreno de sus artes amatorias.
No se quedan atrás las mulatas rimenses o victorianas, hijas de blanco pobre y negra, medias blanquiñosas pero con potos de mandinga; mujeres amazónicas, trigueñas y de caderas cautivantes, que llevan en la sangre la fiebre del cauchero foráneo que asoló de extremo a extremo la selva peruana, levantándose el preciado árbol de la goma las caricias de las querendonas lugareñas de alma blanca; chiclayanas de raíces cajamarquinas, que hacen más hermosas y calurosas las playas de Eten y Pimentel en el norte peruano. Y podríamos seguir, de norte a sur y de este a oeste, y encontraríamos las huellas de británicos, alemanes, italianos, franceses, griegos, etcétera, que hallaron en las mujeres peruanas una belleza sin par y amor, mucho amor, en cada firulete propio de su coquetería innata.
Insisto, no importa el color, lo que cuenta es la armonía, la gracia, la lozanía del cuerpo de la mujer, donde todo debe estar en su lugar: ojos, boca, labios, piernas, caderas. Y si a eso se agrega dureza de pechos y nalgas, - sensibles a la mirada de todo hombre trajinado en estos menesteres - entrepierna profunda y mirada arrobadora, pues tenemos ante nosotros el ideal de mujer por el que suspiramos miles de miles de peruanos y que hoy vuelve a colocarse en el primer plano de la atención mundial luego del agotamiento del prototipo de mujer anoréxica y bulímica.
2
Claro que hay flacas y flacas. Las hay huesudas y quijotescas, sin gracia alguna. Pero también las hay de las otras, las que sin gozar de la gracia de dios en lo que respecta a bondades anatómicas, sin embargo atrapan nuestra atención por su dulzura, el color de sus ojos, su coquetería, o sencillamente por su glamour. Para quienes ya estamos por encima de los 50 calendarios, Andrey Hepburn, la célebre actriz norteamericana que con Humphey Bogart y William Holden, filmara la primera versión de “Sabrina”, es un buen ejemplo de aquellas mujeres que saben embobarnos de buenas a primera; no sucediendo lo mismo, si de actrices de cine de nuestros días se trata, con Penélope Cruz que aparte de un rostro atractivo, no tiene otras cosas que mostrar salvo una patética delgadez y unas piernas de muletas; como decían nuestros abuelos: una verdadera flaca desabrida, sin sal.
Flacas ricotonas que tienen lo suyo, como aquella Magdalena del cuento: “Que te coma el tigre” de Augusto Higa, que pone de vuelta y media el barrio de Angaraes y Huancavelica - en la Lima cuadrada de antaño- por sus piernas, que eran “un cariño de fiesta”, la tibieza de sus muslos, la bajada de pechos que se mandaba cuando cruzaba la calle, las caderas que irradiaban pura electricidad, su caída de pelo, su boquita de caramelo y sus ojos medios dormidos y arrastrados. En tres palabras: un buen culito, de esos que llevan pegados en el trasero los ojos mordelones de todos los mañosones del mundo, y también los ojos de no pocas damiselas siempre envidiosas de las carrocerías ajenas.
¿Pero por qué estas disquisiciones sobre mujeres flacas o rellenitas? La respuesta está en un cable de una agencia italiana que ha revelado al mundo que la predilección por las mujeres bulímicas y anoréxicas, que marcaron la pauta de la moda europea en los últimos años ha llegado a su fin. Ahora, nos dice el cable, la tendencia se inclina a darle cabida a las modelos de buenos pechos, llenas y caderonas, pero de formas esculturales, dándole así en la yema del gusto a quienes por razones culturales nos deleitamos con las mujeres que se aproximan, centímetros más o centímetros menos, a ese ideal clásico de medidas anatómicas: 90-60-90, que fue el rasero que catapultó a muchas nenas a los primeros puestos de los reinados de belleza, antesala en muchos casos de su ingreso apoteósico a los escenarios cinematográficos.
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Los siempre memoriosos aficionados al séptimo arte recordarán a Silvana Mangano, ex reina de belleza de Roma, la ciudad eterna, que llegó a competir con la no menos hermosa Gina Lollobrígida por el cetro máximo de la belleza italiana. Ambas, anatómicamente encantadoras, ingresaron por la puerta grande al cine, constituyéndose con ese otro monumento de mujer llamada Sofía Loren en las tres grandes del celuloide italiano, célebres por sus cuerpos grandiosos, como por sus innegables calidades artísticas.
Esos cánones de belleza, que colocaron al cine italiano al tope de las preferencias de todos los públicos del mundo, compitiendo palmo a palmo con el cine norteamericano, mantendrían su vigencia con las despampanantes Laura Antonelli, Virna Lisi y Ornella Mutti, tres bellos ejemplares que le siguen quitando el sueño a quienes las vieron en sus casi siempre papeles seductores. Sólo para referirnos a la Antonelli, quién no recuerda su delicioso cuerpo de vampiresa profesional, vestida o desvestida, que trataba de camuflar tras una sonrisa ingenua y maternal, como se la vio en “Malicia” o en el “Mirlo Macho”, donde el desenfadado Lando Buzzanca llega a tocar el violencello sobre sus poderosas nalgas, en una deliciosa sinfonía digna de escucharse pero también de verse, una y otra vez.
En honor a la verdad los norteamericanos también han tenido lo suyo: Ava Gardner, Marilyn Monroe, Jayne Mansfiel y más adelante Pamela Anderson, Bo Derek y Raquel Welch, no han arrastrado fanáticos por tener simplemente la carita bonita. No, la fanaticada vio en ellas todo aquello que le falta a las flacas sin sal: cuerpo, tetas, culo, todo en grado superlativo. No por algo la revista Play Boy las ha considerado entre las 100 mujeres más sexis del siglo XX, listado en el que ellas ocupan los primeros lugares, desplazando a las beldades de los años 90, muchas de ellas ya marcadas por ese ideal de flacura felizmente hoy superado y que en los últimos años comenzó a quebrarlo la deseada Jennifer López, de pocas luces en el canto y en la actuación, pero con un tarro sencillamente impresionante.
Finalmente, debemos anotar que ese buen gusto por las mujeres rellenitas no nos ha caído del cielo. Como escribió Cabrera Infante, ello se asimila en la universidad de la vida, de la calle, donde él aprendió a apreciar y enseñorearse en las grandes nalgas de las cubanas y a interesarse por sus tetas ubérrimas, lechosas y palpitantes; tal y como los peruanos nos hemos adiestrado en rendirle culto a las negras de caderas ondulantes o a las blancas pechereconas de culos de postín.
Lima, noviembre de 2004
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